Cuando un gobierno amenaza a otro con dañarlo injustamente, aquella entidad se convierte en un riesgo para cualquier otra nación, razón por lo que de la unión de todos aquellos amenazados o no, se establece una salvaguarda para estos y un límite claro para aquel. Francisco de Vitoria en su Reelección sobre el Derecho de Gentes, denominó principio Totus Orbii a toda la comunidad internacional unificada en contra del agresor, incluyendo a esos que, no siendo directamente amenazados, se encuentran comprometidos con un equilibrio pacifista del que sin duda todos se benefician. La amenaza contra uno es el riesgo para todos. Las ambiciones humanas pueden jamás parar hasta que el cataclismo termina por imponerse en un apocalipsis que solamente la voluntad común puede solventar.
El eminente teojurista salmantino, catedrático primo de teología y confesor de su Majestad Católica Carlos V, desarrollará uno de los grandes principios que constituirán el futuro orden multilateral en donde todos cooperan para mantener un frágil equilibrio que fácilmente puede ser pervertido por el desacato de uno solo. Para el siglo XVI, en medio de la Reforma protestante, que es el contexto donde se desarrolla el planteamiento vitoriano, y con la amenaza otomana de aprovechar el desgajamiento occidental, el hispano llama a la unidad contra el común enemigo, y lanza por vez primera una idea que se materializará hasta el siglo XX: la creación de un organismo internacional que administre los principios del derecho establecido que, en la ilustración, Immanuel Kant en sus Ideas para una historia en sentido cosmopolita, tras la experiencia westfaliana, asumirá que esa institución será producto de los diversos Estados soberanos que pactan el común contrato que establecerá la paz, o bien, las penas al posible agresor a través de la redacción de un Derecho compuesto por todas las partes.
Vitoria y Kant son artífices del orden internacional que primeramente conformará a la Sociedad de Naciones en Ginebra y, posteriormente, a las Naciones Unidas, que para la segunda década del siglo XX, a la manera del desastre de la República de Weimar, los discursos totalitarios expansionistas vuelven a hacer retumbar sus tambores de guerra, y, como entonces, las masas ciegas se entregan al primer seductor que se ofrece como el supremo redentor de todas sus frustraciones, y en esto es la izquierda o la derecha radical, todo lo que creímos superado tras la Segunda Guerra Mundial.
El día 21 de mayo del presente, ante el pleno de la comisión permanente del Senado mexicano, Antonio Luis Santos de Costa, Presidente del Consejo Europeo, en una brillante alocución, no exageró cuando dijo “en Europa sufrimos una amenaza existencial que es un riesgo para todo el mundo”, y se remite a la escalada que va tomando el conflicto de Ucrania, donde no simplemente es un país más defendiéndose de una potencia, sino que hoy por hoy se constituye en la más grande agresión dentro de un mundo que pensó que los proyectos expansionistas habían llegado a su fin, tanto como los populistas que en sus días llevaron a su mundo a la ruina.
El Derecho internacional depende de las capacidades de los estados soberanos para someterse a un común pacto que nadie puede violar porque de inmediato, por sobrevivencia, los miembros deben de activar medidas defensivas si no quieren sucumbir (Totus Orbii) y, así como los otomanos en tiempos de Vitoria fueron el riesgo existencial para la civilización occidental, a todos nos quedó en la memoria como ese orbe todo evitó el derrumbe civilizatorio ante el cerco turco sobre Viena, cuando los húsares alados polacos, por la retaguardia, golpearon al agresor evitando la tragedia de la tierra cristiana. Los polacos salvaron Viena, y con ello se limitó la expansión islámica, y hoy nadie dejará que Varsovia vuelva a ser lacerada otra vez.
México, en medio de sus penurias y el populismo, se convierte efectivamente en eso que el presidente Costa manifestó: “Europa necesita a México y el Mundo necesita a México”, y es literal, no lo exagero por simpatías nacionales, sino por la más pura y fría lógica geopolítica. México ofrece las condiciones naturales e industriales suficientes como para proteger el capital europeo frente a las amenazas de una Rusia cada vez más violenta, al grado de perfilarse muy probablemente una acción bélica del bloque comunitario. La delegación europea firmará dos acuerdos: “Acuerdo Global” y “Acuerdo Interino de Comercio”. El primero nos compromete a una defensa del sistema democrático liberal, teniendo como valor primordial los Derechos Humanos y, el segundo, comercial, que además de prácticamente establecer el definitivo y añorado libre comercio entre las partes, confiere certeza jurídica a los inversionistas de ambos bloques.
Europa no vino a legitimar al régimen morenista; tan oscura ve la cosa a corto plazo que hasta vinieron y exclamaron el apoyo al Plan México, en medio de las pesquisas a miembros del oficialismo y la metástasis del sistema. Europa está dispuesta a traer su industria para protegerla de la posible guerra, así como para garantizar un mercado de 130 millones de personas del que ambos nos beneficiamos. El reconocimiento a nuestra posición geográfica, como a nuestra poderosa industria de manufactura avanzada, así como nuestros recursos, son básicos para la seguridad europea, pero también para el país estancado, expoliado y amenazado por un régimen y un vecino que parece tener todos los pretextos para lograr sus planes.
México queda, finalmente, incorporado a la cultura occidental que por tanto tiempo quiso negar; ya no puede esconder la cara y decirse ajeno a bloques políticos que en el pasado aislacionista podía pretextar. Hoy día es el epicentro de Occidente, pues concentra a la plana mayor europea encabezada por Úrsula von der Leyen y Luis Santos da Costa, que se encuentran en la otrora capital azteca, y a una semana de que la delegación estadounidense inicie los trabajos de renegociación del más importante tratado económico del mundo que ha entrelazado de tal manera a América del Norte, que cualquier daño al sistema puede tener consecuencias impensables para todas las partes.
