“Promoverá con firmeza la justicia,
no titubeará ni se doblegará
hasta haber establecido
el derecho sobre la tierra”
Cántico del Siervo de Yahvé (Isaías 42, 4)
Hace casi 100 años, en 1930, se reconstituyó la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación. Tras la Revolución mexicana, llegaba la hora de que los juristas volvieran a alzar la voz, como había dicho el poeta de la Suave Patria, “a la mitad del Foro”.
Corrían momentos oscuros para el Derecho. Momentos de Maximato e imposición, de la confusión entre el Derecho y la ley. Estaba por iniciarse lo que Jean Meyer ha llamado “la verdadera persecución religiosa”, esto es la derivada del incumplimiento de los acuerdos de 1929; años también de la lucha de la autonomía universitaria que más tarde pelearía y lograría Don Manuel Gómez Morín; años en que se discutía la libertad de la Escuela Libre de Derecho. Dos instituciones educativas que mucho han significado para esta Academia.
Es para mí un honor, que mucho agradezco al presidente Javier Gaxiola y a la Junta de Gobierno, hablar en nombre de mis compañeras y compañeros que se integran a esta Academia en calidad de supernumerarios
Lo es también hacerlo al lado de José Ramón Cossío, poseedor de una cualidad extraña en la política de estos tiempos: la valentía para sostener su opinión con convicción y firmeza. Y por supuesto me llena de gratitud ingresar a esta institución en paralelo a mujeres y hombres que han defendido la independencia judicial y la división de poderes, aun sacrificando la propia esfera de interés; académicos que desde distintos ángulos de la geometría política se han pronunciado por mantener viva la lucha por el Estado constitucional y democrático de Derecho; ingresan en este día hombres y mujeres que fueron verdaderamente servidores y funcionarios públicos impecables, ligantes fuertes, amigas y amigos como lo supo ser Armida Ramírez Dueñas, Vicepresidenta recientemente fallecida, quien también fue de la Escuela Libre de Derecho.
También hoy vivimos momentos oscuros para el Derecho. Y por esa misma razón: desafiantes y retadores. Como hace 100 años, quienes consideramos que el Derecho es mucho más que la ley, que es el instrumento de los pacíficos, que es bandera de justicia y libertad frente al absolutismo del poder político, estamos obligados a mirar otra vez lo que nos fortaleció: el espíritu crítico, decidido y valiente, la prudencia en el obrar que nada tiene que ver con la timoratez, cobardía o acomodo convenenciero; tenemos que rescatar la autoridad del jurista como lo ha señalado mi maestro Jaime del Arenal.
La ley, lo aprendí, está ordenada al bien común. Tomás de Aquino nos lo señaló, de ahí aprendimos que la ley debería ser una ordenación positiva y razonable de la acción al bien común y que la Justicia quedaba en manos de los jurisprudentes reivindicando para ellos el “arte de interpretar” que “exige correlación con el conocimiento y el razonamiento.” Si se repara en esa definición caeremos en la cuenta de lo que decía Ramón Xirau: esa definición es la suma de toda la tradición filosófica judeocristiana.
Cuan lejanas parecen estas ideas. Ahora que se pretende disciplinar a los jueces, callar a las y los juristas, someter a quienes legislamos y dejar sin amparo y acciones colectivas a quienes requieren de la protección de la Justicia y la defensa frente al poderoso
Como maestra de historia del Derecho en México me es inevitable mirar al Siglo XVI y recordar a Fray Antón de Montesinos y su discurso en el que brotaba el reconocimiento a la dignidad de la persona y a los Derechos Humanos. Sé, con Ferrajoli, que a Francisco de Vitoria le debemos la sistematización del Ius Migrandi como derecho fundamental y por eso las Reelecciones deben leerse una y otra vez; aprendí que Vasco de Quiroga escribió toda una Información en Derecho para liberar a los habitantes de este Nuevo Mundo. Por eso estamos llamados a defender sin cortapisas un mensaje de la altísima dignidad que acompaña a toda expresión de la condición humana
Por eso me honra tanto estar aquí, porque sé que el Derecho tiene una expresión que va mucho más allá de la validez formal. Es importante que sea vigente, sí, pero no basta, necesita ser justo y debe poder tutelarse.
La lucha por el Estado constitucional y democrático del derecho es la lucha por los derechos del pueblo mexicano. Sólo puede darse a través de una división equilibrada de potestades, con una judicatura independiente, una administración eficaz y una legislación consciente de sus deberes para con la garantía de los Derechos Humanos
Hace unos días escuchaba una conferencia en donde el expositor señalaba la complejidad del Derecho.[1] Hemos perdido tanto tiempo en acomodarnos en lo fácil, en el pragmatismo que acaba relativizando todo. Bien decía Edgar Morin: “El Derecho teje pero no aplasta” y eso pasa cuando confundimos la ley con el Derecho, cuando creemos que no es necesaria ni la pluralidad ni el diálogo.
Esta academia tiene en su nombre la referencia a un poder y a una fuente formal del Derecho en la que he trabajado: la legislación. Y, sin embargo, me pregunto a qué horas anulamos las fuentes históricas del Derecho, por qué nos atrevemos a dejar afuera, una y otra vez, las fuentes reales del Derecho. Miren que las fuentes del Derecho corresponden a las primeras lecciones de cualquier curso de Derecho, tanto en las preparatorias como en las universidades. Y quizás nadie nos dice que cuando reducimos el Derecho a la ley (Jaime del Arenal), la ley al poder y la política a la ideología cuando olvida a la persona humana y, al final, perdemos todos porque pierde el Derecho.
Así nos pasó hace 100 años con el conflicto religioso que inició precisamente en 1926, donde la sociedad luchó por sus libertades y demostró que la ley, que la vigencia de la ley no la hacía valiosa en sí misma. Así nos ha pasado cada vez que dejamos a un lado el diálogo y el conocimiento de nuestra historia, de nuestra cultura y de nuestros sentimientos. De ahí el conmovedor título que Morelos dio a ese gran documento: “Sentimientos de la Nación”.
Sí, vivimos tiempos oscuros y, por oscuros, desafiantes. En medio de nuestras diferencias podemos mirar atrás y recuperar las profundas razones por las que estudiamos derecho o por lo que nos sostuvimos en nuestras ideas, las que nos hicieron lograr una transición democrática, como lo hicieron nuestras generaciones.
Algo más:
Muchos de los que estamos aquí tenemos constantemente jóvenes enfrente. ¿Qué le decimos a las siguientes generaciones? ¿Qué le decimos a los jóvenes a quienes damos clases o que están dispuestos a escuchar lo que digamos cuando nos anuncian “voy a estudiar Derecho”? Hay que responderles. Es complejo, pero no difícil: que no desesperen, que este es un tiempo privilegiado para hablar y ejercer el Derecho. Se puede ser poeta después de la tragedia. Hoy no sólo es posible, sino que es indispensable. Y lo mismo pasa con la Justicia: hoy no es solo conveniente sino obligatorio pensar y repensar el Derecho. Resistiremos y reconstruiremos.
Aceptemos ver estos momentos como uno de los momentos más retadores de la historia del siglo XXI en nuestro país: se trata de ver la grieta por la que todos podemos pasar y yo digo que se puede, lo digo porque aprendí a creer lo increíble, a vivir con Esperanza y sé muy bien lo que pesan las razones y motivos que respetan la dignidad de la persona y la dignidad de la Patria.
Podemos pasar por ahí, por la grieta que se abre. Y pienso en los innumerables cambios que hicimos las mujeres en el Derecho para poder ser incluidas en la toma de decisiones, pienso en la historia de juzgadoras y magistradas que llegaron a sus puestos no por cuotas sino por una heroica historia de voluntad, inteligencia y conocimiento; pienso en las mujeres que logramos cambiar el Derecho para que se hablara de la violencia de género que todos los días estaba presente hasta que logramos que las leyes nos miraran; pienso en el derecho que un día se decidió a mirar a las niñas y los niños, a las personas con discapacidad, y estoy convencida que esos derechos llegaron de la mano de la mujeres
Pienso y me llena de esperanza haber visto a los estudiantes de Derecho salir a las calles a convocarnos por la defensa de la independencia judicial; los recuerdo y sé que sus lecciones y sus razones: prevalecerán.
Pienso en las historias de cada uno de nosotros, de quienes ingresamos hoy a esta Academia y tengo la certeza que nuestras historias están llenas de hombres y mujeres que nos antecedieron y que le pusieron límites al poder.
Pienso en tantos ejemplos en nuestro país.
Y hoy los invito como Academia a defender al Derecho de los ataques del poder; los invito vivir para México en este obscuro y desafiante momento del derecho para que las y los jóvenes de México, para que nuestros alumnos tengan mejores condiciones para el ejercicio de la más hermosa de las profesiones.
Estamos en los momentos más desafiantes para quienes “amamos la justicia y el Derecho” (Salmo 32).
[1] Pluralismo Jurídico en el Derecho Privado y Publico, impartida por Monseñor Andrea Govita en la Universidad Pontificia de México, Facultad de Derecho.
