José Ramón Cossío Díaz. Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia, miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación.
Buenas noches a todas y todos. Señor presidente de esta Academia. Compañeras y compañeros de la mesa.
Me da mucho gusto tomar la palabra en nombre de las catorce personas que hoy se incorporan a la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación.
Esta Academia se reconstituyó en 1930. en el discurso que pronunció hace unos minutos, Margarita Zavala apuntaba que aquellos eran tiempos oscuros. Sin embargo, también debemos reconocer que, en esos tiempos oscuros, se produjeron algunas de las legislaciones más importantes de nuestro país. No podemos dejar de reconocer que en esos complejos años surgieron el Código Civil, el Código Penal, los códigos de procedimientos, la Ley de Amparo y algunas disposiciones fundamentales para la vida jurídica nacional.
Es en ello donde encuentro una enseñanza de enorme relevancia para nuestro presente: ¿cómo fue posible que, de manera simultánea, coexistieran momentos políticos tan complicados y, al mismo tiempo, se redactaran y consolidaran leyes tan importantes, muchas de las cuales siguen vigentes en nuestro país?
Este no es un asunto trivial. Por el contrario, debemos tomarlo como lección para estos tiempos aciagos.
Al mismo tiempo que se realizaba el Maximato y se vivían en condiciones difíciles, actuaba también una de las mejores Cortes que hemos tenido: la Corte de 1928, integrada por don Alberto Vázquez del Mercado y otros juristas relevantes de aquellos años. En ese encuentro entre las dificultades políticas y sociales y los logros jurídicos debemos preguntarnos: ¿quiénes y cómo estaban llevando a cabo esa profunda labor de reconfiguración del derecho mexicano? Esta es una lección para nuestros días: repensar los espacios desde los cuales debemos trabajar con el derecho.
Más allá de lo que acontece en nuestro entorno, tenemos la posibilidad de generar normas jurídicas, construir representaciones y presentar explicaciones tanto del derecho interno como del derecho internacional en nuestro presente. Para mí, este es uno de los temas más relevante en torno a esta Academia.
La Academia es, primero, de jurisprudencia. Su nombre no alude a la jurisprudencia que emite la Suprema Corte en vía de precedentes, sino a la ciencia jurídica. También es de legislación, entendida como producto normativo. Es con este binomio inseparable entre la ciencia del Derecho y objeto derecho con y sobre el que esta corporación tiene que trabajar.
Cuando el señor presidente y las compañeras y compañeros me hicieron la invitación para hablar a nombre de quienes hoy ingresamos, me resultó muy interesante el que en cuatro años esta Academia habrá de cumplir su primer centenario. Ello será en el mes de agosto de 2030, poco después de la muy previsible y aciaga elección de ese año.
Mi ilusión para incorporarme a esta Academia es formar parte de una corporación dispuesta a continuar en la línea de trabajo que ha tenido a lo largo de los años, sino a renovar su pensamiento y sus prácticas para generar una labor profundamente crítica a lo que está sucediendo en nuestro país.
Aquí hay personas que se han desempeñado en diversas posiciones en distintas ramas de la profesión jurídica. No voy a nombrar a todos ellos, pues ustedes los conocen y saben bien lo que han hecho en sus vidas. Personas destacadas —y permítanme mencionar, por el particular cariño que le guardo, únicamente a mi querido compañero y amigo de tantos años, Fernando Franco—, que han ocupado cargos políticos, académicos, judiciales, administrativos y legislativos, desde su sapiencia, podrán guiar de buen modo a las personas que se incorporan a la Academia, hoy como supernumerarios y, esperemos que algún día, como numerarios, en la necesaria labor crítica y propositiva que requiere el derecho mexicano.
Desde ahora manifiesto mi ilusión para pensar en cómo habrá de presentarse esta Academia a sí misma en el año 2030. No se tratará únicamente de celebrar un centenario. Se trata de pensarse desde ahora a sí misma de cara al 2030. De saber que, en estos complejos momentos de la República, la Academia puede ser un faro para orientar a quienes, como nosotros, estamos preocupados y ocupados por el devenir nacional.
A nadie escapa que el 2030 será un año definitorio de la vida nacional por la elección que viene. Pienso que la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación debe tener un papel destacado en esos acontecimientos. Esto de verdad es lo que más ilusión me hace de incorporarme. Y supongo que algo semejante ocurre con los otros catorce compañeros que están aquí. Con los magistrados, jueces, académicos y litigantes aquí presentes.
Me parece importante que en los siguientes cuatro años tengamos claridad sobre lo que estamos haciendo en beneficio de la República y, sobre todo, que actuemos en consecuencia. El país necesita pensamiento crítico; pensamiento riguroso; pensamiento eficaz frente a tantas deformaciones y excesos que hoy afectan al derecho y a la convivencia social.
Ha llegado el momento de comprender que no solo debemos vivir del derecho, sino que tenemos que comprometernos a hacer cosas con él. Aquí hay muchas posibilidades, muchas enseñanzas y la necesidad de un compromiso para saber cómo queremos representarnos a nosotros mismos como asociación en los próximos cuatro años, cuando esta corporación cumpla su primer centenario y cuando el país esté transitando por momentos aciagos.
Este es mi compromiso y estoy seguro de que lo es también de mis compañeros que hoy ingresan a esta Academia. Esta es la tarea que corresponde a quienes nos incorporamos a esta casi centenaria institución. Muchas gracias.
