El presente texto examina la reflexión de Jürgen Habermas sobre la distinción entre la literatura y otros géneros discursivos, como el Derecho, la ciencia y la filosofía. Se analiza cómo cada uno de estos campos aborda la búsqueda de la verdad, destacando que los textos literarios, a diferencia de los jurídicos, científicos y filosóficos, carecen de la misma pretensión de universalidad.
¿Qué diferencia existe entre un libro de física, un tratado de filosofía y una obra literaria como En busca del tiempo perdido de Marcel Proust? ¿Es la literatura filosofía? ¿La ciencia puede ser rigurosa apartándose de su lenguaje y símbolos?
Jürgen Habermas en su escrito ¿Filosofía y Ciencia como Literatura? reflexiona sobre estas cuestiones al notar que grandes filósofos y científicos poseen una gran habilidad para expresar sus ideas principales, tanto que muchas veces sus escritos rayan en lo literario y no dejan de recurrir al elemento metafórico del lenguaje para explicitar un punto más claramente. Por ejemplo, en materia jurídica, específicamente en la rama penal, se hace alusión a varias figuras metafóricas para explicar una idea o teoría. Un ejemplo lo encontramos en la tesis aislada de los Tribunales Colegiados de Circuito con número de registro digital 2017774, que refiere lo siguiente:
TEORÍA DE “LOS FRUTOS DEL ÁRBOL ENVENENADO”. NO SE ACTUALIZA POR EL HECHO DE HABERSE PRACTICADO UNA DILIGENCIA DE RECONOCIMIENTO DE UNA PERSONA POR UNA FOTOGRAFÍA SIN OBSERVAR LAS FORMAS LEGALES.
Conforme al sistema procesal penal, las pruebas serán valoradas por los Jueces según la sana crítica, observando las reglas de la lógica, los conocimientos científicos y las máximas de la experiencia. Una regla de la lógica lo constituye el que si la fuente de la prueba se corrompe, entonces cualquier dato obtenido de ésta, también lo está, por tratarse de pruebas obtenidas con ayuda de información conseguida ilegalmente; supuesto que la doctrina del derecho probatorio ha denominado conforme a la metáfora del fruto del árbol envenenado, aludiendo a los efectos contaminantes que provoca en otras evidencias.
Habermas, entonces, se plantearía la siguiente pregunta, “¿Es la orientación por cuestiones de verdad un criterio suficiente para la demarcación a que estamos habituados entre ciencia y literatura?”.
La pretensión de verdad, de conocimiento universal, es algo muy perseguido por aquellos que escriben textos científicos (principalmente en las denominadas ciencias de la naturaleza o ciencias duras como la física o la química, por citar un par de ejemplos), jurídicos o filosóficos, situación que no se presenta en los textos literarios como la poesía o una novela, por ejemplo. La literatura se basa, más que en verdades, en ficciones. Como apunta Mario Vargas Llosa:
…el juego de la literatura no es inocuo. Producto de una insatisfacción íntima contra la vida tal como es, la ficción es también fuente de malestar y de insatisfacción. Porque quien, mediante la lectura, vive una gran ficción, regresa a la vida real con una sensibilidad mucho más alerta ante sus limitaciones e imperfecciones, enterado por aquellas magníficas fantasías de que el mundo real, la vida vivida, son infinitamente más mediocres que la vida inventada por los novelistas.
En resumen, es la disputa clásica entre la ficción y la búsqueda permanente de la verdad.
Ahora bien, en el siglo XX, al dejar de lado la filosofía del sujeto, diversos pensadores se centraron en el análisis del lenguaje y no sólo en su vertiente lógica (lo pretendido por los pensadores del Círculo de Viena, como Wittgenstein, Carnap y Russell), sino tomando al lenguaje como el medio para acceder a la comprensión originaria del Ser. Martin Heidegger es un ejemplo de ello, ya que entiende que existe un lenguaje originario que precede al lenguaje técnico y objetivo, el cual termina es parte de una tradición que impone dominación. Así lo expresa:
La devastación del lenguaje, que se extiende velozmente por todas partes, no sólo se nutre de la responsabilidad estética y moral de todo uso del lenguaje. Nace de una amenaza contra la esencia del hombre. Cuidar el uso del lenguaje no demuestra que hayamos esquivado ese peligro esencial. Por el contrario, más bien me inclino a pensar que actualmente ni siquiera vemos ni podemos ver todavía el peligro porque aún no nos hemos situado en su horizonte. Pero la decadencia actual del lenguaje, de la que, un poco tarde, tanto se habla últimamente, no es el fundamento, sino la consecuencia del proceso por el que el lenguaje, bajo el dominio de la metafísica moderna de la subjetividad, va cayendo de modo casi irrefrenable fuera de su elemento.
La postura estructuralista, por su parte, “…supera la filosofía del sujeto al hacer derivar de las estructuras subyacentes y de las reglas generativas de una gramática las operaciones del sujeto cognoscente y agente, del sujeto enredado en su práctica lingüística”. algo que no comparten los postestructuralistas, ya que para ellos toda pretensión de verdad es inmanente al discurso. En este sentido, con la desaparición de la filosofía del sujeto, se comienza a plantear la necesidad de virar a la literatura que permite desarrollar y después interpretar el modo de vida y de relacionarse que lleva a cabo el sujeto contemporáneo, ya que al perderse la subjetividad trascendental “…se pierde incluso de vista el sistema de referencias al mundo, de perspectivas de los hablantes y de pretensiones de validez inmanentes a la propia comunicación lingüística”.
Habermas nos explica, entonces, cómo un texto literario no busca una verdad histórica o factual al modo de uno científico o literario. Valiéndose del pensamiento y escritos de Italo Calvino, expone el hecho de que la literatura no pretende documentar lo que acaece en el mundo. Esto no significa que el texto literario esté disociado del mundo, al contrario, se encuentra inmerso en al menos tres relaciones con él, a saber: la relación entre el autor y el mundo en el que vive; relación entre ficción y realidad; así como la relación con la realidad que la narración pinta. El texto posee una coherencia propia, la cual se conforma en sí misma y que a la vez tiene un sentido inherente, pero siempre está en relación con el entorno en donde se gesta, es decir, con el mundo exterior.
La primera relación, la distancia del autor y el mundo, se solventa “…incluyendo en sí al autor como narrador en primera persona”.
En la segunda relación “El texto puede engullir no sólo al autor, sino también a la diferencia categorial entre ficción y realidad al hacer en sí transparente la operación de generación de un nuevo mundo”.
Por su parte, la tercera relación nos dice que si el texto desea poseer credibilidad, el mundo que presenta debe ser puesto como mundo objetivo. Ahora bien, puede existir una cuarta relación y es la de la referencia del texto al lector, la cual es importante en el sentido de que el lector otorga un sentido al texto distinto al que le da el autor, por ejemplo.
El lector será imprescindible para que el texto posea un sentido, para que exista. En este sentido Habermas afirma que “El libro vive únicamente en el instante de ser leído. Es el receptor el que gobierna la producción. El escritor que conoce la verdad sobre la literatura y se extingue a sí mismo como autor, busca conectar con el circuito de sus lectores.
Algo similar postula Gadamer en Verdad y Método, en donde sostiene que una obra de arte sólo adquiere ese carácter cuando es completada por la mirada del espectador y que Heidegger había adelantado en su escrito El origen de la obra de arte. El objetivo de un texto es que sea leído por una persona distinta a quien lo escribió –excluyendo, en algunos casos, los diarios, aunque en los últimos años se ha visto una proliferación de diarios publicados por escritores y escritoras–; para el autor posee un sentido determinado, el cual (el sentido) se confronta con el que otorgue el lector en un segundo momento. La distancia especial o temporal determina el encuentro, pero lo dicho conservará una parte importante de la intención primera del escritor, que escribe en relación a otro distinto, al cual dirige la totalidad de lo plasmado en el texto. El encuentro del texto con el lector determina los límites del primero (del texto) que expone su mundo a la realidad en la que el segundo se encuentra inmerso en el momento de acercarse a la lectura.
El lector se topa con el texto, el cual le muestra una realidad “imaginada” o dada en la fantasía, es decir, con un mundo diferente al que muestra el mundo fuera del texto (el mundo factual, de los hechos). La lectura le abrirá este mundo alterno, al cual puede incluirse el lector sin ningún problema, guiado de la mano por el autor. De un momento a otro el lector se convierte en receptor.
Ahora, lo anterior da paso a un momento de vital importancia tanto para el autor como para el lector, a saber: la toma de posición del segundo. El lector se vuelve autónomo, es decir, ya no sólo es guiado por el autor, sino que ya es capaz de emitir un juicio acerca de lo acaecido en la obra y su relación con el mundo. La autonomía permite “…tomar postura con un ‘sí’ o con un ‘no’ frente a las reflexiones de su prójimo y poner en juego sus propias concepciones”. Así, el lector modifica su postura con respecto al texto (e incluso al mundo, entendiendo que el mundo sea un gran texto) y lo trae a la realidad, le da un sentido diferente al de ser un mero escrito. En palabras de Roland Barthes: “Como institución el autor está muerto: su persona civil, pasional, biográfica, ha desaparecido; desposeída, ya no ejerce sobre su obra la formidable paternidad cuyo relato se encargaban de establecer y renovar tanto la historia literaria como la enseñanza y la opinión”.
El problema que surge de todo esto es que nunca se borra el poder y hegemonía del autor. Es soberano de su obra y se ubica siempre por encima de todo lector. La realidad mostrada en el libro es coherente sólo consigo misma y no existe un paso de la obra a la vida. El mundo que domina siempre es el del libro. No se gesta de modo verídico el paso del mundo literario al mundo real. La vida siempre establecerá un límite a la literatura, ya que la palabra escrita no supera los hechos de la vida, no puede suplirlos de ningún modo.
Parece entonces que los textos literarios se encuentran limitados por la vida. En relación a lo anterior Habermas se plantea la siguiente interrogante “¿En qué sentido limita la vida cotidiana la literatura?”.
Si nos atenemos a que los textos buscan comunicar algo, sea la intención del autor o el desarrollo del espíritu humano (esto es propio de pensadores adheridos a la terrible filosofía hegeliana), nunca lo harán con la fuerza que poseen los actos de habla, sobre todo tomando en consideración el hecho de que los actos de habla se dan en un contexto de acción determinado que permite trazar de manera más clara y precisa lo que se pretende comunicar, sea de manera derivada o directa. Pienso por ejemplo en el elemento irónico contenido en un diálogo escrito y en uno hablado. En el primer caso es muy difícil determinar cuándo se está siendo irónico, situación que no sucede con el segundo, ya que el encuentro vivo con la persona o el contexto en el que se da la charla permite determinar con precisión cuándo se está siendo irónico (un gesto, el tono de voz). El mundo de lo literario no posee los contextos de acción, así que siempre que pretende comunicar algo lo hace desde un sentido relativo, distante. Asimismo, “La literatura no obliga al lector al mismo tipo de tomas de postura que la comunicación cotidiana a los agentes”. La literatura, aparentemente, pierde cierta validez.
Habermas se da cuenta de esta situación específica y entonces sostiene que:
Mientras que las pretensiones relativas a la verdad de los enunciados, a la rectitud de las normas y a la veracidad de las manifestaciones expresivas, al primado de valores que impregnan la prosa de la vida cotidiana, afectan tanto al hablante como al destinatario, las pretensiones de validez que se presentan dentro del texto literario poseen la misma fuerza vinculante sólo para los personajes que aparecen en él, pero no para el autor ni para el lector. La transferencia de validez queda interrumpida en los márgenes del texto, no continúa hasta el lector a través de la relación comunicativa.
Siempre lo dicho en la vida cotidiana poseerá un valor mayor a lo sostenido en el mundo de lo escrito, en el sentido en que determina de modo más directo y esclarecedor lo que se dice en cada caso. Hay un compromiso mayor en la verdad de lo expresado. En la literatura sucede lo mismo, pero sólo entre los personajes del texto, que por más que se asemejen a personas en la vida real no dejan de ser seres imaginarios que poseen un mundo propio en el cual existen. Nunca escapan de ese mundo. La validez contenida en ellos (los textos literarios) en ningún momento deja de ser determinante ni para su creador (el autor) ni para el receptor (el lector). Se extingue en el texto mismo, en sus fronteras y límites, la relación comunicativa.
Asimismo, el lector siempre quedará encadenado a lo expuesto por el autor, estará limitado de facto aun cuando ha logrado la autonomía de la que hemos hablado. Parece ser que, entonces, nos movemos sobre aspectos negativos, ya que el lector nunca podrá rebasar la ficción dada por el autor, pero “El lector que frente a las pretensiones de validez dentro de un texto toma postura igual que fuera en la vida cotidiana, penetra a través del texto para dirigirse a un problema, quedando destruida la ficción”. El lector hace que el texto forme parte de él.
La importancia de lo anterior radica en que el lector, eterno relegado, puede acercarse a los textos desde otra posición, puede tomar una postura diferente. Este tipo de postura es de la que se vale (el lector) cuando se las ve con un texto jurídico, científico o filosófico, en donde se juegan otro tipo de datos que puede constatar con la realidad. Existe una ética de la escritura y, por ende, de la lectura misma. En términos de Roland Barthes, “La multiplicación de las escrituras es un hecho moderno que obliga al escritor a elegir”.
