Webética pública, ética o cosmética

Juancarlos Ramirezespaña

Economista, administrador de empresas, con especialidad en Derecho de los Negocios. Consultor en Integridad y Lucha contra la Corrupción y asesor en contratación estatal en Colombia.

Un acto de corrupción requiere de la confabulación de tres elementos: uno físico, la oportunidad; otro emocional, la situación personal o la ambición por el poder, y uno mental, la racionalización del mal sobre el bien.

 

Nuestra ética pública, ya cambió. Un ejemplo ocurrió en Colombia, en medio de las marchas populares que sucedieron a finales del 2019 en varios países de América Latina,  en donde una reconocida influencer se filmó misma destruyendo a golpes de martillo una estación de transporte público. La publicación del acto vandálico recibió de inmediato una gran cantidad de reacciones de “me gusta” sólo en Youtube.  Fue detenida, se le impuso una sanción pecuniaria, hoy goza de libertad y, a pesar de que la sentencia le impedía utilizar las redes sociales, sigue actuando sin mayores restricciones.

Al leer el título, posiblemente usted pensará que se presenta una disertación filosófica aburrida, sobre el concepto de ética y su relación con la tecnología, así como la aplicación que se pueda dar en el contexto latinoamericano.

En parte tiene razón, pero lo invito a que intente no dormirse en el camino y a que analicemos varios conceptos que cada día se mezclan con mayor fuerza, pero lamentablemente se diluyen en la tormenta de información y redes sociales.

De antemano pido disculpas a los licenciados en Derecho, por descuidar de manera intencional el citar leyes, normas y decretos relacionados con el tema.

¿Alguna vez usted ha tenido la sensación de que lo están espiando?

¿Le parece muy casual, que cada que algún producto o servicio le interesa, sus redes y equipos se llenan de información relacionada?

De una parte, la web 2.0 nos lleva por el canal del ciberespacio a la construcción de una inteligencia colectiva que, a modo de resumen, es aquella en la que todos colaboramos, con el contenido, con el uso, el abuso y el usufructo.

No sería muy extraño si en los próximos cinco años comenzáramos a duplicar toda la información disponible para la humanidad, cada dos años.  La primera vez que la humanidad duplicó la información disponible se demoró mil 500 años, o tal vez un poco más.

Además de la pandemia del Covid-19, tenemos una infoxicación o infopandemia, por la gran cantidad de información a la que estamos expuestos, la cual es imposible de controlar y medir. Ya no hablamos de información, hablamos del Big Data, como un elemento más, de todo lo que nos rodea.

Hace un poco más de 300 años, la ética pública tomó el camino de los Derechos Humanos; podría decirse que hace más de 100 años se orientó por el camino de la economía; pero la noticia es que hace más de una década la ética pública ha tomado el “cibercamino”.

El liderazgo actual se está apoyando en el modelo de las cadenas de bloques, mejor conocido como Blockchain, un procedimiento de seguridad que en esencia sirve para encriptar información, el cual termina con la búsqueda de un validador de manera aleatoria, que certifica la autenticidad de una instrucción.

Es decir, acoplando el concepto, un individuo denominado youtuber, tictoker, instagramer o cualquier otro “influencer”, publica una opinión, un comentario o cualquier cosa que espontáneamente se le ocurra, buscando la mayor cantidad de validadores, que sólo dando un clic sobre el mensaje determinan que ese es el nuevo conocimiento. Sin importar su causa y menos su efecto; algo sin sentido puede ser la nueva realidad, la verdad construida con ladrillos binarios, llamados “likes”.

Desde la inteligencia colectiva creada por las redes sociales, es más fuerte la cosmética que la ética. Una ética más desde las apariencias, de quedar bien, de reconocimiento por número de seguidores y de hacer lo que sea, por aumentarlos.

Aplicando la frase: “Un mar de conocimiento y un centímetro de profundidad”, podríamos estar asistiendo a un nuevo modelo de inteligencia que para otros es, más bien, un modelo de ignorancia colectiva, similar a los enjambres de insectos, en donde no importa el individuo, sino la masa. Lo anterior, producto de la cantidad de información y datos que llegan como una catarata, sin saber en qué momento romperá el cerebro o lo desdoble.

Muchas de las plataformas que vienen implementando las entidades públicas, cuentan con robots, chats para las atenciones de peticiones, quejas, reclamos y sugerencias; utilizan la inteligencia artificial y el machine learning, funcionalidades informáticas con algoritmos que aprenden por sí mismos, dependiendo del comportamiento de los usuarios, a perfilar los hábitos y costumbres de los ciudadanos.

¿Qué creen que sucederá cuando evolucione de la inteligencia artificial a la conciencia artificial?

El caso más icónico de manipulación es el de las empresas Facebook y Cambrige Analytica, las cuales, mediante el análisis de datos, cambiaron el comportamiento y hábitos de los usuarios. No podemos olvidar que Cambrige Analytica ha reconocido su participación en procesos electorales en Brasil, Argentina, Colombia y México. Construyeron un test de personalidad que permitía acceder a tu información privada, aplicado por la red de Facebook, luego inundan de “me gusta” el perfil que quieren posicionar; simultáneamente, llueven noticias falsas de los competidores en medios de comunicación y demás redes sociales y así construyeron nuevos ídolos políticos, nuevas tendencias y nuevas realidades virtuales, que muchos usuarios terminaron creyendo que eran la verdad y la justicia en un sólo paquete.

Algoritmos que pulverizaron la ética pública que debe tener una elección, al mejor estilo de Hollywood o, mejor, de Netflix.

Ahora bien, la pregunta es: ¿Qué relación tiene la ética pública y la web 2.0?

Si tomamos el concepto básico y general de la ética, que relaciona las costumbres y las normas, el bien y el mal, el comportamiento de los humanos y el ecosistema, necesariamente, hoy, es imposible desligar todo lo que implica la inteligencia colectiva que se está creando con la web 2.0.

A manera de ejemplo, tenemos cambios de costumbres, los smart contracts (contratos inteligentes), los parámetros de bien y mal que los “influencer” vienen desarrollando en la sociedad, están cambiando radicalmente el comportamiento de los humanos y su relación con el ecosistema.

En la mayoría de países latinoamericanos se cuenta con plataformas que concentran las contrataciones estatales, unas más evolucionadas que otras, pero eso sí, todas llenas de buenas intenciones.

Cuando hablamos de contratación estatal, necesariamente tenemos que hablar de corrupción y de su combate.

Es triste reconocer que la corrupción nace con la condición humana, se fortalece con estereotipos sociales y se debilita con la consciencia de la responsabilidad social; consciencia que cada día es más débil.

Debemos resaltar que la corrupción no sólo se limita a un soborno, también se vincula con múltiples actos criminales, conexos y fácilmente aplicables a lo público y lo privado.

Un acto de corrupción requiere de la confabulación de tres elementos, a saber: uno físico, la oportunidad; uno emocional, situación personal financiera o la ambición por el poder, etc., y uno mental, la racionalización psicológica del mal sobre el bien.

Integrando los elementos, hallamos el nexo causal.

Nietzsche, en su libro publicado en 1887, “La genealogía de lo moral”, escribió: “No existen fenómenos morales, sino una interpretación moral de los fenómenos”.

Con la web 2.0, son las multitudes de seguidores las que realizan la interpretación de los fenómenos morales, sin ningún filtro. Se puede hablar de una democracia sin profundidad, pero democracia al fin y al cabo.

No podemos desligar las diferentes leyes y normas que se han desarrollado para la protección de datos personales. En México, se tienen  la Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de los Particulares (LFPDPPP) y la Ley General de Protección de Datos Personales en Posesión de Sujetos Obligados (LGPDPPSO), esta última, relacionada con lo público. En Colombia se cuenta con varias leyes, a saber: la 1266 de 2008 y la de mayor estructura; la ley 1581 de 2012, además de varios decretos. En Perú, está la Ley 29733 de Protección de Datos Personales. En Argentina, la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales.

Y la pregunta debe ser: ¿Una ley de protección de datos personales soluciona el problema de la nueva ética pública?  Claramente, la respuesta es no. ¿Y por qué no?, por la misma razón que tienen miles de personas cuando entregan su información sin ningún filtro y sin conocimiento de su uso, lo cual permite la construcción de la inteligencia colectiva que está dimensionando la nueva ética pública.

Tampoco sería ético de mi parte desconocer la profundidad de las leyes y su intención en la protección de datos, las cuales han demorado la aplicación de nuevas tecnologías que pretenden crear nuevas formas de vida.

Se conocen sentencias con mucha profundidad jurisprudencial en Latinoamérica, pero se cuentan con los dedos de las manos; sentencias ejemplares que entreguen el mensaje a la sociedad para cohibir mental y emocionalmente la comisión del delito.

Con todo respeto, puedo afirmar que pocos o ningún juez o magistrado, a nivel mundial, pueda rechazar que alguna vez se hayan sentido manipulados o influenciados en su decisión por las redes sociales y la nueva inteligencia colectiva. No lo considero un crimen ni tampoco es culpa de ellos, es simplemente que en muchos casos ni siquiera se dan cuenta y, en otros, por ahora, no lo consideran relevante.   

En este aspecto, no se puede dejar a un lado el Convenio sobre la ciberdelincuencia, del 2001 suscrito en Budapest.  https://www.oas.org/juridico/english/cyb_pry_convenio.pdf

Cada que escribimos una palabra en el celular, en el computador personal o en cualquier equipo conectado a internet, se ajusta el algoritmo y por eso nos llega la publicidad y la información de nuestro agrado. No sería extraño, ni el propósito es generar terror, insinuar que alguno de nosotros siente que nos escuchan. Queremos algo e inmediatamente nos llega una oferta, un mensaje, algo que permite aparentemente decidir más rápidamente.

Desde presidentes, hasta el más sencillo de los cargos en el servicio público, siente el temor de caer en la dimensión desconocida de las redes sociales y la nueva inteligencia colectiva.

Contratan estadísticos, matemáticos y científicos de datos que les permita proyectar sus carreras políticas: qué decir, cómo vestir y cómo actuar; qué hacer con el entorno y de qué manera generar likes o “me gusta”; en cuál red social deben aparecer con la mascota y en cuál deben aparecer con la persona de la tercera edad; en cuál red social deben trasmitir sus rendiciones de cuentas y en dónde publican las noticias que no le agradan a los ciudadanos; cómo contrarrestar embates de opositores; cómo acabar con el enemigo, así sea un ciudadano que lucha por solucionar su entorno o toda una comunidad que no lo apoyó en el proceso electoral.

Desde lo positivo, ¿cuánto pagaría una persona, un político, un artista o un educador para convertirse en una tendencia de redes sociales?

La ética pública ya no puede relacionarse con el comportamiento, las relaciones, el cumplimiento de normas, el respeto por el ecosistema humano.

Hoy es un concepto que lucha contra la coherencia de cada persona, que día a día se levanta para colocar en una balanza sus actos y pensamientos, decidiendo qué está bien y qué está mal.

Para los que no se durmieron y llegaron hasta este punto, sólo puedo decirles, además de gracias por sus likes y solicitarles que compartan el artículo en las redes sociales, que ya no estamos en la web 2.0, estamos en la web 3.0, denominada web semántica y con la cuarentena del Covid-19 podemos afirmar que la web 4.0 se adelantó por lo menos unos tres años.

Esta última es la que desarrolla las integraciones de la web semántica con aplicaciones increíbles, que seguramente ya tienen claro que la ética pública se puede manipular y redefinir sólo con “likes”.