Restricciones al derecho de libertad religiosa

 

Javier Saldaña Serrano

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

Carlos Alberto Pérez Cuevas

Especialista en Derechos Fundamentales, profesor de Universidad Panamericana, La Salle y Barra Nacional de Abogados.

 

Alberto Patiño Reyes

Académico de Tiempo completo del Departamento de Derecho de la Universidad Iberoamericana.

 

Durante la pandemia, en México y el mundo ha sido necesario restringir algunos derechos, ya sea por la vía legal o voluntaria ¿Cuál es el límite en materia de creencias religiosas?, ¿hasta cuánto es posible limitar este derecho?

 

Uno de los temas centrales que nos ha tocado vivir en esta pandemia es, sin duda, el ejercicio de los Derechos Humanos, particularmente el derecho de libertad religiosa: ¿Son importantes los rezos a Dios cuando la gente está muriéndose por un virus? ¿Es legítimo suspender el ejercicio de la libertad religiosa en tiempos de una pandemia? ¿Se tendrían que abrir los lugares de culto y dejar a la feligresía libremente el ejercicio de su religión? En definitiva, ¿tienen las iglesias un lugar en tiempos de pandemia? Estas son algunas de nuestras respuestas.

1. El renacimiento de lo religioso
en un mundo secular

El gran filósofo alemán Jürgen Habermas, en su libro Entre naturalismo y religión, resumió excepcionalmente los dos puntos de tensión por los que ya atravesaba la sociedad occidental antes del confinamiento derivado de la pandemia por Covid19. Por una parte, la expansión de un naturalismo cientificista expresado en multiplicidad de progresos biogenetistas, neurocientíficos y robóticos que, generalmente, van acompañados de esperanzas terapéuticas y eugenésicas para la humanidad. Frente a esta realidad se encontraba la presencia –a decir verdad, un tanto rezagada– de una cierta revitalización de la fuerza espiritual y religiosa del mundo, expresada en distintas formas, aunque fundamentalmente a través de las tradiciones religiosas.

La pandemia ha puesto en su lugar a cada uno de estos extremos, y nos ha mostrado con la mayor claridad posible lo que debemos esperar de cada uno de ellos. En el primer caso, confiar en la técnica sólo hasta el punto de no perder la visión trascendental que nos da la fe. En el caso de la religión, la esperanza y el consuelo del corazón que nos permite superar tanto dolor y tanto sufrimiento que ha acarreado la enfermedad.

Esa fe en la ciencia lamentablemente ha desembocado en un cientificismo mal entendido, el cual ha ido acompañado de un laicismo galopante que ignora y desprecia lo espiritual del hombre, privando al ser humano y a la sociedad de ese anhelo de trascendencia que la pura técnica no puede colmar. Por eso creo importante señalar que esta es una oportunidad para los creyentes de reivindicar nuestra fe contra una ideología laicista que ha querido imponerse por todos los medios y a toda costa, como si la defensa a ultranza de dicho laicismo sirviera de algo ante los millones de muertos que no han tenido ni una palabra de fe que les permitiera mitigar su encuentro con la muerte.

Con la lucidez que lo caracteriza, el cardenal Sarah ha colocado en su justa dimensión el relevante papel de la religión ante la actual pandemia: “Este virus ha revelado que, pese a sus promesas y seguridades, el mundo de aquí abajo quedaba paralizado por miedo a la muerte. El mundo puede resolver las crisis sanitarias. Y seguro que resolverá la crisis económica. Pero nunca resolverá el enigma de la muerte. Sólo la fe tiene la respuesta”. Para finalmente sentenciar: “Frente a la muerte no hay respuesta humana que se sostenga. Sólo la esperanza de una vida eterna permite superar el escándalo”. (Le Figaro, 19-V-2020).

2. Libertad religiosa sí, pero limitada 

Un segundo argumento se refiere a saber si en situaciones como la que estamos viviendo es posible limitar el ejercicio de los Derechos Humanos, particularmente el de libertad religiosa. Y, efectivamente, la respuesta jurídica es que los Derechos Humanos no son ilimitados, y por tanto cabe la posibilidad de restringirlos, pero nunca prohibirlos o impedirlos (así es como se ha de entender la expresión “suspensión” de derechos establecida en los diferentes documentos jurídicos nacionales e internacionales). El artículo 29 de la constitución mexicana, en su segundo párrafo, señala expresamente que no podrán suspenderse las libertades de pensamiento, conciencia y de “profesar creencia religiosa alguna”.

Por su parte, la Convención Americana sobre Derechos Humanos de 1969, en su artículo 12, reconoce el derecho a la libertad de conciencia y religión. Y en su número 2 señala:

“Nadie podrá ser objeto de medidas restrictivas que puedan menoscabar la libertad de conservar su religión o sus creencias o de cambiar de religión o de creencias”.

También está el artículo 29 a), de la misma Convención, que al hablar de las normas de interpretación señala que ninguna disposición podrá ser interpretada en el sentido de: “Permitir a alguno de los Estados Partes, grupos o personas, suprimir el goce y ejercicio de los derechos y libertades reconocidos en la Convención o limitarlos en mayor medida que la prevista en ella”.

Es el artículo 30 de la Convención, el que permite las restricciones a los Derechos Humanos, pero “no pueden ser aplicadas sino conforme a las leyes que se dictaren por razones de interés general y con el propósito para el cual han sido establecidas”. Con esto, el artículo determina así las únicas dos condiciones indispensables para suspender derechos: la formal y la material. La primera es que la suspención sea decretada en una ley, no a través de la orden del Ejecutivo o de un Reglamento. La segunda, es que la restricción tenga que ver con el interés general. Este último requisito es obvio, no así el primero. Probablemente esta sea la razón por la que no se haya suspendido el ejercicio de la libertad religiosa en esta pandemia, y que la Secretaría de Gobernación haya sólo “exhortado” a las Asociaciones Religiosas a no realizar celebraciones colectivas.

3. Volvamos a la normalidad religiosa

Con todo lo señalado anteriormente, se exige ahora la pregunta clave sobre si es posible levantar las actuales restricciones al culto público, es decir, si estamos en condiciones de abrir las iglesias y los templos a las celebraciones religiosas colectivas.

3.1. Para responder a la anterior inquietud conviene partir de una consideración fundamental, relativa a la calificación de “actividad esencial” que el gobierno otorga a aquellas tareas consideradas importantes para reiniciar actividades: ¿Es la religión una actividad esencial para la sociedad? Evidentemente que esta pregunta no es difícil de responder. Así, para una persona no creyente la religión no sólo no es esencial, sino incluso debería desaparecer. En cambio, para un creyente –que por cierto también es persona– la religión sí es una actividad esencial para su vida espiritual, y de la que muchas veces depende su propia existencia como ser humano y creyente.

Hay dos argumentos que justificarían la respuesta de un creyente. El primero es de carácter teológico y el cual es reconocido prácticamente por todas las religiones. Éste encuentra sustento en aquella parte del Evangelio narrado por Lucas, 4, donde se lee que:

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Los creyentes sabemos lo vital que resulta estar en comunión con Dios, pues también se requiere del pan espiritual que sólo da la fe.

El segundo argumento es terrenal, y más específicamente jurídico y moral, al considerar que el respeto de la libertad religiosa como derecho fundamental implica el ejercicio incondicionado de la “religión” como Bien Humano Básico. Bien sin el cual las personas y las colectividades que la profesan ven coartada la esperanza de la vida eterna, obligándoles a sólo verse como instituciones y personas de este mundo.

De este modo, la religión es un bien esencial para la sociedad, pues sin ella simplemente el hombre no puede alcanzar su plenitud como hombre de fe.

Podemos concluir que la religión es esencial para el hombre y para la sociedad, y sin ella ni aquel ni ésta encuentran su sentido vital. No olvidemos, por otra parte, todo el bien que en estos momentos ha hecho la Iglesia, particularmente la Católica, a través de sus innumerables instituciones de asistencia social.

3.2. Ahora bien, habrá que decir también que a pesar de la pandemia que vivimos el ejercicio de la libertad religiosa no se ha visto cercenado completamente, pues ha tenido distintos causes de salida: Las más comunes han sido las celebraciones religiosas por internet o por los distintos medios de comunicación masiva que la tecnología ofrece hoy. También se ha tenido noticia que algunas iglesias han permanecido abiertas (en algunos casos incluso con la exposición del santísimo). Esto no ha sido ilegal porque, como hemos dicho, no hay una ley que lo prohiba. Hemos de reconocer que en tales recintos algunos fieles se han acercado a realizar su oración o a rezar el rosario, tomando todas las medidas sanitarias indispensables. Es verdad que no se ha hecho en un sentido pleno y en comunidad, pero ambas expresiones nos muestran que sí se ha ejercido el derecho de libertad religiosa. En este punto, demás está decir el importante papel que el sacerdote juega en esta contingencia: de su imaginación y de la concepción que tenga de su feligresía dependerá mucho el ejercicio de la libertad.

3.3. El Otro punto que queremos tratar tiene que ver con si hoy están dadas las condiciones para abrir los templos al culto público y comunitario. El abordaje a esta cuestión se puede dividir en tres respuestas.

La primera se refiere a lo que viene haciendo la mayoría de los gobiernos en el mundo, es decir, un regreso a la normalidad en forma paulatina y escalonada. Como sabemos, han existido zonas del país –generalmente alejadas de la capital– donde no se ha registrado ningún contagio o su número es tan ínfimo que no representan ningún peligro de propagación del virus (en México se les llegó a llamar “municipios de la esperanza”). Aquí no hay ninguna razón objetiva para que las iglesias y los templos permanezcan cerrados, es decir, se deberían abrir al culto público y comunitario siempre guardando las medidas sanitarias necesarias.

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Por otra parte, hay lugares en los que, dependiendo de ciertas condiciones (espacios disponibles dentro del recinto religioso, higiene o esterilización del lugar, número de asistentes a la celebración religiosa, etcétera) sería posible abrir los templos y las iglesias, pero con todas las medidas de protección sanitarias requeridas para el caso. Como ejemplo, citamos las recomendaciones de la Conferencia del Episcopado Mexicano para la atención espiritual a los fieles durante la pandemia:

Lavarse o desinfectarse las manos;

Llevar y usar el equipo de protección personal;

Evitar contacto físico y guardar la sana distancia;

Al dar la comunión que sea en la mano;

Desinfectar las manos después de la celebración y

Desinfección de los lugares de culto después de cada celebración.

Hay, sin embargo, lugares donde no es recomendable abrir los recintos para el culto público. En esos casos estarían Iztapalapa, Mexicali, y en general todas aquellas zonas que sean consideradas de un altísimo riesgo de contagio. La razón es obvia.

En México se ha establecido un sistema de semáforo para identificar las zonas más peligrosas (rojo) y el cual irá cambiando conforme vaya disminuyendo la peligrosidad de tal contagio (naranja, amarillo y verde).

4. También de pan vive el hombre

Vinculado a lo anterior hay otro aspecto que preocupa, y es el relativo al problema económico. Es verdad que iglesias, templos y su personal han visto disminuidos considerablemente sus ingresos, ya no sólo para su manutención personal o sus gastos médicos, sino también para el sostenimiento de los inmuebles religiosos y la multiplicidad de las obras sociales que realizan.

Las respuestas al problema económico son muchas, es sólo cuestión de tener la voluntad de querer ayudar a las iglesias. Sólo a título de ejemplo mencionaremos tres posibles alternativas. La primera dependería de alguna iniciativa gubernamental. Así como los gobiernos de todo el mundo han ayudado –de diferente manera– a los más golpeados por la enfermedad, incluso a los pequeños y medianos empresarios al considerar su actividad como esencial, no se ve porqué no apoyar económicamente a la religión, no sólo por ser considerada –como lo vimos– como esencial, dado su carácter de Bien Humano Básico, sino porque el apoyo de esta actividad cardinal posibilita y promuve el ejercicio de un derecho fundamentalísimo como es el de libertad religiosa. De modo que no es apoyar económicamente al credo religioso, sino a la persona y sus derechos, así como sucede con la educación, el trabajo o la salud y los derechos que las amparan. Esta propuesta no es irreal, la historia y el ejemplo de otros países nos muestran su plausividad.

La segunda propuesta también tiene como protagonista al gobierno y a su compromiso por apoyar los Derechos Humanos de los ciudadanos. Como sabemos, el gobierno puede excentar de pagos como el agua, el predial, la luz y todos aquellos gastos que sean necesarios para el mantenimiento y conservación de los templos que son –según la constitución– propiedad de la nación. Evidentemente que esta no es una forma directa de apoyar económicamente a las iglesias, pero sí lo es en forma indirecta, porque el estipendio que pagarían al gobierno lo podrían destinar al sostenimiento de sus actividades esenciales, sean estas internas o asistenciales.

La tercera sería que los líderes religiosos pidieran a su feligresía donaciones o aportaciones voluntarias y que tales cantidades estuvieran excentas de pagar el impuesto correspondiente, y que las cuentas bancarias que recibieran dichas aportaciones se vieran igualmente excentas del impuesto referido. Evidentemente que todo esto debería de realizarse con total transparencia.

5. Algo más sobre libertad religiosa

Lo señalado hasta acá ha tenido como obejtivo referir lo más urgente de la libertad religiosa y la posibilidad de su ejercicio pleno ante la contingencia sanitaria. Pero no podemos perder de vista que la libertad religiosa se enfrenta a los ataques de autoridades de todos los niveles de gobierno, más allá de las circunstancias propias de la pandemia. Para muestra,  algunos botones.

El ejercicio de la libertad religiosa no es el mismo en los hospitales públicos que en los privados. Es públicamente conocido que en estos últimos existen capillas o lugares destinados para el culto del personal sanitario o de los familiares de los pacientes enfermos. En cambio, en los centros públicos hemos visto cómo médicos y enfermeras rezan tomados de la mano antes de comenzar con sus actividades haciéndolo en los propios pasillos del hospital. Es tan grave la experiencia humana que está viviendo el personal sanitario que se debería destinar un espacio dentro de los hospitales para que pueda al menos rezar.

El otro ejemplo es el pronunciamiento público que las iglesias y sus feligresías deberían estar haciendo contra la serie de políticas públicas que intentan implantar las autoridades administrativas; temas como el aborto, la eutanasia y todo lo relativo a los derechos reproductivos o los supuestos derechos de la comunidad lésbico gay. En uno de los diarios de circulación nacional se lee lo siguiente: “La Secretaria de Gobernación (Segob) hizo un llamado a los integrantes del Congreso de Nuevo León a velar por los derechos de niñas, niños, y adolecentes, evitando aprobar reformas que promuevan valores considerados antiaborto en la enseñanza básica de los menores” (Excelsior, 28-V-2020). Otros ejemplos: “Colectivos feministas solicitan a los legisladores depenalizar el aborto, exigiéndolo como ayuda humanitaria por la enfermedad”
(periodicocorreo.com.mx de 18-V-2020). “59 países en el mundo firman declaración conjunta para promover aborto en medio de la pandemia” (El País, 10-V-2020).

Lo mismo se puede afirmar de las medidas establecidas desde el Ejecutivo para excarcelar a los delincuentes, incluyendo –no podrían faltar– a quienes hubieran practicado abortos. Lo amparado aquí es defensa del ideario de las confesiones religiosas, parte integrante de la libertad religiosa.

6. En contexto internacional

Los problemas de culto han empezado con el regreso a la nueva normalidad donde se autoriza el regreso a las actividades, sociales, económicas, políticas, culturales, pero no así a los templos y espacios de espiritualidad de las distintas religiones.

En Europa, en el caso de España, se determinó que la gente podía asistir a los templos en proporciones que no superaran la mitad del total de los espacios en esos lugares, cumpliendo todos los protocolos de sanidad. En Francia, los fieles tuvieron que recurrir a las autoridades pues se había permitido la reactivación comercial y no la presencia en lugares religiosos. La autoridad, ponderando las decisiones, otorgó tambien ese derecho.1 En el primer caso, desde el inicio de las determinaciones se considera la importancia de la libertad religiosa; en el segundo, se tiene que hacer valer por medio de los mecanismos jurídicos y la autoridad superior valora la libertad religiosa como un derecho esencial de las personas.

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En nuestro país, sólo en dos momentos previos de la historia los espacios religiosos han tenido que cerrar: durante la etapa de la guerra cristera, entre 1926 y 1929, que fue un tiempo largo, pero se trataba de un conflicto Iglesia-Estado. El segundo fue durante un lapso breve a consecuencia de la pandemia de influenza generada por el virus H1N1. Ahora, tiene lugar el tercero por la crisis de salud por el Covid-19, que nos ha llevado al confinamiento durante varios meses.

Las autoridades, quizás reflejando los ejemplos internacionales, en el momento que determinen el regreso a las actividades en general, deberán contemplar también el regreso a los actos de culto en los templos y espacios que cada religión tiene para su comunidad, pues el Derecho Humano Fundamental a la Libertad Religiosa es esencial para el desarrollo de las personas. Las diversas manifestaciones religiosas, de fe, culto y espiritualidad son inherentes y esenciales. Las autoridades formales del Estado tienen que garantizar su pleno cumplimiento, por supuesto, con pleno apego a los protocolos y medidas de sanidad respectivos.

De la misma manera deberán garantizar el cumplimiento irrestricto del derecho a la salud evitando en la mayor medida posible los contagios y muertes derivado de la pandemia.

 


1 La determinación fue del Consejo de Estado francés que con una declaratoria general permitió el acceso a los lugares de culto religioso. “El organismo indicó que considera esta medida restrictiva «desproporcionada para lograr el objetivo de preservar la salud pública» y amenazadora para la libertad de culto en el país.”