Recuerdo de un hermano

José Luis Aguirre Anguiano

Abogado, notario

Todos los abogados conocemos al gran jurista que fue José Antonio Garrigues:

“El tiempo se va comiendo nuestra vida a pedazos. Por eso hay que ganarlo, no hay que perderlo, porque, de cómo hemos ganado o perdido es de lo que tendremos que dar cuenta a Dios.”

Y Sergio, mi hermano, cuyo vacío inunda el alma y el corazón, buenas cuentas dará a Dios, pues nunca lo vi perder su tiempo, en todos los pedazos de su vida estuvo luchando. Fue un auténtico guerrero, por sus ideales, la Verdad, la Justicia y la Belleza; como abogado, como notario, como catedrático y como Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Lo anterior me trae a la mente el voto razonado del juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos –desde febrero de 2009  a la fecha–, Antonio Cançado Trinidade, cuyos principios postula en varias sentencias en las cuales nos habla de la existencia humana, y el proyecto de post-vida, entendiendo por este valor “lo más íntimo del ser humano, sus creencias en el destino humano y sus relaciones con los muertos”, lo cual trae consecuentemente otros Derechos Humanos; el deber de la memoria, que se debe preservar, del patrimonio espiritual de cada persona.

En cuanto a la Verdad, Sergio jamás faltó a ella, pero fundamentó sus valores en una lógica jurídica rigurosa, que buscó precisar la realidad de cada cosa, cada persona, y cada norma jurídica.

En la Justicia, dar a cada uno lo que le pertenece, lo que es debido, procuró la justicia personal, social, económica y cultural.

Y en tanto a la Belleza, le recuerdo extasiado ante la Sainte Chapelle, que me explicaba en esa maravilla multicolor del gótico, que,  como todas las religiones, se mira mejor desde dentro que desde fuera.

Nunca apartó de su mente nuestra Guadalajara, con sus cielos azules de verano que le recordaban los mejores cielos azules de El Greco.

Como hermano, lo revivo en cada momento, con sus gustos y su facilidad para el deporte, los practicó todos, menos el béisbol: el caballo, el futbol y, sobre todo, la pesca, pues cada que podía acudía a Manzanillo a tirar el anzuelo; en diciembre de 2006, pescó un marlín azul de más de 288 kilos y una talla de 4.10 metros, el más grande que se había pescado en 40 años.

Siento en éste momento su mirada agradecida a todos sus colegas notarios, y también lo percibo, de niños, tomados de la mano de mi padre, en una corrida de toros en el antiguo Progreso, su música y algarabía que compartimos.

No podría entrar en detalles de nuestra vida familiar, con su historia vivida, sus leyendas y su mitología, mas dejaré de lado la nostalgia. Siento el amor al Derecho que sembró en la familia, mis hijos y los de él; en Sergito, que tan joven y tan recientemente pasó también a la Casa del Señor, y su hija Adrianita, también abogada, que en México sigue el ejemplo de su padre.

El último regalo que me envió Sergio, hace tan sólo unos días, fue un nuevo ejemplar del poema de Miguel de Unamuno al Cristo de Velázquez, con sus 2 mil 540 versos, en tres de los cuales el poeta-filósofo, poco ortodoxo, casi camina en lo místico cuando dice al Salvador:

“Por ti la muerte se ha hecho nuestra Madre,

por ti la muerte es el amparo dulce

que azucara amargores de la vida”.