Prevención y atención, una visión histórica

Carlos Viesca Treviño

Profesor Titular, Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina, Facultad de Medicina, UNAM. Presidente de la International Society for the History of Medicine, Presidente Honorario de la Academia Panamericana de Historia de la Medicina, Academia Nacional de Medicina, Academia Mexicana de Cirugía.

 

Mariblanca Ramos R. de Viesca

Profesora Titular, Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina, Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México. Consejera de la International Society for the History of Medicine, Academia Panamericana de Historia de la Medicina.

 

La experiencia y la ciencia médica han dispuesto a la humanidad de conocimientos para prevenir o atenuar un brote epidémico. El personal sanitario mexicano está preparado para resolver eventualidades de esta naturaleza, como ya lo ha hecho antes.

Las epidemias han sido motivo de preocupación y temor a lo largo de la historia de la humanidad. La enfermedad y la muerte afectando a multitud de personas son algo impactante. No en balde peste –entendida como genérico de epidemia– y muerte, son dos de los cuatro jinetes del apocalipsis, metáfora de los grandes males que significan el fin de la humanidad.

La evolución biológica de los seres humanos ha procedido en gran medida mediante cambios que han hecho posible, además de acentuar los rasgos que hoy por hoy la caracterizan, la supervivencia de la especie. Parte importante de este proceso ha sido y es el reconocimiento de seres microscópicos por parte del aparato inmunológico de los humanos y viceversa, incorporando el genoma de algunos de ellos al nuestro, dando también lugar a la producción de anticuerpos activos ante los antígenos que tienen ellos y estableciendo a través de ello la posibilidad de convivir con ellos e incluso que lleguen a formar parte de nuestro organismo coadyuvando en la realización de gran cantidad de funciones. Baste considerar que la microbiota –que es ese universo de bacterias y virus que llevamos dentro– se estima en alrededor de la décima parte de nuestro peso corporal.

Sin embargo, la evolución misma de estos seres y la apertura de nuevos espacios antes no invadidos por los humanos han hecho que con una espantable regularidad o bien surjan mutantes o entremos en contacto con gérmenes que provienen de otros entornos o se habían mantenido conviviendo con otras especies o, incluso, enfermándolas, pero sin causar tal problema en los humanos. Cuando esto sucede aparecen nuevas enfermedades que por lo regular presentan formas graves, con altas tasas de complicaciones y de mortalidad y que, además, afectan a gran número de personas. Estas enfermedades nuevas o emergentes –una denominación más apropiada dado que muchas veces ya existían, pero pasan de una especie a otra o de un ámbito geográfico a otro y se incrementa el número de personas que la contraen– se presentan bajo formas de mayor gravedad.

En épocas remotas, y actualmente en comunidades aisladas, por lo regular grupos tribales, este tipo de problemas era autolimitante. Esto quiere decir que contraía la enfermedad y moría una buena parte de ese grupo, a veces su totalidad, pero los sobrevivientes ya no serían afectados por ella o presentarían formas más leves, es decir, desarrollarían inmunidad. Por otra parte, siendo grupos tribales con escaso o nulo contacto con otros grupos, la enfermedad en cuestión no se propagaría fuera del grupo afectado.

Con el crecimiento poblacional, por un lado, y con el incremento y facilitación de las comunicaciones, que han llevado de la existencia de culturas totalmente ajenas unas de otras a un mundo global, estas enfermedades epidémicas, sean emergentes, sean resultado de mutaciones bacterianas y/o virales, pueden afectar –y de hecho han afectado– a poblaciones muy numerosas que habitan en lugares sumamente distantes entre sí. Bacterias y virus pueden infectar a seres humanos que invaden un hábitat antes no hollado por ellos. Un ejemplo claro son las epidemias que ahora sabemos son provocadas por arena o hanta virus, como son la fiebre hemorrágica de Bolivia, iniciada en 1959, o la epidemia de huey cocoliztli –la gran enfermedad– a la cual los mexicanos no pudieron dar un nombre específico y que causó cerca de un millón de víctimas solamente en el altiplano mexicano en los últimos meses de 1576. En ambos casos el disparador fue la apertura de espacios semiáridos para la explotación minera, con el consecuente contacto con roedores en los cuales estos virus vivían sin enfermarlos. Mecanismo parecido fue el que marcó el inicio de la fiebre hemorrágica de Junín, en las pampas argentinas, en 1953, en donde la modificación ecológica de la región, al sembrarse grandes extensiones de maíz, trajo la migración y proliferación de un roedor, el calomys musculinus, huésped natural de un virus productor de fiebre hemorrágica. Diferente en su origen  es la aparición de brotes de peste bubónica, en los cuales la rata, que es el huésped de las pulgas, también se enferma y muere cuando éstas resultan infestadas por la yersinia pestis, que es el germen causal; pero en este caso el problema no se limita a la enfermedad de la rata, sino a su trasmisión a los seres humanos.

Cambios en la población de roedores pueden ser también significativos. La llegada al continente americano de la rata noruega, la rata negra, trajo consigo, en México, por una parte el desplazamiento de la rata nativa, parda y de orejas redondeadas, de las villas y ciudades a áreas rurales; por otra, la aparición del tifo exantemático del cual el piojo de la rata negra es el vector. Antes no había tifo exantemático en América, y no es casual que, en la primera gran epidemia acaecida en México, en 1545, se consignara la migración de innumerables ratas negras de la costa, Veracruz, a los altiplanos poco antes de los inicios de la epidemia. El conocimiento de la relación entre la rata, el tifo y la peste, hizo que al arribar los barcos a los puertos, entre otras medidas, se colocaran unos grandes discos lisos y resbalosos en las cuerdas con que se ataban al muelle, con el fin de bloquear el paso a los roedores.

En fin, la historia de la humanidad está llena de ejemplos de enfermedades contagiosas e infecciosas producidas por virus y bacterias que surgen en diversos entornos; a veces periódicamente, cuando muta el germen causal o la población inmunizada por el brote anterior está siendo reemplazada por una nueva generación, y otras veces como enfermedad emergente, cuando cambian las condiciones del medio ambiente y los gérmenes afectan a especies que antes no les eran accesibles o no eran susceptibles de enfermar dadas las condiciones inmunológicas previas.

Veamos ahora cuáles han sido las medidas que, en diferentes momentos de la historia, se han tomado para prevenir la llegada de una enfermedad epidémica a un lugar y las principales acciones empledadas para combatirla.

1. Acciones históricas

La peste de Atenas (430- 427 ac)

El primer dato de interés es que los primeros casos aparecieron en el Pireo, el puerto de Atenas, lo que hace pensar que la enfermedad fue trasmitida por viajeros que llegaron por vía marítima. Se ha pensado que su origen fue en Etiopía y de allí se difundió a Egipto, los países del Cercano Oriente y de allí a Atenas. Se tiene así un buen ejemplo ya de una pandemia, pero los registros históricos de que se dispone atraen el interés de los modernos estudiosos hacia Atenas. No ha sido posible identificar la naturaleza de la enfermedad, habiendo sido propuestas las posibilidades de viruela, que no corresponde a la descripción que da Tucídides, el historiador ateniense, de tifo exantemático o de peste bubónica. Un hecho significativo es que, a causa de la guerra, los habitantes de los poblados y áreas rurales atenienses fueron a vivir a la ciudad, por lo regular en condiciones higiénicas deplorables, en hacinamiento y con falta de ventilación. Vista desde el siglo XXI, da la impresión de una afección viral, dados los síntomas registrados: inicio con cefalea intensa, inflamación y enrojecimiento de los ojos, sangrado en mucosa de la cavidad bucal y luego tos, estornudos y dolor torácico, para luego presentar diarrea. Las medidas que se tomaron fue el aislar y abandonar a los enfermos y no acercarse a los cadáveres, dejándolos abandonados.

Como se ve, no se tienen datos de medidas preventivas ante la posibilidad de una epidemia, ni siquiera se sospechó su aparición, y el aislamiento de enfermos da la impresión de que no se hizo de manera organizada, sino simplemente se procuró huir de ellos.

La plaga de los Antoninos (165 d. C.)

Iniciada en Roma en el año 165 d. C., la epidemia tuvo recurrencias durante los siguientes 15 años y no deja de ser curioso que desapareciera en el año 180 d. C., a poco de la muerte del emperador Marco Aurelio a causa de ella. Otro brote, que apareció nueve años después, provocó alrededor de 2 mil muertes al día en la capital. Es sumamente escasa la información que se tiene sobre sus características y es Galeno quien en su Methodo Medendi refiere que sus síntomas eran fiebre, dolor de garganta y diarrea y que al noveno día aparecían lesiones cutáneas, generalmente pustulosas. La posibilidad diagnóstica que más plausible parece es que se trate de viruela, sin embargo no hay nada concluyente al respecto y choca el que se haya mantenido activa, con brotes sucesivos durante 15 años.

Pocos datos existen sobre las medidas tomadas para evitar la propagación del mal, señalándose el evitar la cercanía y el contacto directo con los enfermos. En los campamentos –ya que afectó seriamente a los ejércitos romanos: primero en Asia, en donde se contagió y murió el emperador Lucio Vero, y en los años sucesivos en las fronteras del Danubio en donde el emperador Marco Aurelio falleció– lo que se hizo fue construir tiendas separadas de las demás, o chozas en establecimientos más permanentes, a fin de evitar el contacto entre sanos y enfermos.

La utilización de la atríaca magna, medicamento cuyos orígenes se remontan a los tiempos de Nerón, cuando fue ideada una mezcla de cuanta sustancia de origen animal, vegetal y mineral se pensó que pudiera tener efecto para impedir la acción de venenos en el organismo, se justificó en razón de que la corrupción del aire y los miasmas eran los vehículos de la enfermedad. Esta terapéutica quedó como la única que podía servir para algo ante enfermedades que afectaban a tantas personas y con tanta severidad.

La pestilencia de Justiniano (541 d. C.)

En el año 542 d. C., reinando en el Imperio Romano de Oriente el emperador Justiniano, se presentó una devastadora pandemia que llegó a Constantinopla al finalizar la primavera, dejando un saldo de alrededor de 300 mil muertos sólo en la capital durante los primeros meses. En este caso, el emperador también cayó enfermo, pero logró recuperarse. Procedente de Etiopía, se difundió primero a Egipto, donde apareció el año anterior, y de allí a todo el Imperio romano de Oriente. El gran tráfico comercial de naves que venían de la India surcando por el Mar Rojo hasta los puertos egipcios más cercanos a la zona del Sinaí, explican bien la ruta de acceso de la peste. Veinte brotes, según unos autores, cincuenta, según otros, hicieron acto de presencia por todo el mundo romano en los siguientes dos siglos.

Analizando fuentes diferentes a los historiadores del imperio bizantino de esa época, se ha logrado establecer que esta fue una primera gran pandemia de peste bubónica y que su origen fue en la India, de donde se diseminó juntamente con la rata negra, el huésped por excelencia del germen causal.

En esta ocasión se hizo evidente la creencia de que el mal llegaba con gente que venía del extranjero y es curioso detalle el que se desencadenara una “epidemia” de pesadillas en las que se presentaban seres sobrenaturales maléficos, demonios, y así enfermaban a quien los soñaba y a los habitantes de esa  casa; también corrieron numerosas voces hablando de apariciones espectrales que caminaban  por las calles acarreando y anunciando el mal. Las medidas de protección suenan hoy día bizarras, pues lo que se hizo fue encerrarse a piedra y lodo, bloqueando puertas y ventanas de las casas a fin de impedir a todo el mundo, incluso familiares, la entrada. Otras medida fueron acelerar el entierro de los cadáveres, para lo que fueron nombrados oficiales que se hicieran cargo de ellos, y cuando empezó a faltar espacio en los cementerios, se depositó a los muertos en torres de las fortificaciones que circundaban la ciudad, que, al llenarse, eran techadas y selladas.

La peste negra (1348)

Es indudable que la epidemia que marcó definitivamente la memoria de la humanidad y cuyas repercusiones siguen pesando en el imaginario colectivo fue la segunda pandemia de peste negra, peste bubónica, que asoló a Europa en 1348, con un número de víctimas que se ha estimado en 25 millones de personas, lo que significa alrededor de la mitad de la población europea, y que mató a otros tantos en su camino. Este recorrido se dio a través de Asia, arribando a Tabriz y Astrakán en 1346; a Crimea, a principios de 1347, y de inmediato a Constantinopla, de donde se expandió por todo el Mediterráneo siguiendo la ruta de las flotas mercantes genovesas y venecianas, principalmente. Mesina, en Sicilia, Génova y Marsella fueron afectadas antes de que finalizara el año, y Ragusa, hoy Dubrovnik, Venecia y Almería, a inicios de 1348; en tanto que, antes de finalizar el año, llegaba a Burdeos y París. En 1349, se difundía a Inglaterra, Holanda, Alemania, hasta alcanzar Viena y los países bálticos. Polonia y Rusia sufrían sus estragos en 1350. Posteriormente, la enfermedad se mantuvo presente con brotes, a  veces locales, como la peste de Londres de fines del siglo XVII; otras, siguiendo la huella de los ejércitos, como sucedió con el ruso, yendo de Moscú a Riga y Varsovia .

Es en ocasión de esta pandemia que fueron establecidas medidas de control sanitario que se mantuvieron vigentes por cinco siglos. Aunque debe insistirse en que fueron siempre medidas adoptadas localmente, por ciudades, como es el caso de Venecia y Génova, o por países, sobre todo en los que existían monarquías. Las cuarentenas, aislamiento de viajeros y comerciantes procedentes de lugares en donde se sabía que estaba presente la enfermedad, fue impuesta en todas las grandes ciudades y puertos europeos. Cuarenta días, siete semanas en números redondos, significaba el cumplimiento de un ciclo completo de los siete planetas y, por lo tanto, el fin de una serie completa de influencias astrales, de modo que era un tiempo adecuado y razonable para considerar que, de no haberse presentado enfermos entre las personas así aisladas, no habría riesgo de que estas trasmitieran la enfermedad al entrar en contacto con los habitantes de las ciudades. Para ello fueron acondicionados espacios de reclusión, como son los caravanseray de las ciudades del Oriente Medio o los lazaretos de las villas europeas, recordando, estos últimos, por su denominación, la exclusión de todo contacto social de los pacientes con lepra. Metafóricamente, lazareto quedó como el nombre de los sitios de reclusión de posibles trasmisores de enfermedades epidémicas o de quienes presentaran ya síntomas de ellas. En 1348, fue acondicionada con tal objeto una isla en la laguna de Venecia y un espacio cerrado en las afueras de Génova que si bien en esa ocasión no tuvieron los resultados esperados de impedir la propagación de la peste, dado que ésta ya se había expandido en ambas ciudades, sí quedaron como el modelo a seguir para la posteridad. En Venecia, ciudad/estado que fue un ejemplo en este tema, se procedió inmediatamente a establecer un comité sanitario destinado exclusivamente a afrontar el problema emergente, estableciendo de inmediato barreras para contener el movimiento de personas y mercancías. Casi 30 años después, en Ragusa, fue introducido el sistema de aislamiento en lazaretos de una forma reglamentaria, manteniendo durante un mes en dos islas, sobre esa misma costa, pero lejos del puerto, las naves procedentes de sitios declarados o sospechosos de tener la peste. El primer lazareto permanente de Venecia no fue construido sino hasta 1423, es decir, 75 años después de esa primera y terrible epidemia. Un segundo lazareto, nombrado Lazareto Nuovo, esta vez construido en una isla dentro de la laguna veneciana, pero suficientemente alejado y aislado de la ciudad y de tierra firme, data de mediados del siglo XVI y siguió en funciones hasta entrado el siglo XX, siendo ahora un museo en el cual se exhiben grabados de época y todos los aparatos y vestimentas diseñados para protegerse del contagio. Hasta entonces, lo que se hizo, en términos sociales, fueron rogativas, enterramientos apresurados, sin exequias ni velorios, y no se tardó en cavar grandes fosas comunes en las que se colocaban los cadáveres en hileras y se cubrían con cal viva. No precisamente sucedido en Venecia, pero en un brote posterior de esta misma epidemia, es la historia de San Roque, santificado precisamente por haber recobrado el sentido estando ya tirado en una de esas fosas comunes gracias a que su perro aullaba y le lamía las llagas; recuperado, Roque se dedicó a cuidar pestíferos sin volver a contraer la enfermedad, de donde su santificación, pero hecho que ahora es claro que se debió a la inmunidad que adquirió. 

La prevención médica –además del aislamiento de los enfermos y del impedir la entrada a las ciudades de quienquiera procedente de sitios en donde estaba presente la enfermedad, acciones previstas para prevenir el contagio directo– se enfocó en acciones derivadas de la teoría miasmática, que atribuía la diseminación del mal a los vientos malolientes que surgían de los cuerpos de los enfermos, de los cadáveres apiñados, de las aguas estancadas y llenas de inmundicias. Para ello se dispuso que se alejara el hedor removiendo todos los desechos y limpiando calles y canales. Se estableció como medida común la búsqueda de aires salubres, sea en sitios de la ciudad en donde corriera el viento y no se percibieran los olores miasmáticos o bien dejando la ciudad y refugiándose en el campo, hecho bellamente documentado –esta vez para Florencia– por el Decamerón de Bocaccio, en el cual se narra cómo un grupo de jóvenes aristócratas se refugia en una villa situada en las colinas vecinas a la ciudad, pero aislada de ella y se dedica a contar historias en tanto pasa el riesgo del contagio. Procesiones y rogativas no se dejaron esperar y, en las décadas siguientes, multitudes recorrieron muchos países europeos, en particular los de Europa Central, flagelándose y clamando a Dios por el perdón de los pecados de esa humanidad castigada por medio de la peste.

También derivado del criterio de que no se debían de respirar los aires contaminados ni tocar a los enfermos ni sus pertenencias, fueron diseñados trajes especiales que usaban los médicos y aquellas personas que atendían a los enfermos. Estos trajes les cubrían todo el cuerpo, pero además contaban con máscaras en forma de caras de pájaro con grandes picos, las que se suponía impedirían el paso de los miasmas a la nariz y boca de quienes las llevaban puestas. Se regó el quemar pólvora en los cruces de calles y canales y el utilizar perfumes que contrarrestaran los malos olores. Estas dos prácticas continuaron en uso en todo el mundo hasta fines del siglo XVIII. En México, en las epidemias de viruela de 1762, 1779 y 1797 se prendieron fuegos y se quemaron plantas aromáticas en las encrucijadas.

2. Revención y control en México

El cólera

Un acontecimiento que sacudió a la sociedad fue la pandemia de cólera iniciada en las bocas del Ganges en 1817, que además de recorrer el camino naval a Egipto, Medio Oriente y el Imperio Turco, también caminó por vía terrestre y llegó a Moscú, Varsovia, Viena, Londres y París, en donde hubo una gran mortandad a partir de finales de marzo de 1832. Por vía marítima llegaría a México en el verano de 1833. Tomó a la pandemia 16 años llegar a nuestro país, de manera que mirando su avance y percibiéndose aquí las medidas profilácticas y terapéuticas que iban tomando las otras naciones se hizo conciencia de la necesidad de actuar en ambos sentidos. Si bien no hubo acuerdos internacionales, sí es un hecho que en esta ocasión se creó una conciencia y los diferentes países establecieron comunicación mediante publicaciones científicas y de prensa. En México, se publicaron textos que explicaban bien qué era esta enfermedad, cómo se expandía, sus síntomas y los tratamientos posibles. Pero lo que más se llevó a cabo fue la eliminación de focos de infección, procediéndose a establecer sistemas de limpieza de las calles, de las riberas de las lagunas en la cuenca de México, de eliminación de excretas, de encalado de las casas, a construir dos cementerios fuera de los límites de la Ciudad de México y prohibir los entierros en las iglesias.

No obstante, el cólera llegó a México casi simultáneamente por mar: de Nueva Orléans vía Tampico, de donde procedió a San Luis Potosí y Guanajuato, y de la Habana a Yucatán, y de allí siguiendo la costa del Golfo de México y a Chiapas. 

La ciudad se convirtió en un espacio medicalizado y la población fue objeto de asistencia médica. La peligrosidad que significaron las clases desposeídas como blanco de epidemias y a la vez como puente para su propagación abrieron las puertas a la higiene pública y a medidas sanitarias

Ya en plena epidemia se buscan remedios tradicionales, como la raíz de chaya, de la que se dijo era un buen recurso, aunque tal vez lo más importante fue el dar atole a los enfermos y así lograr hidratarlos. Tres años más tarde, Snow en Londres lograría establecer la relación entre aguas de ciertos grifos y cólera, dando así un primer paso para poder hablar de enfermedades de trasmisión a través del agua y no, como hasta entonces se creía, solamente a través del aire. Un regreso a la búsqueda de aguas “claras”, potables para la provisión de villas y ciudades fue notable y en las siguientes epidemias de cólera, como la de 1852, se buscó que los habitantes de la Ciudad de México no consumieran verduras ni frutas procedentes de algunas zonas consideradas como insalubres.

En 1886, ante la noticia de una epidemia de cólera que afectaba a varios puertos europeos, se procedió a imponer cuarentena y desinfectar a rodos los buques que llegaran a Veracruz y Tampico procedentes de ellos, con lo que se logró que no hubiera casos en nuestro país.

Inicio de los acuerdos internacionales

Por estos tiempos se inició la realización de acuerdos y lineamientos internacionales. De hecho, desde 1828 se había iniciado un movimiento internacional  en Marsella, cuyo fin era la reducción y de ser posible la anulación de las cuarentenas, so pretexto de los daños económicos que se derivaban de ellas. El resultado fue que se disminuyeran los plazos a una  semana en lugar de los 40 días tradicionales y los gobiernos de los diferentes países establecieran lazaretos para mantener aisladas tripulaciones y pasajeros de los barcos provenientes de zonas endémicas y emprendieran campañas de saneamiento en los pantanos y aguas estancadas aledañas a los puertos.

La fiebre amarilla. Vectores

Otro padecimiento cuyo control ha contribuido inmensamente en el conocimiento y aplicación de medidas de control de las epidemias es la fiebre amarilla. Mal proverbial acechando a viajeros y comerciantes que llegaban a tierras tropicales del Viejo y el Nuevo Continente, existía de forma endémica en gran parte de estos litorales y periódicamente cobraba la forma de epidemias que mataban a animales selváticos, monos en particular, y se extendían a las poblaciones humanas. En un principio se planteaba la sujeción a cuarentena de los navíos provenientes de zonas endémicas, las que, limitadas a una semana, dejaron de ofrecer la seguridad requerida. El descubrimiento de que la enfermedad no era de trasmisión miasmática, sino a través de un vector, un huésped intermediario entre el virus y el hombre, abrió los ojos sobre nuevas posibilidades. Los trabajos señeros de Carlos J. Finley, en Cuba, y la corroboración de ellos al exponer Walter Reed a sus soldados a las picaduras del mosquito, dejaron claro que este era el medio para que se contrajera la enfermedad. El aislamiento del virus se dio solamente muchos años después.

Pero lo que aquí nos interesa es destacar cómo este descubrimiento condujo directamente a un fortalecimiento de los acuerdos multinacionales para establecer campañas y acciones sanitarias y a la aplicación de medidas de fumigación a fin de luchar ya no contra la enfermedad ni contra el germen causal, sino contra los vectores que la trasmiten. Fumigar y no dejar aguas estancadas fueron las dos grandes medidas que han caracterizado gran parte de las acciones exitosas en el curso del siglo XX, tanto en el terreno de los brotes epidémicos como en la erradicación de enfermedades endémicas. En el caso de México es notable cómo Eduardo Liceaga, cabeza del Consejo Superior de Salubridad, había logrado erradicar para 1911 la fiebre amarilla de las costas del Golfo de México, éxito que se esfumó cuando los mosquitos con sus virus regresaron a Tampico durante la invasión norteamericana de 1917.

Reglamentos sanitarios y acciones internacionales

En la última década del siglo XIX, Eduardo Liceaga fue el motor de una transformación radical de la higiene pública y de su transición a salubridad pública. La convocatoria de reuniones internacionales de carácter regional y la participación activa en las llevadas a cabo en otros países, Estados Unidos y Cuba, en particular, condujeron a la creación de la entidad precursora de la Organización Panamericana de la Salud a partir de los acuerdos tomados en la Segunda Convención Internacional Sanitaria Panamericana, en la que llevaron la voz los doctores Walter Wyman, de Estados Unidos, Juan Guiteras, de Cuba, y Eduardo Liceaga, de México. Esto fue en octubre de 1905.

Pero lo que allí se había mostrado era fruto del trabajo que se venía realizando en los últimos 20 años.

Como ejemplo, veamos las medidas establecidas en México mediante los reglamentos sanitarios promulgados en 1883 y la manera en que se abordó la epidemia de peste bubónica que afectó el puerto de Mazatlán en 1902.

Organización de los servicios sanitarios

En 1883 fue presentado a las cámaras un documento en el que quedaba reglamentada la organización de los servicios sanitarios de la República Mexicana.

Sus puntos medulares pueden resumirse como sigue:

Se estableció que los servicios sanitarios dependerán del Poder Ejecutivo de la República, los gobernadores de los estados y sus autoridades y cuerpos administrativos, todos ellos actuando de acuerdo y en concierto con un Consejo de Salubridad Nacional. Se establecen juntas e inspectores de sanidad en puertos de mar y tierra, es decir, en todas las entradas al país, dejándose claro que es también por vía terrestre por donde pueden llegar algunas epidemias. Se estableció asimismo como función clave la vista de buques y su desinfección, así como la revisión y, en su caso, desinfección de pasajeros, animales, mercancías y correspondencia; la aplicación, en su caso, de cuarentenas, el cuidado de la higiene pública y del funcionamiento de los lazaretos, mismos que se establecen en todos los puertos en cuestión.

Cuarentenas fluviales solamente se pensaron en la parte baja del Río Bravo, y las terrestres, consideradas menos eficaces que las marítimas, se orientaron a la prevención de la llegada de cólera asiático, por lo que se detenía a pasajeros y mercancías provenientes de países afectados.

Este punto es de interés para pensar en los cambios que han sucedido de entonces ahora, al existir un cambio en la ruta de la epidemia, pensando que los gérmenes y las personas infectadas así como los objetos contaminados viajaron después en tren y ahora por vía aérea, cambiando los tiempos de arribo y las condiciones de prevención. Un ejemplo fue la epidemia de cólera de 1992, en la que la vía de entrada fue un aeropuerto clandestino en la zona de Temazcaltepec, Estado de México.

Volviendo a las cuarentenas, en el documento de 1883 se fijó un lapso de siete días y se definió que esto era válido por igual para pasajeros y mercancías que vinieran por ferrocarril. Es de señalar que los lazaretos de puertos de tierra deberían quedar a razonable distancia del cordón sanitario y de la población más cercana.

Otro aspecto interesante es la distinción entre cuarentenas de observación y las de rigor. En las primeras solamente se impide a los involucrados el libre tránsito en un lapso de tiempo variable y definido de acuerdo con el tiempo de incubación de la enfermedad a vigilar y prevenir, mientras que en las de rigor se observa el aislamiento completo en un lazareto y la desinfección completa del trasporte en el que viajaban y todo su contenido.

Quedaron perfectamente definidas las medidas de desinfección, desde abluciones jabonosas hasta las estufas desinfectantes para objetos que lo requiriesen.

Un año después quedaba también establecido el reglamento de sanidad marítima que fue vigente y funcional por más de un cuarto de siglo.

La peste bubónica en Mazatlán

Un ejemplo evidente de la efectividad de estas disposiciones es el manejo y control del brote de peste bubónica que afectó al puerto de Mazatlán en 1902. Se detectó que el origen había sido pasaje infectado que llegó al puerto en el Curazao, barco que venía de San Francisco y llevaba personas y mercancías procedentes del barrio China Town de dicha ciudad, en el que se habían detectado casos desde tres años atrás. De inmediato, en perfecto acuerdo entre autoridades locales y muy pronto federales, se procedió a internar a los sospechosos de padecer la enfermedad en un pabellón especialmente preparado para ello en el Hospital Civil y aislar a los enfermos y llevarlos al lazareto situado en las isla de Belvedere, en donde permanecerían hasta su curación seguida de un plazo de aislamiento ya no en contacto con enfermos hasta pasar el tiempo de riesgo de trasmisión. Se dividió la ciudad en cuarteles y se formaron cuerpos sanitarios para realizar visitas domiciliarias para la detección de nuevos casos. Por otra parte, se declaró al puerto zona de emergencia y se prohibió la entrada y salida de personas, estableciéndose un cerco sanitario estricto tanto por mar como en tierra. En el tratamiento fueron utilizados los sueros de Hafkine y Yersin y el 16 de abril de 1903, tras ser dados de alta los dos últimos pacientes internados en el hospital de “epidemiados”, éste fue incinerado. Los lazaretos de las villas en donde hubo enfermos, Villa unión y Siqueros, fueron a su vez clausurados el 26 y el 30 de mayo respectivamente, declarándose el estado libre de peste bubónica el 17 de junio.

Contando ya con un conocimiento de las  características de trasmisión y de los agentes causales de la epidemia, se puede observar que las medidas puestas en práctica resultaron efectivas y que si bien hubo contagios y fallecimientos, estos no alcanzaron las proporciones acostumbradas en brotes de peste bubónica en otras partes.

Prospeciva

Otros ejemplos históricos en los que hubo acuerdos internacionales, medidas dictadas por los organismos que se fueron constituyendo en el curso del siglo XX y aplicaciones de medidas definidas a partir de experiencias compartidas son la influenza española de 1918, la poliomielitis epidémica que conmocionó al país a fines de la década de 1940 e inicios de la siguiente y la pandemia de influenza H1N1, ya en este siglo. Todas ellas dieron enseñanzas que se sumaron a lo conocido anteriormente y, especialmente en esta última, en la que tras una situación de alarma y de la toma de medidas radicales se logró que su impacto fuera mínimo y marcan el hecho de que los avances de la medicina, en términos de vacunas, antibióticos, antivirales ha cambiado radicalmente las expectativas que se tienen ante la amenaza de la llegada a México de una pandemia, como es la de Covid-19, que ahora nos aflige. La historia nos enseña que hay formas de evitar que, si se presenta, adquiera dimensiones catastróficas. Se dispone de conocimientos utilizables para establecer cordones sanitarios, cuarentenas, modelos de observación, desinfecciones. Lo medios de comunicación masiva pueden y deben ser mecanismos de educación y de difusión de qué es lo que debe hacerse en caso de tener la epidemia aquí, temas de higiene personal y colectiva, de cuidado de casos sospechosos de padecer la enfermedad, de aislamiento de enfermos y contactos, de acudir a los servicios médicos de manera temprana y oportuna. Por otra parte, confiamos en que nuestros servicios de salud pública y de atención médica, que sin duda cuentan con personal perfectamente preparado para resolver eventualidades de esta naturaleza, están, como ha sucedido en épocas pasadas, a la altura de la tarea que enfrentan.