Maxima vindicta

 

Daniel González-Dávila

presidencia@bufetenacional.org

 

Abogado por la UNAM. Exdelegado presidencial ante la SCJN y Jefe de la Unidad de Relaciones Internacionales de la misma. Desde 2007, es socio presidente de Bufete Jurídico Nacional. Escritor y Barítono.

 

Alejandra, una chica de 17 años, caminaba a su casa a altas horas de la madrugada en total estado de intoxicación por alcohol y cocaína luego de haber asistido a una fiesta con sus amigos.

Una patrulla con dos oficiales abordo se detuvo junto a ella.

─¿Se encuentra bien, señorita? ─le preguntó uno de ellos.

Llena de miedo y un tanto paranoica por los efectos de la droga, se paró en la primera puerta que encontró y tocó el timbre, como si hubiera llegado a casa. Nadie respondió.

Un oficial bajó de la patrulla y notó el estado de intoxicación de la menor.

─¿Nadie le abre? ¿Usted vive aquí?

Alejandra no podía articular palabra.

─Señorita, usted está en un estado muy inconveniente. Permítanos llevarla a su casa.

El oficial la tomó del brazo y la introdujo en la patrulla.

─Denos por favor su domicilio ─le dijo el mismo oficial.

Alejandra no reaccionaba y sudaba profusamente. El oficial llamó a una ambulancia.

A los pocos minutos, dos patrullas más estaban en el lugar, pues los habitantes de la casa en donde la menor había tocado llamaron al 911.

Poco a poco Alejandra empezó a recobrar la conciencia y se dio cuenta de que estaba dentro de una patrulla.

─¿Qué estoy haciendo aquí? ─preguntó con dificultad.

─No se preocupe, la vamos a llevar a un hospital. ¿Puede usted darnos los teléfonos de sus padres o de alguien que se haga responsable de usted?

─¡Ustedes están locos! ─dijo la menor, saliendo inmediatamente de la patrulla,

─¡Un momento, señorita! No la podemos dejar ir. Viene en camino una ambulancia por usted.

Alejandra comenzó a insultar a los oficiales y, trastabillando, les dijo que podía ir a donde ella quisiera. Tomó su teléfono e hizo un par de llamadas.

─Ya vienen por mí. Ya pueden irse.

─Esperaremos a que lleguen los paramédicos y veremos. Está usted muy intoxicada y debemos respetar el protocolo.

Alejandra se sentó en la banqueta a esperar. Todo estaba siendo grabado por las cámaras de vigilancia cercanas.

Al fin llegaron los paramédicos. Le tomaron los signos vitales y se encontraron con una hipertensión brutal y una hipertermia severa, típicas de una intoxicación por cocaína, que ponían su vida en grave peligro.

Dos autos llegaron al mismo tiempo. Se trataba de su padre y de su hermana que acordaron seguir a la ambulancia al hospital.

Alejandra pasó la noche en el área de urgencias médicas de un hospital cercano donde le trataron la intoxicación aguda. Pasado el mediodía, su padre comenzó a reprenderla severamente por jugar de esa manera con su vida y la menor lo interrumpió:

─¡No me vengas con eso ahora, papá! ¡Eso no es importante! ¡Mejor deberías estar preocupado por esos infelices policías que me violaron!

─¡Pero qué estás diciendo! ¿Cómo que te violaron?

─¡Sí! ¡Entre todos y tú con tus sermones!

El padre de Alejandra quedó helado y abrazó a su hija.

─Esto no se va a quedar así ─le dijo─. Vamos a presentar una denuncia.

Alejandra empezó a sudar frío.

─Eh, no todavía, papá. Déjame pensarlo.

─Ten valor. ¡Estos desgraciados no pueden quedar impunes!

Alejandra y su hermana se fueron a casa para que ella descansara. Su padre le dio su espacio, pero al tercer día la confrontaron para definir el tema de la supuesta violación tumultuaria de la que había sido objeto.

─Alejandra ─comenzó su padre─, tienes que contarnos la verdad de lo que pasó con los policías. Sé que es difícil para ti, pero ni tu hermana ni yo vamos a permitir que lo que pasó quede impune.

Alejandra quería desviar a toda costa el hecho de que era adicta, de que no era dueña de sus actos, y de que no podía dejar de consumir.

─Pues me violaron primero dos policías adentro de una patrulla y luego otros cuatro que llegaron después, en lo que llegaba la ambulancia, aprovechándose de que yo estaba borracha.

─¡Miserables!

─¡Voy a matarlos! ─exclamó su hermana mayor.

─No, ahora mismo vamos a presentar una denuncia. La policía está para cuidarnos, no para agredirnos de esta manera.

─No, papá, no quiero denunciar.

─No te estoy preguntando. Vamos a ir y sin miedo a represalias. Aquí estamos todos para defenderte.

Alejandra y su padre fueron atendidos en la Fiscalía para Delitos Sexuales de la Ciudad de México, donde durante horas se tomó la declaración de la menor. Los exámenes forenses resultaron negativos, pero los médicos adujeron que ello pudo haberse debido al tiempo transcurrido desde que se cometieron los hechos.

Por lo delicado del asunto, se dio vista al Órgano Interno de Control, que rápidamente puso bajo la lupa a los oficiales involucrados en los hechos, aun antes de que fuere ratificada la denuncia.

Uno de ellos, furioso e indignado por la falsedad de las imputaciones en su contra, consiguió los datos personales de la menor y llamó a su casa por teléfono.

─¿Diga? ─contestó Alejandra.

─¿Estoy hablando con Alejandra Ordoñez?

─¿Sí?

─Escúchame bien: eres una malagradecida y una bocona. Te salvamos la vida y a cambio nos denuncias por violación a mí y a mis compañeros. ¿Sabes cómo se llama eso? Se llama no valorar tu vida. Sabemos dónde vives, a qué prepa vas, quiénes son tu hermana y tu papi y que te gusta la coca. O vas a retirar la denuncia que nos pusiste o vas a conocer el infierno, ¿me entendiste?

El padre de Alejandra escuchaba por otro teléfono.

─¿Quién eres desgraciado?

─¿Qué no has oído? Tu niñita ha inventado todo un cuento no sé para qué. Y si en sus sueños está que la violen, pues se lo podemos cumplir. Tienen dos horas para ir a retirar la denuncia o toda la familia va a sufrir las consecuencias. Están advertidos.

El oficial cortó la llamada, mientras Alejandra temblaba de un miedo que jamás había experimentado. Su padre corrió con ella y la encaró con severidad:

─¿Qué significa esto?

─¡Yo qué sé!

─¡Di la verdad!

Alejandra rompió en llanto.

─¡Habla, por Dios!

─La verdad es que no puedo dejar de consumir y todo lo que dije de la violación fue una mentira para que dejaras de regañarme.

─¿Qué estás diciendo?

El padre de Alejandra perdió el aliento y se sentó. Estaba metido en un problema mayúsculo. Luego de unos instantes le ordenó a su hija:

─Ve a hacer tus maletas. Te voy a internar en una clínica de rehabilitación y tu hermana y yo nos mudamos a casa de los abuelos. Nos has metido en un tremendo problema y te vas a desaparecer por lo menos seis meses. Busca en internet una clínica de rehabilitación donde puedas quedarte, que no sea muy cara.

─¿Estás hablando en serio?

─Totalmente. Tu problema con las drogas está destruyendo a esta familia. Haz lo que te digo ahora mismo.

Alejandra se quedó sola buscando en internet una clínica para su rehabilitación, pero estaba decidida a hacer público el asunto para evitar represalias de la policía, así que publicó en Facebook su historia y se la envió a la asociación civil “Ni Una Más” para que se viralizara su historia. Incluso habló por teléfono con Cristina, la directora de la organización, y le contó con lujo de detalle todo un cuento de horror que puso en alerta máxima a la organización.

La familia Ordoñez desapareció y no se volvió a saber de ella, pero la historia de Alejandra se incendió por las redes sociales como la pólvora. “Ni Una Más” convocó a una marcha multitudinaria en contra de la violencia contra las mujeres con el lema “Me violan y no me cuidan” y a dicha marcha masiva envió a un centenar de alborotadoras a sueldo, feministas radicales, para que destruyeran todo a su paso.

La marcha fue en verdad algo monstruoso. Nunca antes la Ciudad de México había visto algo semejante. Miles y miles de mujeres salieron a las calles a clamar justicia y a exigir ser respetadas en su dignidad. Pero entre la marejada, serpientes venenosas habían sido soltadas.

Entre las alborotadoras se destacaba una mujer en especial: Isadora. Una chica que tenía severos trastornos mentales y cuya violencia para defender al feminismo radical era un espléndido capital humano para “Ni Una Más”. Sin embargo, Isadora estaba perdiendo el juicio. Había dejado de comprender que había sido contratada sólo para hacer desmanes y se estaba tomando demasiado en serio su papel de feminista rabiosa.

Durante la marcha, Isadora rompió todos los vidrios que pudo a su paso, golpeó automóviles con un bate de béisbol y descargó toda su furia contenida con gritos soeces. Se había tomado demasiado personal el asunto, cuando simplemente había recibido un pago por hacer desmanes por parte de “Ni Una Más”. Cuando llegó al Ángel de la Independencia, tomó un aerosol de pintura y escribió: “Mata a tu padre, y a tu novio y a tu hermano”. Y a estas alturas de su sociopatía, lo decía en serio.

Isadora entendía ya al feminismo como un odio extremo al patriarcado y a todo lo que se relacionara con los hombres. Su obsesión era auténticamente patológica, crónica y progresiva, y este acontecimiento hizo que su obsesión se convirtiera prácticamente en una psicosis.

Las autoridades de la Ciudad de México obraron con cautela. El Jefe de Gobierno sostuvo que se investigarían los hechos hasta las últimas consecuencias. Que habría castigo a los responsables, pero que no habría chivos expiatorios. Todo estaba grabado en el sistema del C-5, así que no había modo de equivocarse en las investigaciones.

Isadora reaccionó aún con mayor furia. Esperaba que castraran a los policías. Mejor aún: que los mataran lentamente. La idea de matar a hombres en venganza de lo supuestamente sucedido a Alejandra empezó a apoderarse con mayor potencia de sus pensamientos. ¿A quién mataría? A todo aquél que fuera para ella una imagen masculina en su círculo familiar, tal y como lo había escrito en el Ángel de la Independencia. No importaban las consecuencias. Sus hombres deberían morir. Pero ¿cómo lo haría?

“No puedo enfrentarme a ellos”, pensó. “La respuesta es el veneno”.

Así, Isadora investigó en el Barrio Bravo de Tepito quién podría proporcionarle un veneno potente. Quedó completamente sorprendida de la facilidad con la que llegó a un traficante de armas buscando a través de las mujeres del lugar. Un hombre al que apodaban “el Gato”.

Llegó a una vecindad donde todos la veían con recelo. Tocó en uno de los apartamentos y dio la contraseña que le habían dado. Desde el interior le preguntaron su nombre.

─Soy Isadora ─dijo desde afuera.

Luego de unos momentos, un hombre siniestro, encapuchado, le abrió la puerta. Usaba pasamontañas, pero toda clase de tatuajes de la Santa Muerte se dejaban ver en sus manos y brazos.

─Ya me habían dicho que vendrías. Pero ¿cómo sé que no eres policía? ─le preguntó el traficante.

─Revísame todo lo que quieras.

─Enséñame tu celular.

El traficante examinó su celular y la revisó de la cabeza a los pies.

─¿Para qué quieres el veneno?

─Quiero matar a tres malnacidos.

─¿Y eso por qué?

─Por revancha. ¿Qué me recomiendas?

─Usa una dosis alta de las gotas para los ojos, pero no es tan seguro.

─No, los quiero bien muertos.

─¿Son hombres?

─Sí. ¿Por qué?

─Porque los hombres casi no detectan el cianuro. Las mujeres sí. Es una cosa genética. Se evapora a 26 grados y sabe a almendras amargas, así que debes hacer las cosas con cuidado.

─Es justamente lo que estoy buscando. Necesito quebrarme a tres. ¿Cuánto me cuesta?

─Mmm… pues para tres vas a necesitar por lo menos 5 gramos. Te cuestan 20 mil pesos.

─No los tengo ahora, pero te los consigo.

─¿Para cuándo quieres tu encargo?

─Nos vemos pasado mañana, aquí, a las 6 de la tarde. ¿Te parece bien?

─Hecho.

Isadora no tenía forma de pagarle al traficante. Debía hacer uso de su imaginación y rápido.

Una idea vino a su mente. Se dirigió inmediatamente al centro de operaciones de “Ni Una Más” y pidió hablar con Cristina, su directora.

─Gracias por recibirme, Cristina, te lo aprecio mucho.

─Al contrario, Isadora, estoy para servirte. Qué buen trabajo hicimos en la marcha, ¿no crees?

─Estupendo, sí.

─Sí te pagaron oportunamente, ¿verdad?

─Sí, claro.

─Perfecto.

─De hecho, de eso quería hablarte.

─Dime, ¿qué necesitas?

─Me da pena decirlo, pero necesito un adelanto. Ya ves que vienen las marchas por el Día Internacional del Derecho al Aborto y el Congreso está por empezar a sesionar. No sé qué se tenga planeado, pero seguro algo, ¿no? El hecho es que necesito algo de efectivo.

─Ay, Isadora, me da mucha pena, pero sabes que la Fundación Soros tiene vigilado hasta el último centavo y necesitamos justificar cada gasto. Ya ves que están en todo. El dinero sale después de que las cosas se hacen.

─Lo sé, pero tengo que hacer un gasto fuerte y no me alcanza con lo que obtuve con la marcha. Te lo pido como un favor muy personal. Te prometo que no te fallaré en las marchas del aborto, pero ¿de verdad no puedes hacer una excepción?

─Está bien, ¿cuánto necesitas?

─Quince mil pesos.

─De acuerdo. Pero tenemos un compromiso tú y yo, ¿correcto?

─Correcto.

Así fue como Isadora juntó el dinero necesario para comprar el cianuro clandestino necesario para el ejecutar el triple homicidio.

Llegada la hora, Isadora acudió con el traficante, quien le dio un pequeño frasco con cianuro líquido.

─Ten mucho cuidado de no tocarlo, o tú también te vas al más allá. Te estoy dando 10 mililitros, para que los disuelvas en una bebida, como un refresco o una botella de vino. Te largas inmediatamente después de que hagas lo tuyo. Tú y yo nunca nos hemos visto, ¿de acuerdo?

─De acuerdo.

─Te lo digo muy en serio. Si me involucras en tus jueguitos y te agarran, no vas a vivir para contarlo. ¿Te quedó claro?

─Clarísimo.

Isadora salió con el cianuro en su bolsa. Una ansiedad tremenda se apoderó de ella. Estaba fuera de sí. Estaba lista para consumar sus sueños homicidas. No podía esperar ni un día más. Matar a sus hombres era una necesidad suprema motivada por su ideología torcida y su obsesión incontrolable.

Al día siguiente al mediodía convocó a su padre, a su hermano y a su novio a una cena especial en su casa, so pretexto de que tenía algo muy importante que decirles. Los tres confirmaron su asistencia, curiosos de lo que Isadora tenía que decirles.

Mientras tanto, preparó su maleta y le pidió asilo a una compañera de un grupo feminista radical que tenía su sede en Nuevo Laredo de nombre “Sororidad para todas” y que obraba casi en la clandestinidad. Simplemente le dijo: “estoy harta de vivir entre hombres” y eso fue suficiente para que su compañera le abriera las puertas de su casa, de manera que compró su boleto de autobús para viajar toda la noche y parte del día siguiente. No le habían pedido identificación, así que, suponía, su paradero sería ilocalizable.

Cercana la hora de la cena, colocó la pistola 9 mm de su padre en un cajón del trinchador por si algo salía mal y se sentó a esperar. Al poco tiempo llegó su padre, quien la saludó con un beso.

─Hola hija. Me tienes intrigado. ¿Qué es lo que nos vas a anunciar?

─Espérate a la cena, papá, para que estén todos ─le contestó un tanto nerviosa, pero dueña de la situación.

Al fin llegaron los tres. Su padre, su hermano y su novio. Eran las 8:45 de la noche. Isadora pidió dos pizzas para cenar.

─Nos tienes en ascuas ─le dijo su hermano─. ¿Qué cosa es tan importante?

─Está bien, les voy a decir ─dijo Isadora─, aunque esperaba hacerlo con un brindis. Quiero que sepan que Iván y yo vamos a ser papás ─continuó mintiendo─ y que estoy inmensamente feliz con la idea de ser madre. Tengo 23 años y es momento de que formemos nuestra propia familia. Esperamos contar con el apoyo de todos ustedes.

─¡Pero qué dices! ─exclamó su novio─. ¡Por qué no me lo habías dicho!

─Quería darte la sorpresa junto a la familia que amo. Perdóname. No podía esperar para compartir tanta felicidad. ¡Justo acabo de enterarme!

Isadora besó a Iván en compensación.

─Pues qué puedo decirte hija ─dijo su padre, entre la sorpresa y la ilusión─. Ustedes ya son adultos y merecen hacer su propia vida. ¡Muchas felicidades! ¡Y muchas gracias por hacerme abuelo!

La charla continuó hasta que llegaron las pizzas.

─¿Pasamos a la mesa? ─invitó Isadora─. Voy a abrir una botella de vino para hacer un brindis, si están de acuerdo.

─No quiero ser aguafiestas, pero estoy tomando antibióticos ─dijo Iván.

─Una copita no te hará gran cosa ─le dijo la novia─. La única que no puede beber soy yo por mi embarazo.

Isadora abrió la botella en la cocina y vertió todo el cianuro en ella con sumo cuidado. La agitó un poco y la llevó a la mesa.

─Aquí está el vino ─dijo Isadora, mientras servía las copas─. Vamos a hacer un brindis como Dios manda.

Isadora se sentó y pidió a su padre:

─Papá: ¿nos haces el favor de hacer el brindis?

─¡Por supuesto!

Su padre alzó la copa y dijo:

─El día de hoy he recibido la mejor noticia desde que nacieron mis hijos. Seré abuelo. Celebremos el milagro de la vida con este brindis y pidamos a Dios larga vida para el fruto del amor de mi hija y de mi yerno. ¡Salud!

─¡Salud! ─exclamaron todos, levantando sus copas.

El padre y el hermano de Isadora bebieron del vino, pero Iván colocó su copa sobre la mesa, sin beberla.

─¡Bebe! ─le exigió Isadora.

─¿Pero por qué tanta insistencia?

─¡Qué bebas, te digo!

Apenas pasaron unos instantes. El padre de Isadora cayó de su silla en una convulsión. El hermano también convulsionaba sobre la mesa. Ambos echaban espuma por la boca y no podían respirar. En cuestión de segundos estaban muertos ante la mirada atónita de Iván.

─¡Pero qué has hecho, mujer! ─exclamó Iván poniéndose en guardia.

Isadora sacó del trinchador la pistola de su padre.

─¡Bebe un trago o recibe un balazo entre los ojos! ¡Tú decides!

Iván se paralizó por el miedo durante unos segundos y levantó las manos.

─¿Te has vuelto loca? Tranquilízate, mujer, no hagas esto más grande de lo que ya es. ¡Baja la pistola!

─Entonces bebe.

Iván tomó su copa de vino lentamente, pero en lugar de beberla arrojó el vino a Isadora.

Isadora corrió y evadió el vino, pero logró soltar un balazo que hirió a Iván en el brazo. En medio del descontrol, Iván logró arrebatarle la pistola y dejarla fuera de combate con un par de puñetazos.

Ya totalmente sometida, Iván llamó al 911. La policía se hizo cargo del resto.

Luego de rendir su declaración, los fiscales aseguraron a Isadora que conseguirían para ella una condena de 70 años de prisión por los cargos de parricidio, homicidio calificado y homicidio calificado en grado de tentativa, por más que su defensa trataba de alegar que en este caso operaba la perspectiva de género como atenuante. Le explicaron que sus delitos de odio hacia los hombres hacían que la perspectiva de género operaba en su contra y no en su favor.

Lo que la Fiscalía necesitaba era dar con el traficante de armas que tenían años buscando. Le ofrecieron a Isadora pedir una pena de 40 años si cooperaba con su identificación, que podían convertirse en 20 si mostraba buena conducta. Isadora aceptó el trato y delató a Mauricio “N”, alias “el Gato”, como quien le facilitó el veneno.

Isadora y “el Gato” fueron sometidos a un careo. Ella aseguró que no había visto su cara, pero que reconocía perfectamente su voz y los tatuajes que tenía en las manos y en los brazos. Con eso bastó para que se dictara auto de vinculación a proceso a este individuo por diversos cargos de tráfico de armas que pesaban sobre él.

─No olvides que te lo advertí ─le dijo el sujeto a Isadora, quien inmediatamente fue internada en un reclusorio para mujeres.

Todo esto fue desatado por las fantasías de una jovencita que no quería decir su verdad, y de quien nunca más se volvió a saber. Sus 15 minutos de fama desataron un torbellino de acontecimientos que quedarán para la historia.

Los seis oficiales que ayudaron a Alejandra junto con los paramédicos en aquella noche de copas quedaron totalmente exculpados, salvo el que hizo la llamada amenazante a su casa, todavía hoy abandonada. Éste fue dado de baja de la corporación y procesado por el delito de abuso de autoridad.

Por cuanto hace a Isadora, la venganza llegó tarde, pero llegó al fin. Unos meses después de haber ingresado a prisión recibió un mensaje perturbador.

─Te traemos un mensaje de “el Gato” ─le dijo una de sus compañeras reclusas en las duchas.

Eso fue lo último que oyó antes de ser golpeada brutalmente y morir ahogada en una de las letrinas.

El que había puesto el veneno había vengado a sus muertos. Cosas que sólo pasan en los cuentos.