Los jinetes del nuevo orden

Daniel González-Dávila

CEO – Bufete Jurídico Nacional

 

Conocer las sólidas y muy particulares defensas que don Sergio Salvador Aguirre Anguiano hacía de los Derechos Humanos en la Suprema Corte de Justicia de la Nación es tan sencillo como consultar los debates del pleno, sus proyectos de sentencia y sus votos particulares. No hablaré de ellos porque están al alcance de todos y porque no es mi intención hacer, como está de moda, una compilación de ensayos y de pronto parir un libro con mi nombre. Lo que quiero ofrecer al lector es algo mucho más íntimo, personal y cercano, lo que la calidez del Ministro me regaló en sus últimos años y que labró en mi crecimiento personal y ayudó a entender realmente qué se necesita tener en las entrañas para defender los Derechos Humanos. Se llama conocimiento profundo de la dignidad humana.

Yo no entendía a la dignidad humana como fuente de los Derechos Humanos. Para mí eran un simple catálogo de derechos subjetivos públicos oponibles frente al Estado que se iban conquistando de modo irreversible y que implicaban ganarle a éste cada vez un margen mayor de libertades, hasta que empezaron mis charlas mensuales con el Ministro Aguirre. Entonces, todo empezó a cambiar. Mi concepción de los Derechos Humanos se tornó en una cosa totalmente distinta.

Quien a la postre se convirtiera en un auténtico mentor, con el cariño de un padre, me fue conduciendo por una brecha totalmente desconocida para mí. Me invitó a escribir un cuento de manera mensual en su revista “Tiempo de Derechos” que tratara en lo fundamental sobre el tema. Pero con esa invitación vino aparejada otra más: la reestructuración de mi pensamiento y el descubrimiento de la verdad que hay por debajo de las apariencias. Y por primera vez en mi vida comencé a preguntarme si realmente la consecución incesante y desparpajada de más libertades civiles era en realidad la misión de un verdadero defensor de los Derechos Humanos. Esto cimbró mi vocación entera. ¿Qué es lo que sería en adelante? ¿Un defensor de catálogos o un defensor de dignidades?

Cuando el Ministro y yo empezamos a desmenuzar este exceso de libertades nos dimos cuenta de que la máxima aristotélica que asegura que la ley es la razón desprovista de pasión, había sido totalmente pisoteada en nuestro nuevo orden mundial. Tener un millón de libertades no es malo si las facultades de nuestra voluntad están dirigidas por una concepción humanista del ser. Por eso San Agustín de Hipona dijo: “Ama y haz lo que quieras”. No porque promoviera el libertinaje, sino porque si se tiene conciencia de que el amor es el motor del mundo, nuestra conducta siempre nos llevará al imperativo categórico de conducta y nos hará incapaces de cometer actos de mal juicio. Pero en este momento el amor ya no es el motor del mundo, sino que priman la discordia, la intolerancia disfrazada de libertad de expresión y la opresión generalizada de ideologías tiránicas. Si combinamos estos fenómenos con la libertad absoluta, el resultado es una bomba atómica para la dignidad humana que utiliza a los Derechos Humanos para la destrucción de su propia existencia y de la supervivencia misma de la civilización tal y como hoy la concebimos. Cuando las libertades no tienen rumbo, el libertinaje se apodera de las personas. Y una sociedad libertina está condenada a sucumbir. Así sucumbieron los imperios de Babilonia, Egipto y Roma. No hubo necesidad de armas. Simplemente sus pueblos se volvieron contra sí mismos sin darse cuenta.

Recuerdo con enorme nostalgia una conversación en particular que tuve con el ministro. Hablábamos de cómo las Naciones Unidas y una enorme cantidad de ONG’s, financiadas por personas con intereses obscuros que tienen la intención de disminuir la población mundial a través de la autocastración voluntaria y espontánea de los pueblos, han impulsado leyes a través de las “Ventanas de Overton” y de la falacia ad verecundiam para imponer un nuevo orden en el mundo.

Esta auténtica conspiración mundial coordinada ha convertido a la muy justa liberación femenina en una atroz guerra entre los sexos, en donde el hombre que no renuncie a su masculinidad es acusado de violador. También ha llevado al extremo la cultura de la muerte en donde la mujer clama respeto y libre decisión sobre “su propio cuerpo”, cuando por sentido común no puede tener dos cabezas y cuatro piernas a la vez, y no logra entender que el embrión empieza a tener actividad neuronal apenas a las tres o cuatro semanas después de la concepción. Son los Jinetes de la Guerra y de la Muerte que han llegado para quedarse.

Junto con ellos se ha instalado para siempre el Jinete de la Peste. A nadie debe importar, ni siquiera a nuestra propia madre, la práctica ni la orientación de nuestra intimidad sexual. Pero llevar nuestra intimidad sexual a la política y, peor aún, forzar a los niños a que sus más diversos colores sean elegibles desde su inmadura condición, es un vil acto de abuso infantil. El niño no puede fumar, ni beber, ni conducir un auto, pero sin permiso de los padres puede tomar hormonas, mutilarse y cambiar de sexo, dado su supuesto derecho al “libre desarrollo de la personalidad”, cuando es un hecho que la personalidad queda definida hasta la vida adulta. Esto es una verdadera peste, una enfermedad inquietantemente obsesiva de quienes, por sentirse orgullosos de su sexualidad, quieren imponerla a las generaciones venideras. ¿Qué tal si los que nos sentimos orgullosos de ser católicos quisiéramos imponer el catolicismo en todas las escuelas, so pena de inventar la palabra “cristofóbicos”? El caso es que con estos tres jinetes el mensaje de la ONU y las ONG financiadas con dinero negro es contundente: “odia al hombre, aborta, homosexualízate o cambia de sexo, pero no procrees”.

Son temas que me unieron tremendamente con Don Sergio. Coincidíamos en que ni la Iglesia debía interpretar la Constitución, ni la Corte aplicar el Evangelio, pero que siempre el faro que debe orientar la defensa de los Derechos Humanos es sin duda la lógica aristotélico-tomista, sobre la cual descansan los cimientos de la civilización occidental. No obstante, la Iglesia ya no es lo que fue. Ahora ser católico es estar en contra de lo políticamente correcto. El ateísmo, la incredulidad y el relativismo moral son los amos del mundo.

Existe la generalizada creencia de que entre más avanza la ciencia, menor es la prueba de que Dios existe. Otra falacia. Entre más conocemos los secretos del Universo más queda en evidencia la gloria del Creador. Pocos lo saben, pero la teoría del Big Bang sobre la creación del Universo fue elaborada por el astrónomo Georges Lemaître, un sacerdote católico. El Vaticano tiene telescopios regados por el mundo e impulsa el conocimiento científico, tanto como la teología moral y la mejor manera de ser feliz. Pero es difícil entender eso entre la locura de los excesos. El día de hoy la Iglesia está famélica de almas. Y ese es el cuarto jinete: El Jinete de la Hambruna.

A Don Sergio le dolían estas verdades apocalípticas, pero en su corazón estaba satisfecho por el deber cumplido. En cada una de sus sentencias y votos de cuando fue Ministro, siempre levantó la voz en favor de la dignidad humana y nunca en favor de los que ahora claramente he podido reconocer como derechos-parásito. Y aún en su retiro, lo siguió haciendo en su despacho, en su Fundación y en su revista. Un hombre cabal de principio a fin que nos dejó un legado de congruencia de pensamiento, de solidez de espíritu y de generosidad extrema.

Lo extrañaré sin duda el resto de mis días.