La vacuna de Pandora

 

Daniel González-Dávila

presidencia@bufetenacional.org

Abogado por la UNAM. Exdelegado presidencial ante la SCJN y jefe de la Unidad de Relaciones Internacionales de la misma. Desde 2007, es socio presidente de Bufete Jurídico Nacional. Escritor y Barítono.

 

A meses de iniciada la pandemia del SARS-CoV-2, el coronarvirus más letal de la Historia de la Humanidad, causante del Covid-19, los científicos no habían logrado ponerse de acuerdo sobre su origen. Los más aseguraban que provenía de un mercado local de mariscos de la Ciudad de Wuhan, en China, donde el virus había mutado de un animal salvaje y contagiado a varias personas. Otros sostenían que el virus ya estaba entre nosotros desde tiempo atrás. Otros más, los conspiracionistas, sostenían que había sido diseñado y liberado por una élite poderosa para causar caos económico en el planeta y sacar provecho de ello. Los Estados Unidos culpaban al gobierno chino de esta catástrofe y sostenían como evidencia que la Organización Mundial de la Salud aprobaba todos sus métodos y protocolos, no obstante haber ocultado información vital desde el inicio de la epidemia, y había decidido cortar todos sus fondos a esta organización y separarse de ella.

Desde marzo de 2020 prácticamente todos los países del globo decretaron un estado de emergencia. Todos, ricos y pobres, debían permanecer aislados en sus casas para evitar el contagio. Pero las medidas de confinamiento y aislamiento social no parecieron ser precisamente efectivas. Para agosto del mismo año había, según cifras oficiales, más de 20 millones de personas contagiadas y un millón de muertos. Pero a estas, había que agregar un número enorme de personas no registradas que pasaron la enfermedad en sus casas y que no murieron en hospitales. Las cifras reales habrían de ser al menos multiplicadas por cuatro.

Para este momento, el Producto Interno Bruto mexicano había caído un 20%. La peor caída que había sufrido desde que esta medición existía. A nivel global, la caída sería de un 5%. Millones de empleos se habían perdido en todos los sectores y el planeta entero estaba enfilado hacia una franca recesión.

El horror de la pobreza y la necesidad de reactivar la economía llevaron a muchos países a levantar las medidas de confinamiento, aun cuando no había disponible tratamiento eficaz alguno ni mucho menos una vacuna. Se abandonó la salud de las personas al uso de cubrebocas y gel antibacterial. No quedaba más remedio.

La euforia de salir de nuevo a la luz del sol duró poco. Las aglomeraciones eran inevitables. A las pocas semanas, un rebrote del virus contraatacó sin piedad al mundo, obligando a la gente a refugiarse de nuevo. En pocos meses, las cifras se habían triplicado. 60 millones de contagios y tres millones de muertos, mientras todas las mediciones económicas caían al fondo estrepitosamente.

En un trabajo de investigación conjunto de la CIA y del Departamento de Salud, los Estados Unidos habían descubierto que el gobierno chino tenía conocimiento de la existencia de este virus varios meses atrás de que se hiciera pública la emergencia sanitaria y que incluso había silenciado las voces de expertos que conocían de ella enviándolos a prisión hasta que murieran de la enfermedad. La reacción de este país fue inmediata, sobre todo tras el hecho de que inversionistas chinos se habían apoderado de una enorme cantidad de acciones de empresas mundiales en la bolsa de Nueva York tras la caída de las acciones. Como castigo, Estados Unidos canceló todas sus relaciones comerciales con el gigante asiático y lo llamó “pueblo de embusteros y oportunistas”. Aun y cuando fuere la fuente del 20% de sus importaciones, buscaría otros proveedores.

China reviró, por su parte, y acusó a los Estados Unidos de haber provocado la pandemia mediante un virus modificado, subyugado por las más altas esferas ideológicas de poderes fácticos, para diezmar la población mundial. Las mismas que pretenden disminuir la población a través de la implantación de ideologías idiotizantes como el feminismo radical, el lobby LGTBI y la ideología de género, de la mano de las Naciones Unidas. De esta manera, China se refirió a los Estados Unidos como un pueblo “racista y genocida” y rompió totalmente con sus relaciones diplomáticas.

México quedó entre la espada y la pared. Si bien las exportaciones a Estados Unidos subirían –temporalmente– por su rompimiento con China, lo cierto es que las sanciones impuestas por comerciar con el gran dragón eran insostenibles. La cruda realidad era que para exportar había que producir, y México no lo estaba haciendo.

Hacia finales de 2020 la situación era desesperada. Se habían perdido 5 millones de empleos y el discurso populista del gobierno ya no era suficiente para calmar el hambre. En lugar de apoyar a las empresas para que generaran empleos, se optó por la persecución fiscal para no perder ni un centavo de recaudación que financiara los programas sociales, pero estos no sólo eran totalmente insuficientes, sino que estaban manejados con la corrupción más impune.

La ansiada llegada de la vacuna contra el Covid-19 era una competencia brutal entre farmacéuticas. Dos de ellas anunciaron en febrero de 2021 haberla conseguido y la Organización Mundial de la Salud aprobó su distribución, pero hacerla llegar a todo el planeta tomaría meses, si no, años. Rusia anunció una vacuna, pero también fracasó.

Fue en este momento cuando las cosas empezaron a ponerse difíciles. Durante el año 2020 los granos que alimentaron al mundo fueron cultivados durante las cosechas de 2019, pero durante la pandemia las tierras no fueron sembradas a tiempo ni en la cantidad suficiente, por lo que 2021 fue un año de desabasto agrícola a nivel global. Los supermercados, antes atestados de granos y cereales, ahora estaban casi vacíos.

Ante los actos de rapiña y las compras de pánico, muchos países, entre ellos México, optaron por resguardar las reservas de comida y racionarlas por familia bajo la autoridad de las fuerzas armadas. La corrupción en la distribución de alimentos estaba a la orden del día y la delincuencia organizada literalmente tomó al país para hacerse de huertos, granjas y ejidos para abastecerse de alimentos. Millones fueron desplazados de sus comunidades ante la mirada impotente del gobierno federal.

La gente desplazada tuvo que migrar a las ciudades, donde se habilitaron refugios temporales. Auténticas pocilgas donde todos llegaban a contagiarse. Así, para mediados de 2021, las cifras oficiales de México indicaban casi 5 millones de contagiados y más de 500 mil muertos. Los hospitales de México estaban totalmente sobrepasados. La gente moría en sus casas o en los albergues. El gobierno federal se había dado por vencido.

México y Estados Unidos acordaron que trabajadores mexicanos fueren a este país a trabajar durante las cosechas, a la usanza de los antiguos braceros. Pero flaco favor le hicieron a México. Del total de los trabajadores que iban anualmente a trabajar la tierra, sólo el 60% regresaba vivo.

Hacia finales de 2021, una farmacéutica alemana logró sintetizar un antiviral específico contra el coronavirus SARS-CoV-2, en medio del hambre y de una economía global en absoluta parálisis. Una luz de esperanza aparecía al fin. Las vacunas que se habían desarrollado no producían más allá de dos meses de inmunidad contra el virus, así que habían resultado ser un rotundo fracaso. Pero el descubrimiento de un antiviral específico cambiaría totalmente el panorama.

Mientras la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación coordinaba los esfuerzos para distribuir equitativamente los cultivos entre las naciones, países más o menos autosuficientes como Estados Unidos, Rusia, China y la Unión Europea se retiraron del esfuerzo global y adoptaron el autoconsumo. Esto a la postre generó alianzas estratégicas entre países que empezaron a dividir al mundo, mientras el número de contagios y muertes seguía creciendo.

Venezuela, Corea del Norte, Cuba y Mongolia hicieron un sólido bloque con China. Rusia se alió con todo el resto de Asia. Los tres países de Norteamérica lo hicieron también con la Unión Europea. El mundo se partió en tres grandes grupos de ayuda mutua, mientras la FAO se encargaba de los que habían quedado fuera, con un poco de apoyo de los tres bloques.

Para este momento, el número de muertes por efectos tardíos del coronavirus comenzó a incrementarse. Se empezaron a presentar fallecimientos de personas que habían superado el Covid-19 por fallas cardiacas y cardiomiopatías. Al parecer, vencer a la enfermedad no era suficiente. Personas que habían pasado tan solo un par de días con fiebre habían desarrollado inflamación cardiaca secundaria y morían tiempo después. La esperanza de que la humanidad adquiriere “inmunidad de rebaño” se había esfumado por completo. Contagiarse del Covid-19 era una sentencia de muerte, ya fuere por neumonía aguda o por enfermedad cardiaca crónica al cabo de uno o dos años. Únicamente quienes habían cursado la enfermedad de manera asintomática lograrían sobrevivir.

El antiviral alemán reducía significativamente la replicación viral, pero no evitaba el daño cardiaco. No obstante, el fabricante lo colocó en el mercado a dos mil dólares el tratamiento, volviéndolo inaccesible para la mayoría de las personas. Los países del bloque del norte subvencionaron el enorme costo del antiviral y fueron los primeros en acceder a él. Luego tocó el turno del bloque ruso. Millones de dosis fueron adquiridas por Rusia, India, Pakistán y los países vecinos, haciendo uso de sus reservas, mientras la OMS trataba con desesperación de conseguir lotes del antiviral para los países desprotegidos.

Luego fue el turno de China y sus aliados, pero la farmacéutica se negó a negociar con ellos. Era un negocio de billones de dólares, pero el gobierno alemán, presionado por el de los Estados Unidos, prohibió a la empresa negociar con el bloque chino so pena de confiscar todos sus bienes por razones de seguridad nacional.

Ante la protesta de China ante la Unión Europea, ésta repuso que no podía proveerle de la cura a una enfermedad que ella misma había provocado y diseminado por el mundo, sobre todo cuando “existían evidencias suficientes de que el virus había sido manipulado genéticamente por el Instituto Virológico de Wuhan”.

La reacción de China fue tan ríspida como se esperaba. En un comunicado, sostuvo que  “era perfectamente capaz de replicar el antiviral alemán y darlo gratuitamente a su pueblo y al de sus aliados, sin necesidad de la venia de los países esbirros y aduladores de los Estados Unidos”.

El planeta entero estaba confinado. Sólo las labores esenciales estaban permitidas, como la agricultura, la ganadería, la producción de energía, las telecomunicaciones y los servicios de salud. Para 2023, la economía mundial había caído 40% y el número de muertos había llegado ya a los 45 millones de personas. El gobierno alemán retiró la patente a la farmacéutica que había descubierto el antiviral que combatía el coronavirus y lo puso a disposición de la Organización Mundial de la Salud, pero la gente seguía muriendo por afecciones cardiacas tardías. Hacía falta con urgencia una vacuna efectiva.

Con el mundo dividido en tres bloques y los flagelos del hambre y la peste castigando a la humanidad, una prometedora vacuna vio la luz en 2024, gracias a una colaboración secreta entre los gobiernos de China y Rusia que databa desde 2021. La vacuna, procesada en el mismo Instituto Virológico de Wuhan, había logrado igualar el ARN del virus y se le habían insertado genes inactivadores. Y no sólo eso. La vacuna permanecía en el organismo por tiempo indefinido. De esta forma, una vez administrada, el cuerpo humano generaba anticuerpos de manera constante contra el SARS-CoV-2. Al fin la respuesta inmunitaria había sido encontrada.

Tal y como había sido tratada China con el antiviral alemán, puso como condición a Rusia  que el bloque norteamericano y Europa no fueren beneficiados con la vacuna. Así, un día de julio de 2024, Estados Unidos amaneció con la noticia de que China estaba inmunizando a sus ciudadanos con una nueva vacuna que prometía ser la salvación de la humanidad, y que únicamente el bloque ruso estaba en la lista de espera.

Estados Unidos entró en furia y advirtió a China: “…el hecho de que la vacuna con la que se está inmunizando a los chinos haya salido precisamente del Instituto Virológico de Wuhan confirma las sospechas mundiales de que fue este mismo instituto el que manipuló originalmente al virus y lo esparció por el mundo. Este repugnante genocidio contra los Estados Unidos y contra el resto del mundo no puede quedar impune”.

Por razones de “terrorismo evidente contra la Nación”, el presidente de los Estados Unidos presentó una iniciativa de Ley ante el Congreso para declarar la guerra a la República Popular de China.

Apenas el Congreso había recibido la referida iniciativa, el embajador de China ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas advirtió a los Estados Unidos:

–Una declaración de guerra a nuestro pueblo sería un acto totalmente desproporcionado y sin fundamento. Nuestro gobierno no ha cometido ningún acto de terrorismo en contra de los Estados Unidos, y cualquier acto de agresión será respondido con toda la capacidad de fuego atómico de la que nuestro país es capaz. Una declaración de guerra es una garantía de destrucción mutua que no nos llevará a ninguna parte.

–La capacidad de fuego de China no es comparable con la de mi país –dijo ufano el embajador de los Estados Unidos.

–Pero sí con la del mío –dijo tajante el embajador ruso–. Cualquier acto de agresión a China será considerado como un acto de agresión a la Federación Rusa. Hoy más que nunca hemos estrechado nuestros lazos de amistad y somos socios en la inmunización global contra el Covid-19.

–¿Y debo entender que también fueron socios en la manufactura original del virus y en su propagación?

–Está usted haciendo imputaciones absurdas, señor embajador –continuó Rusia–. Si la República Popular China hubiere sido responsable de la manufactura y propagación del virus jamás hubiéremos colaborado con ella. Sus datos son falsos y su postura negligente.

–¿Negligente, dice usted? Aquí tiene este archivo –le dijo entregándole un portafolios–. En él encontrará los documentos que acreditan que el Instituto Virológico de Wuhan trabajaba con el SARS-COV-2 desde 2018. La propagación del virus es responsabilidad de China y las millones de muertes en el territorio de los Estados Unidos de América y de todo el mundo es su responsabilidad.

–Un momento –interrumpió el embajador de Francia–. Creo que en el seno de este Consejo nadie quiere que estalle una guerra en la que todos saldremos perdiendo. Sugiero que, en su lugar, pidamos al embajador de la República Popular China que nos haga el favor de aclararnos, sin el ánimo de que sea sometido a ningún tipo juicio, si es cierto o no que el virus fue manipulado antes de la pandemia, para poder avanzar hacia una solución pacífica.

El embajador chino guardó silencio.

–¿Y bien? –inquirió el embajador de los Estados Unidos–. Todos esperamos honestidad.

–China no será sometida a juicio en este Consejo –contestó el embajador–, y menos si está bajo amenaza de guerra. Puedo dar las explicaciones que se me piden, pero no bajo las circunstancias actuales.

El embajador del Reino Unido tomó la palabra:

–Es enteramente comprensible la postura del embajador de China. Señor embajador Wilson –dijo refiriéndose al representante de Estados Unidos–, para poder tener un diálogo franco y abierto en este consejo es necesario que se retire la iniciativa de ley para declarar la guerra a la República Popular China. Como miembro permanente de este consejo, así como de la OTAN, el Reino Unido sugiere enfáticamente el retiro de la iniciativa de guerra presentada al Congreso de su país, y continuar por la vía diplomática la resolución de este conflicto.

–Respaldo en todos sus términos la moción del Reino Unido –dijo el embajador ruso–. Señor embajador Wilson, su país no debe estar en proceso de una declaración de guerra sin conocer antes todas las circunstancias. Seamos razonables. Propongo encarecidamente un receso para que hable usted con su presidente y la iniciativa de ley sea retirada.

–Muy bien. No será por mí que estas negociaciones se estanquen. Sólo requiero un receso de diez minutos para solicitar instrucciones del presidente de mi país.

El Consejo de Seguridad entró en un breve receso. Todos esperaban ansiosos el resultado de la llamada. Silenciando su micrófono, el embajador chino preguntó al ruso:

–¿Será conveniente reconocer la manipulación previa del virus?

–Yo creo que a estas alturas de la pandemia la cuestión ya es irrelevante. Además, las pruebas ya las consiguieron de alguna manera. Aquí lo importante a tratar es la concesión de la vacuna a cambio de la reapertura de las relaciones comerciales y el levantamiento de las sanciones a quienes comerciemos con China.

–Si es que se retira la declaración de guerra…

–Por supuesto que se va a retirar. ¿Usted cree que los Estados Unidos se van a enfrentar a las dos potencias nucleares más poderosas del planeta? No son más que simios bravucones. Sus misiles atómicos son palillos comparados con los misiles rusos.

Mientras tanto, el embajador de Estados Unidos había contactado al presidente:

–Señor, estamos negociando en el Consejo de Seguridad. China está dispuesta a ceder terreno, pero pide que se retire la iniciativa. El Reino Unido apoya la moción. Todo el consejo opina que una guerra traerá destrucción mutua y nada se arreglará. Creo que puedo negociar que China nos incluya en la vacuna.

–Wilson –dijo el presidente–, la economía está devastada y lo único que nos queda es el negocio de las armas.

–No, señor. Estamos hablando de una devastación mutua. China y Rusia van de la mano. Ya es una alianza confirmada.

–Malditos rusos.

–Podemos conseguir la vacuna y reactivar la economía. Le pido autorización para reestablecer las relaciones diplomáticas y comerciales con China. Es nuestra única salida.

–Está bien. ¿Qué necesitas?

–Que se retire de inmediato la iniciativa de guerra y que me envíe la determinación por correo electrónico en los próximos minutos.

–¡Pero China cometió un acto terrorista!

–La llevaremos a La Haya, señor, y juzgaremos a quienes manipularon al virus. Pero una guerra atómica es impensable.

–De acuerdo. Tienes vía libre. Te envío el retiro de la iniciativa en unos minutos.

–Gracias, señor.

El embajador regresó al salón de sesiones.

Todos tomaron asiento y pusieron la vista sobre el embajador Wilson.

–El presidente de los Estados Unidos de América está retirando en este momento la iniciativa de declaración de guerra a la República Popular China. Su deseo, tanto como el mío, es llegar a una solución pacífica a este conflicto. En unos minutos tendremos sobre esta mesa el documento que acredita mis palabras.

–Hasta ese momento continuaremos con esta reunión –dijo el embajador chino.

–Creo que las palabras del embajador de los Estados Unidos tienen un respaldo moral incuestionable –dijo el embajador de Finlandia, que en ese momento era miembro no permanente del Consejo–. La situación amerita que la representación china aclare la situación y sobre todo que se ponga sobre la mesa el acceso universal a la vacuna que ha trabajado con Rusia.

–Concuerdo con nuestro colega finlandés –prosiguió el embajador de Francia–. Como dije en mi última intervención, requerimos de la total honestidad del embajador de China para poder avanzar en esta sesión y poder tomar las decisiones que más acerquen a nuestras naciones y no que las dividan. Señor embajador: aquí hay evidencia aportada por los Estados Unidos. Hemos descartado cualquier acto de guerra para la solución de este conflicto y privilegiaremos la diplomacia. Ahora le pedimos que nos diga con franqueza: ¿Es o no cierto que el gobierno chino manipuló genéticamente el virus desde 2018?

–De nada sirve negarlo –contestó–. Sí fue manipulado, pero exclusivamente con fines de investigación científica. Jamás, reitero, jamás pensamos ni fue nuestra intención que el virus se saliera de control, que escapara de sus reservorios de confinamiento y mucho menos que se convirtiera en un patógeno de impacto mundial. La prueba más clara está en que nuestro propio país ha perdido millones de vidas.

–¡Eso no es prueba de inocencia! –exclamó el embajador Wilson– ¡Un enemigo de Occidente es capaz de sacrificar millones de vidas propias con tal de destruirlo!

–¡Por favor, embajador! –dijo Reino Unido– ¡Estamos tratando de ser constructivos!

–El escape y propagación del virus fue un terrible accidente –prosiguió el embajador de China–. También es cierto que en un principio tratamos de ocultarlo porque creíamos que podíamos contener la epidemia sin alarmar al mundo, y sí, cometimos el error de callar muchas voces que nos advertían sobre el peligro inminente. Fue una concatenación de errores que nos condujo a sonar la alarma demasiado tarde. Pero aun y cuando hubiéramos alertado sobre el virus meses atrás, la pandemia igualmente hubiere sido inevitable. Si algo bueno podemos rescatar de todo esto, es que gracias a la experiencia que tenemos con el virus, es que hemos logrado diseñar la vacuna eficaz contra el mismo.

–Una vacuna que ahora no quieren poner al alcance de todos –dijo Wilson.

–Recuerde usted, señor embajador, que el bloque del Norte nos impidió el acceso al antiviral alemán. No estamos haciendo nada que no nos hubieran hecho antes a nosotros.

–El antiviral sólo prolonga la agonía. Sólo evita la replicación del virus, pero no las infecciones secundarias ni los daños cardiacos. ¡Aquí estamos hablando de la inmunización de toda la población mundial!

–¿Qué estaría dispuesto el gobierno de los Estados Unidos a ofrecer a cambio de nuestra vacuna? Le recuerdo que gracias a sus sanciones tenemos bloqueado el comercio con la tercera parte del planeta.

–Tengo plenos poderes para negociar lo que quieran –dijo Wilson–, pero con una condición: quiero los nombres de todas las personas que fueron responsables de la propagación del virus para que sean extraditados y juzgados como terroristas en mi país. 

–Sin problema. Pero hablemos de lo que nos tiene aquí sentados. Tenemos la vacuna, en medio de un escenario internacional más que hostil hacia nosotros. No podemos cambiar el pasado, pero sí reconstruir el presente y un mejor futuro.

–Muy bien. Los Estados Unidos de América ofrecen a la República Popular China reestablecer sus antiguas y sólidas relaciones diplomáticas y comerciales y levantar cualquier tipo de sanciones a empresas y naciones que hagan transacciones comerciales con ella. Incluso, los Estados Unidos levantan el arancel del 15% a todas las importaciones chinas a partir de este momento, como señal de buena fe y comienzo de una nueva era en nuestras relaciones comerciales, siempre que se nos permita financiar la producción de 800 millones de dosis de vacunas con la colaboración de nuestros aliados del bloque del Norte.

–China encuentra este acuerdo de muy alto valor y significado para la reconciliación y crecimiento de nuestras naciones y lo considera de tal importancia que debe ser formalizado por nuestros respectivos jefes de Estado, sin perjuicio de que empecemos a trabajar ahora mismo.

Todos los miembros del Consejo de Seguridad aplaudieron. Una guerra cataclísmica se había evitado. Dos naciones se habían reconciliado y millones de vidas estaban por salvarse.

Justo en ese momento el teléfono celular del embajador Wilson vibró, y se lo mostró al embajador chino.

–Aquí tiene usted, su excelencia, el documento por el que el presidente de mi país retira la iniciativa de guerra contra China en el Congreso. Tal y como se lo prometí.

–Tenemos un pacto de caballeros, señor embajador.

–Por una nueva era de relaciones diplomáticas, permítame extenderle una invitación a cenar.

–¡Encantado!

–La sesión se levantó y todos quedaron en paz.

Los embajadores de China y de los Estados Unidos fueron a cenar al legendario restaurante Lido, en Manhattan. La cena estuvo deliciosa, pero ambos contrajeron el Covid 19 y morirían en las siguientes semanas por complicaciones bacterianas.

Por su parte, la tragedia estaba lejos de terminar. El restablecimiento de las relaciones con China y la manufactura y distribución de 800 millones de vacunas para los países aliados de los Estados Unidos tardaría por lo menos un año más, tiempo durante el cual murieron otras 47 millones de personas, entre neumonías agudas, afecciones cardiacas, desnutrición y violencia directamente relacionada con la pandemia.

Así, la inmunización de la mayoría de la población mundial culminó a finales de 2025, con un saldo de 178 millones de personas fallecidas directa o indirectamente por el Covid-19.

Las cifras que mostraba la economía del globo sólo se habían visto al terminar la Primera Guerra Mundial. Los magnates de las telecomunicaciones y las farmacéuticas acaparaban el 95% de la riqueza del planeta. Eran los nuevos dueños del mundo. Las clases sociales habían desaparecido. Sólo quedaban los pobres, y los miserables. Los gobiernos populistas que prometían fórmulas mágicas aparecieron por doquier. La cruda realidad es que el Covid-19 nos había quitado a la civilización tal y como la concebíamos. Tardaríamos más de 20 años en regresar a 2019.