La salud mental, barreras y necesidades post pandemia

Enrique Mendoza Carrera

Secretario Seminario Interdisciplinario de Bioética. Ex Presidente de la Academia Nacional Mexicana de Bioética.

 

El Covid-19 nos lega sufrimiento y muerte, pero sin duda tiene que traer aspectos positivos. Cuando lo superemos, reflexionaremos y discutiremos la manera de construir una nueva forma de vivir juntos, en sociedad y con mayor armonía con el planeta.

 

Los últimos ocho meses se ha escrito una historia vertiginosa acerca de la pandemia provocada por el nuevo virus SARS-CoV-2, el cual paulatinamente ha dejado un tatuaje enorme de sorpresa y dolor en el mapa mundi, por lo inesperado de su evolución. Los contagios han puesto de cabeza al planeta, causando crisis de manera simultánea en materia de salud pública, infraestructura hospitalaria, de los procesos de investigación clínica para solventar diagnósticos y tratamientos de la nueva enfermedad; de los dispositivos médicos para estudios pre-diagnóstico, además de las capacidades económicas, sociales y políticas.

El impacto de los hechos nos ha dejado azorados, atemorizados, confundidos e indefensos, demostrando lo vulnerable que somos todos. No obstante, este súbito acontecer brinda oportunidad de emerger desde disímbolas cuestiones. Nos permite identificar testimonios inéditos, motivando nuestra sensibilidad de sentir, pensar e intervenir para confrontar la enfermedad, creando primeramente la conciencia de no ser imperceptibles a nosotros mismos, dando paso a una consideración moral, entendiendo que la vulnerabilidad más grande del ser humano es la enfermedad, mayormente en un mundo de contrastes dicotómicos. Es decir, le hemos dado la vuelta a la naturaleza cuando más deberíamos entender los ecosistemas y la sabiduría inscritos en su regulación natural. Cuando los avances extraordinarios de la ciencia y tecnología son una realidad concreta y redituable, se nos presenta una diferencia que es capaz de demostrar que, a pesar de todo lo que sabemos, no sabemos todo de nosotros.

En esta inteligencia, la aparición de un pequeñisimo virus, de más o menos 4 micras de geografía, en las desarrolladas y omnipotentes sociedades del siglo XXI, irrumpe en nuestras vidas con una virulencia y rapidez de contagio que nadie sospechaba, lo cual  nos hace vulnerables, cuánto más todavía, si ignoramos con precisión si estamos en la vía de la extensión del contagio y sucedáneamente si somos o no portadores de un virus, o si ya estamos viviendo una inmunidad primaria, que nos ha permitido trascender la enfermedad,  y si ya la trascendimos ¿cuánto tiempo nos durarán los anticuerpos? Así, a simple vista, los seres humanos en principio abordados por el virus, no podemos saber si ya está en nosotros o no, sobre todo dada la diversidad de sus síntomas, que en la historia de los ocho  meses mencionados ha sido creciente, según la evidencia acumulada, desde una nueva y diferente manera de hacer ciencia emergente.

Es un hecho que las epidemias y pandemias alteran la conceptualización de la salud pública y la mortalidad manifiesta se suma como evidencia de que la vida es muy digna de ser vivida, de que la muerte es cada vez más temida y que el suicidio no podría ser una opción. En esta orientación, aumentar y mantener el acceso a la atención de la salud mental es prioritario.

En este sentido, considero que nunca habríamos imaginado vivir esta situación como realidad inmediata, a pesar de que muchas ficciones en libros o películas nos hubieran indicado su posibilidad e incluso nos hubiéramos conmovido hasta las lágrimas por sus  desenlaces.

Parece claro que esta circunstancia es la más dramática que hemos vivido en los últimos dos siglos, poniendo en cuarentena nuestras vidas y algunas de nuestras certezas sobre el progreso y seguridad que nos ofrece la ciencia, que quizá ahora con la experiencia la consideremos en estos momentos un poco ingenua, dado que los concretos de la investigación son ambivalentes, cercanos a la riqueza de unos y lejanos de otros en su pobreza.

En este despliegue del pensar, lo verdaderamente importante es comprender la realidad de la (de nuestra) salud mental en virtud de que somos testigos y protagonistas en primera persona de un acontecimiento traumático, masivo y mundial sin precedentes en la historia de la medicina. Real y potencialmente, ninguno de nosotros podemos escapar a la enfermedad, a todos nos afecta, de manera directa o indirecta, todos hemos vivido o podríamos vivir: la muerte de un ser querido, la desesperación de los propios enfermos, la peregrinación que la familia vive al tener a sus seres en las Unidades de Cuidados Intensivos, la zozobra del personal de salud  por lo incierto de su seguridad personal, ante  la conciencia de lo que les puede pasar;  distrés similar a las personas que comienzan a vislumbrar la ruina económica, o a aquellos que exigen que alguien pague, en lugar de advertir que probablemente nadie sea estrictamente culpable –salvo que la circunstancia natural pueda ser responsable. En última instancia, es inevitable comprender que es el propio ser humano el que origina con su imprudencia sus propias tragedias.

Es posible predecir una serie de oleadas de trastornos psicológicos en los próximos meses y probablemente años. La consulta de los profesionales en salud mental aumentará a  personas con depresión, ansiedad,  procesos de duelo, estrés postraumático, abandono, exacerbación de diferentes adicciones y violencia, expresada en los órdenes social y familiar, entre otros. El costo psicológico será muy grande, sobre todo en grupos de población comorbidos y mayores de 70 años, que siendo positivos a Covid-19, son enviados a distanciamiento social. Sin duda, pueden pensar con amargura “siento que me están enviando a casa a morir”, emergiendo en ellos el viejo sentimiento de exclusión social y laboral.

La verdad de esta aseveración en términos justos tal vez no sea exclusiva de este grupo social, sino repetido en niños, adolescentes y adultos de cualquier edad. No debemos olvidar que desde varios años antes, México tiene grandes problemas de sobrepeso, obesidad, diabetes, entre muchos otros, y la salud pública no se alcanza por decreto.

El daño psicológico ameritará muchas vías para su tratamiento. Tendremos que ser creativos en cuanto procesos de reificación de las personas, de sus emociones y sentimientos, de volver a dar valores positivos a la vida, de resignificar la tortura del espíritu humano provocada por la devastación, la degradación y la muerte, temas para la psicopatología y los caminos de los psicoterapeutas.

No puede decirse que lo vivido con esta pandemia de la Covid-19 no es algo nuevo. Por supuesto que es una nueva enfermedad y lo que se vive es inédito, lo cual no es razón suficiente para ignorar la historia de las epidemias como parte esencial de la historia de la medicina, sobre todo en lo que concierne a la letalidad de las mismas. Por ejemplo, durante la Edad Media (s. XIV) se calcula que la peste acabó con al menos un tercio de la población de Europa. Su trascendencia transformó el pensamiento de la época desarrollando el sentido de lo efímero, del valor de la vida humana y el sentimiento de fraternidad con toda la humanidad.

En estos momentos, con la intensidad de los debates, cuesta mucho imaginar un final y un sentido específico a la realidad presente. No parece haber alguna señal placentera. En el mejor de los casos, esta enfermedad se queda en el horizonte histórico de patologías emergentes, provocando a su paso los dramáticos testimonios de indefensión e impotencia de enfermos y de personal de salud, precisamente por la letalidad de este virus y por las huellas profundas de extensión en casi todo el mundo por su impacto psicológico, que podría ser mayor si no empezamos a atender a las personas más afectadas emocionalmente.

En este sentido, las estadísticas son claves para ir precisando el camino a seguir. No es un camino conocido y la investigación día a día reporta avances enormes. Estas acciones brindan alguna esperanza, incierta en términos terapéuticos, mas de consuelo y alivio, pero no exenta de confusión, dado que las “cuestiones esenciales” se han reducido a un mínimo de la vida cotidiana. A un segundo plano han pasado los estudios, los proyectos, la cultura, la economía, las diversiones, generando un nuevo formato cotidiano de relaciones humanas a distancia, virtualidad a la que el temor nos está obligando a adaptarnos. En la vertiente de la crisis existencial, causa cruda moral que anhelamos la “normalidad” sin considerar que ha llegado la hora de los cambios para constituir otra realidad. Sin duda alguna será en términos de nuevas prioridades personales y colectivas, consideración que también establece un abierto temor.

En realidad nos estamos preparando para una existencia nueva, una vida distinta que ni siquiera podemos imaginar. Estará llena, presuntamente, de acciones preventivas de la salud y de grandes dificultades para superar las crisis económicas. Pero será una gran ironía para nuestra conciencia y, peor aún, para nuestro narcisismo moral basado en la consecución del éxito y de la felicidad a través del consumo, de la imagen, del bien material, fomentando la violencia, relegando otros valores como la compasión, la humildad, la gratitud, la fraternidad y la verdad.

La pregunta de ¿por quién doblan las campanas? se suma a todo lo dicho. Hasta en la muerte hemos tenido que cambiar los ritos y costumbres funerarias. Es necesario sensibilizar para despertar conciencias, las consecuencias secundarias del aislamiento y distanciamiento social pueden aumentar el riesgo del suicidio; es necesario romper la barrera de la incomprensión. El tratamiento en salud mental debe distinguir que el distanciamiento social requiere espacio físico preventivo entre las personas, pero no necesariamente la distancia social. La comunicación acorta la distancia que es a nuestro entender preventiva y debe estar basada en relaciones humanas significativas.

El aislamiento o cuarentena es preventivo para conservar la salud y tampoco debe generar necesariamente violencia en la familia –lo que pasa es que la semilla de ésta ya estaba sembrada–. ¿Tanto trabajo cuesta perder las costumbres que se convierte en una gran barrera para la salud mental? Lo han demostrado hace muy pocos días la población de Winsconsin, en los Estados Unidos. Se levantó la cuarentena y en ese mismo día ¡la gente se lanzó a los bares, restaurantes y actividades comunitarias! La pregunta es ¿por qué no se aprendió nada?, ¿por qué se sale a la concentración humana como si no hubiera pasado nada?, ¿qué barrera debemos vencer los seres humanos para hacer significativas estas tragedias, sea la época que sea?

La normalidad pre-Covid-19 se ha ido para el sujeto social, debemos gestar una nueva. Debemos tener claro que las vacunas y medicamentos deben ser un asunto de máxima seguridad nacional exigible a cualquier gobierno para buscar las políticas públicas de canalizar la atención e inversión. El reciente brote de sarampión es la expresión del desabasto de la correspondiente vacuna. La prevención humana sería la mejor vacuna para la salud mental.

La agudización de los trastornos mentales encabezados por la ansiedad y la depresión y otras enfermedades crónico-degenerativas, además de la Covid-19, nos han dado mucho qué decir de febrero a julio del presente año, en todo el mundo. Significan una nueva realidad de la salud mental, en la que aún podemos reconocer que el motivo y realidad de estas enfermedades se debe al exceso de positividad, es decir, la libertad de poder hacer lo que uno quiera y, con suerte, no morir en el intento.

La comprobación de que no todo lo tenemos resuelto en salud a través de los avances en la investigación y clínica inmunológica ha dejado en entredicho a la supuesta trascendencia y control de las enfermedades virales. Ha implicado la desaparición de la otredad (consideración moral a los otros seres humanos), teniendo en cuenta que lo que ataca al ser humano no viene del exterior, sino de su interior. A saber, cicatrices del alma reprimidas y abandonadas en la angustia y soledad de quien aparenta ser lo que no es; desplazando lo esencial del ser humano, colocando la inercia de la existencia en grados enormes de incomprensión que han configurado pandemias previas a la que vivimos actualmente en nuestro planeta.

Ahora vivimos condenados a una larga carrera de obstáculos personales y sentimientos de inferioridad e insuficiencia. Problemáticas que consciente o inconscientemente llegan a nosotros para complicarnos todavía más nuestra realidad presente y futura, tal como la sindemia que nos ha tocado vivir en estos días, sumando a la fatalidad la sensación de desesperanza y exterminio de los seres humanos.

¿El premio? Infartos en el alma, enfermedades neuronales como la ansiedad y la depresión, además de los padecimientos crónico degenerativos de una comorbilidad, creando la concepción de una sociedad del cansancio, que comienza cuando presentamos a nuestra mirada al hombre de la modernidad tardía, como una representación de un Prometeo cansado, un ser agotado que es constantemente devorado por su propio ego, víctima y verdugo a la vez, en donde su libertad es una condena de autoexploración, conjugando aspectos alienados y enajenados del ser humano que se van desarrollando de manera sencilla en torno a la idea de la violencia de la positividad, que se traduce en violencia neuronal, una violencia saturativa y exhaustiva. Como consecuencia de ella, en la modernidad tardía, el hombre padece un sobrecalentamiento del yo, en una sociedad de rendimiento, que no es otra cosa más que la sociedad en la que viven los individuos que están saturados de sí mismos, que pueden trabajar jornadas exhaustivas para cumplir con las auto exigencias porque tienen la posibilidad de buscar su realización o vivir para consumir.

Esto en una caracterización, donde la sociedad en la que el momento de aburrimiento y reflexión escasean.

La sociedad del siglo XXI es una sociedad de rendimiento y consumo que se caracteriza porque el hombre “puede”, refiriéndose a toda la energía y desgaste que emplea el sujeto de rendimiento a “hacer” lo que quiere y hasta dejar la salud en ello. Así, el ser humano va ejerciendo su autonomía y se convierte en víctima y victimario porque se explota a sí mismo: No tiene sobre él un poder que lo presione, está dentro de él, y para nosotros los humanos no hay presión más dura que la auto exigencia. Esta explicación es posible en la idea de que para lograr el cambio de paradigma y pasar de la sociedad disciplinaria a la sociedad de rendimiento se debe haber pasado del deber al poder (como potencia), porque en la sociedad del siglo XXI nada es imposible. “No poder-poder-más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión”.

En conclusión, para que el sujeto de rendimiento tenga que estar tan al pendiente de su propia existencia, como si sólo él viviera en el mundo, necesita cuidar su cuerpo, inteligencia, voluntad y pensamiento y cumplir con todas las expectativas de su vida. Al prescindir de poderes que se ejercen del exterior (como una creencia), la vida se vuelve lo más valioso y las acciones que se lleven a cabo atienden a la individualidad, por eso el sujeto de rendimiento lleva a cuestas su propio campo de concentración y se establece como una condena el cumplimiento del Mito de Sísifo, es decir, el cumplimiento de lo repetitivo y de lo inútil.

La vida reflexiva, llamada en la antigüedad como vita contemplativa, es aquella que entrena la mirada para ver con atención profunda y sosegada; es la única que puede hacer que el sujeto de rendimiento se dé cuenta de la absolutización de su vida activa (trabajo, obra y acción) y el nerviosismo que desemboca en hiperactividad. En un contexto de hipercomunicación, estamos menos comunicados que nunca. La hiper criticidad que podemos situar para entrar al futuro de la humanidad es justamente la posibilidad de hacer cambios, el pasado no nos permite estar de suyo en territorios desconocidos, pero el futuro sí es desconocido, la pregunta necesaria es ¿ansiamos recuperar nuestras vidas, pero no sabemos si todo volverá a ser como antes? Nunca nada es como antes, el pretérito ya se fue y el presente rápidamente se va. El futuro es lo que se nos reserva gratuitamente como una nueva realidad. Los referentes de equilibrio en una sociedad son referentes compartidos, esa es nuestra responsabilidad, como seres humanos: posibilitar las vidas en un equilibrio lo más adecuado posible.

Si no evaluamos las causas que nos han conducido al desastre, estamos condenados a que se repitan. En Nápoles, Italia, después de la erupción del Vesubio, la población volvió a construir sus casas en el camino de los ríos de lava. Durante una crisis, hay que protegerse. Pero no basta. Hay que comprender las causas y desde luego esta comprensión nos llevará a organizar nuestra vida en común de una manera diferente.

¿Muy diferente? Sí, claramente hay que destacar que después de cada catástrofe hay una revolución cultural, social, económica, incluso biológica. Toda evolución, sea de animales, plantas o personas, se produce mediante saltos hacia lo desconocido.

Una estrella que se apaga es el final. Al sol aún le faltan cinco mil millones de años. Ahí no hay resiliencia posible, en esa naturaleza. Pero en la naturaleza humana nuestro “Yo” se puede fragmentar, se podría destruir, no obstante, siempre quedan trozos dispersos que con buenos esfuerzos se pueden volver a unir, a reificar. La vida se reanuda después de un desastre. Pero serán otra flora, otra fauna, otra manera de ver el mundo y otro modo de ser en el mundo las que van a dominar a partir de estos momentos que estamos viviendo.

¿Después del coronavirus CoV-2, habrá cambios profundos, nuevas leyes y valores? Es menester buscar nuevos caminos ante las problemáticas nuevas, dado que éstas no las podemos resolver a través de viejos preceptos. Es decir, si no analizamos las causas que nos han conducido al desastre, lo repetiremos y no aprenderemos, como decía Santayana.

Las lecciones de la experiencia empírica durante la vida del ser humano nos han demostrado que no escasean los traumas. Algunas personas no consiguen superarlos. Las personas que padecen estrés postraumático se quedan ancladas en los sucesos de su pasado, no logran disfrutar de la vida en las diferentes variantes de amar, trabajar, descansar. Por el contrario, otros transforman su desgracia en una experiencia positiva. Se convierten en escritores, psicólogos, educadores filósofos o filántropos, y le dan sentido a lo que han vivido. Lo comparten y ayudan a otros.

El Covid-19 nos está legando sufrimiento y muerte. Tal vez de momento no veamos nuevos horizontes, pero sin duda tiene que traer aspectos positivos. Cuando la pandemia se supere, reflexionaremos mucho más. Discutiremos la manera de construir una nueva forma de vivir juntos. Después de cada crisis hay cambios culturales y sociales. Luego, vistos en perspectiva, los consideramos inevitables, aunque ahora lo que nos llega es confusión y desconcierto. Pero, no estamos en guerra, esta es mucho peor. En estos momentos es preferible hablar de Resistencia. La humanidad se reorganiza, quizá vivamos un cambio con una profunda raíz ecológica, una vida más pausada. La economía mundial está en estado de hibernación, esto ya ha provocado una disminución de la contaminación.

Es buen deseo pensar que estamos aprendiendo, con salud todo lo podemos hacer, sin salud nada; con la solidaridad concursante de todos podemos hacer mucho, solos, muy poco. Por estas razones, debemos tener muy claro que no todo lo podemos hacer. Nuestro mundo en realidad no nos pertenece, tiene que surgir un nuevo mundo, de sinfonías, de nuevos tiempos, todavía incertidumbre e intranquilidad, pero siempre hay que esperar lo inesperado.