La Constitución según San Mateo

Daniel González-Dávila

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Abogado por la UNAM. Exdelegado presidencial ante la SCJN y jefe de la Unidad de Relaciones Internacionales de la misma. Desde 2007, es socio presidente de Bufete Jurídico Nacional. Escritor y Barítono.

 

Esta historia está inspirada en hechos reales.

Los nombres de los personajes han sido modificados para preservar su intimidad

 

Una inesperada sentencia del Tribunal Superior Agrario tomó por sorpresa a la comunidad de Santa María del Mar, una pequeña comunidad ikoot que se encuentra casi al extremo de una península en el mar de Tehuantepec y que, aunque pertenece al municipio de Juchitán, está totalmente aislada de él por una enorme laguna.

Toda la comunidad estaba de fiesta. El tribunal la había dotado, luego de un largo juicio, de mil 300 hectáreas que tenía en controversia con su municipio vecino del oeste, San Mateo del Mar.

El pueblo celebraría la sentencia durante tres días. En la modesta plaza pública la música folclórica no dejaba de sonar y la gente bailaba al son de la tambora. Don Alesio Martínez, el delegado del municipio, presidía los festejos y era la máxima autoridad del lugar, que se regía por los usos y costumbres de la etnia huave, y que por provenir de tierras lejanas, los zapotecos así los denominaron: “gente que se pudre en la humedad”. Y es que estaban rodeados de agua por todas partes. Su única entrada o salida por tierra era precisamente hacia el oeste, hacia San Mateo del Mar, su única vía de acceso a los caminos locales y a la carretera federal.

La cultura huave es diminuta. Únicamente se encuentra en las costas del golfo de Tehuantepec, al sureste de Oaxaca, y apenas subsiste en tres o cuatro municipios de la zona. Tanto Santa María del Mar como San Mateo del Mar son huaves. Son comunidades hermanas distanciadas por unos cuantos kilómetros entre sí. Pero el distanciamiento entre ambos se volvería pronto fratricida.

Aunque Santa María del Mar era un pueblo eminentemente pesquero, contaba con un poco de ganado, así que don Alesio mandó a que se mataran unos cabritos y se repartiera barbacoa para todos. Estaba seguro que esta enorme extensión de territorio iba a significar un gran provecho para la comunidad y no iba a reparar en gastos.

Una pareja de novios se acercó al jefe mayor y lo abordaron:

–Don Alesio –le dijo el novio–, queremos pedirle permiso para casarnos, ahora que estamos de fiesta.

–¿Ya te dio permiso tu suegro, Silvano?

–Sí, señor, desde hace un mes, pero estoy ahorrando un poquito de la pesca para ver si María José y yo montamos una cabañita.

–¿Y cuánto les falta?

–Como seis mil pesos.

–Pues no sólo les doy permiso, sino que la comunidad les va a ayudar con lo que les falta. Vamos a hacer un esfuerzo. ¡No siempre estamos de fiesta como hoy!

–¡Muchas gracias don Alesio! –le dijo la hermosa novia besándole la mano.

–De nada hija. Que la boda sea mañana al mediodía, aquí en el quiosco. Vamos a aprovechar la fiesta del pueblo.

Los novios estaban exultantes de júbilo. Se fueron a toda prisa a preparar su boda para el día siguiente, mientras el mezcal y la barbacoa no dejaban de correr.

Al día siguiente, el último día de los festejos, los novios y sus familiares decoraban con todo esmero el lugar de la boda y preparaban toda clase de guisos tradicionales de pescado y camarón para la fiesta. Justo al mediodía, el jefe mayor llamó al pueblo a congregarse en la plaza pública para la boda y algunos empezaron a llegar.

En punto de las 12:00 horas, don Alesio tomó el micrófono y comenzó su discurso:

–Sean todos bienvenidos. Hoy es un día muy especial en el que uniremos en matrimonio a nuestros amigos Silvano y María José, dentro de uno de los momentos de mayor júbilo que ha atravesado nuestra comunidad en muchos años. Como todos saben, la sentencia del Tribunal Superior Agrario nos ha devuelto mil 300 hectáreas que ilegalmente nuestros vecinos tenían en posesión y ahora se nos ha hecho justicia. Es por eso que el día de hoy tenemos un doble motivo para estar de fiesta, pues también vamos a celebrar la unión de estos dos jóvenes a quienes tanto queremos.

Los asistentes interrumpieron con vítores y aplausos.

–Antes de pedirle a nuestro curandero que purifique a los contrayentes, debo hacer una reflexión sobre la importancia del matrimonio en nuestra comunidad, que no llega siquiera a los mil 500 habitantes. Somos una comunidad que apenas sobrevive de sus actividades pesqueras y muy poco de la agricultura y de la ganadería. Estamos totalmente aislados de nuestra cabecera municipal y eso significa que debemos prosperar por nuestros propios medios. El crecimiento de nuestra población es fundamental para nuestro crecimiento económico…

El jefe mayor tuvo que interrumpir su discurso, cuando uno de los pobladores se le acercó súbitamente al oído y algo le susurró.

–Parece que tenemos una emergencia –dijo cambiando súbitamente el tono–. Me dicen que pobladores del vecino municipio de San Mateo están entrando a nuestro pueblo con machetes en mano. Los miembros de la autodefensa, ¡a sus puestos! ¡El resto de la comunidad, retírese a sus casas!

El pánico cundió por el pueblo. En unos cuantos minutos, más de 40 hombres armados con machetes y uno que otro rifle estaban apostados en la plaza, encabezados por don Alesio.

–Ustedes tres –dijo refiriéndose a tres autodefensas de la retaguardia–, vayan a ver qué quieren los invasores. Nomás no hagan tonterías.

Los tres autodefensas salieron por la calle principal hacia la salida del pueblo.

Veinte minutos pasaron, que se hicieron una eternidad.

Al fin, un grupo de más de 100 indígenas del municipio de San Mateo apareció por la calle principal y llegaron a la plaza pública. Traían a los tres autodefensas de Santa María amarrados, dos de ellos con profundas heridas de machetes.

–¡Aquí les traemos a sus emisarios para que los atiendan! ¡Nos atacaron con sus machetes y respondimos! ¡Hemos venido a aclarar de una vez el asunto de los terrenos que nos han robado!

Los intrusos desataron a los tres autodefensas.

–¡Este necesita que lo cosan! –dijo uno de ellos, apretándole un torniquete en la pierna.

Ante la superioridad numérica de los adversarios, don Alesio optó por negociar.

–¿Por qué lastimaron a nuestra gente si somos comunidades hermanas?

–Ya les dije –replicó el líder de los pobladores de San Mateo–. Ellos nos atacaron primero.

–¿Y por qué los atacaron?

–Porque estaban necios en no dejarnos pasar. Y aquí tenemos un asunto pendiente.

–¿La sentencia del Tribunal?

–¡Usted lo ha dicho!

–¿Y qué con ella? ¡Se hizo justicia! Nosotros tenemos toda la documentación que sustenta que esas tierras son nuestras.

–¡Pues lo curioso es que nosotros también! Y lo que sucede es que ustedes han llegado a un arreglo con una empresa española para convertir esas tierras en parques eólicos y seguramente compraron al Tribunal. ¡Nosotros no vamos a permitir este atropello ni que acaben con nuestro ecosistema!

–¡A ustedes qué más les da nuestro arreglo con los inversionistas! ¡El Tribunal ya dictó sentencia a nuestro favor!

–¡Que no se respetaron los Convenios de la OIT! Nunca nos han consultado a los huaves si aceptamos que nuestras tierras sagradas sean usadas para parques eólicos que destruyen nuestros ecosistemas.

–Las tierras son nuestras. A quienes tienen que consultar es a nosotros, y nosotros estamos a favor del progreso de nuestra comunidad. Esas inversiones nos van a traer trabajo y prosperidad. Y de paso a ustedes también porque va a haber trabajo. Y váyanse de aquí. ¡No tienen derecho a venir a amedrentarnos y a lastimar a nuestra gente!

–Venimos a advertirles que no vamos a permitir esta infamia. Nuestro municipio es su única salida por tierra, así que van a tener que asumir las consecuencias. ¡Quedan advertidos!

Los pobladores de San Mateo se retiraron, mientras que los dos autodefensas heridos fueron llevados a un pequeño dispensario que fungía como enfermería en Santa María. Un egresado de la carrera de Medicina que hacía su servicio social limpió y coció sus heridas, pero no disponía de antibióticos suficientes, así que tomó una camioneta de la agencia municipal y fue a conseguirlos a la cabecera de Juchitán, aterrorizado por tener que atravesar San Mateo.

Los días pasaron y los ánimos se calmaron. Representantes de la empresa de energía eólica se reunieron con el comisariado ejidal de Santa María del Mar, a fin de formalizar el usufructo de las tierras ganadas a San Mateo para construir un parque de aerogeneradores. La vigencia del contrato sería por 30 años.

La noticia no tardó en llegar a San Mateo, cuyo presidente municipal ordenó tomar represalias inmediatas. A la tercera noche de suscrito el contrato, envió a una cuadrilla de trabajadores para que cerraran los ductos de agua potable que salían de San Mateo hacia Santa María y luego destruyeran las tuberías por completo. Y así fue como un buen día Santa María del Mar amaneció sin una sola gota de agua.

Don Alesio, horrorizado por esta acción tan despreciable, se comunicó con el presidente municipal de San Mateo:

–Raúl, ¿cómo es posible que nos hagas esto?

–Hace unos días les advertimos que no íbamos a permitir que nos robaran nuestras tierras, y menos que utilizaran un lugar sagrado para entregarlo a los extranjeros.

–No tienes derecho a hacer lo que hiciste. Esas tierras son nuestras y podemos hacer de ellas lo que nos plazca. Dejarnos sin agua es una mezquindad. Te vamos a denunciar por esto.

–Hagan lo que quieran. Nosotros tenemos derecho a defendemos. Y apenas estamos empezando.

Tan pronto como cortaron la comunicación, don Alesio hizo del conocimiento de este asunto al presidente municipal de Juchitán, a donde pertenece el pueblo de Santa María, a fin de que pidiera la intervención del gobernador para resolverlo y en su caso presentara una solicitud al Congreso del Estado para que dirimiera el supuesto conflicto de límites territoriales.

El secretario general de gobierno respondió que el problema del agua se resolvería “a la brevedad”. Pero en realidad no tenía ninguna intención de intervenir en el asunto. Ambas comunidades se regían por usos y costumbres. ¡Que se las arreglaran como pudieran!

Los días pasaron y las pocas cisternas y tinacos del pueblo quedaron vacías. La gente empezó a padecer como nunca lo había hecho. No quedó más remedio que empezar a cavar pozos hasta encontrar agua dulce.

Para fortuna del pueblo, el agua se encontró a pocos metros de profundidad, así que entre todos construyeron varios pozos de agua para abastecer a todo el poblado. Pero lo peor estaba por venir.

Los ingenieros de la empresa de aerogeneradores llegaron a hacer las primeras mediciones y a instalar el equipo inicial de construcción. Un par de días después, ya estaban haciendo un llamado a la gente de Santa María para conformar las brigadas de trabajo.

La respuesta de San Mateo fue implacable. Durante toda una noche, armados con picos, palas y rotomartillos, destruyeron el camino que unía a San Mateo con Santa María, abandonando a esta población a su suerte, totalmente incomunicada por tierra. Les dejaron una manta colgada entre dos árboles que decía “Nuestra tierra no se vende”.

A don Alesio le hirvió la sangre, pero sabía que no podía enviar a los autodefensas contra San Mateo sin que recibieran una paliza, de manera que urgió al presidente municipal de Juchitán a que enviaran a la policía y a trabajadores que repararan los daños.

Pero el presidente municipal de Juchitán sabía que enviar a la policía provocaría un enfrentamiento donde correría sangre. Prefirió llamar al secretario general de Gobierno del Estado y ponerlo al tanto de la situación.

–Señor secretario, hace unos días nos cortaron el agua, anoche nos reventaron el único camino que conecta a Santa María del Mar con tierra firme. Necesitamos por favor la intervención de la policía del Estado.

–Ya le pasé una nota al gobernador y no me ha dado instrucciones. Le voy a actualizar lo que me dice, de que les cortaron el acceso por tierra.

–Santa María del Mar está en este momento aislada del Estado y del país. No hay modo de llegar ahí más que en bote. Es un pueblo de pescadores. Sus lanchas no están hechas para transportar insumos y personas. Es una situación de emergencia, señor.

–Lo comprendo. Deme un par de días y arreglamos esto.

Pero el par de días pasó y no hubo noticia alguna.

Luego de varios días de incertidumbre, los ingenieros varados recibieron órdenes de retirarse hasta que se resolviera el conflicto. Le pidieron a Silvano que en varios viajes los llevara a San Dionisio del Mar, atravesando San Mateo por la costa. Esta sería la nueva ruta de salida de todo aquél que quisiera abandonar Santa María del Mar. Abordar una lancha, esquivar a los hostiles de San Mateo, y desembarcar en San Dionisio, el municipio costero con el que colinda al oeste.

Con el tiempo, se estableció una ruta diaria de entrada y salida a Santa María. Las lanchas saldrían de Santa María a las siete de la mañana hacia San Dionisio y regresarían a las cinco de la tarde. El regreso vespertino era jugar a la ruleta rusa. Los vientos del sur eran pavorosos. No era raro que las lanchas volcaran y algunas se perdieran. Tampoco eran raros los ahogados.

Luego de meses de insistencia, el presidente municipal de Juchitán consiguió la atención del gobernador. Al fin se había dignado anunciar una visita a Santa María del Mar.

Elementos de la policía del Estado apoyados por las fuerzas armadas reconstruyeron el camino dañado para que el gobernador pudiera pasar y advirtió a San Mateo que no toleraría actos de vandalismo, de manera que la circulación se reestableció, al menos por un breve tiempo.

El gobernador llegó con toda su comitiva y le organizaron un acto político digno de la mejor campaña. Luego de un sinfín de soliloquios, se comprometió desde el estrado:

–Puede que a algunos no les guste la sentencia del Tribunal Superior Agrario, pero su sentencia es su sentencia. Santa María del Mar ha sido beneficiada con mil 300 hectáreas que le deben ser respetadas. Y no sólo eso. Ante las carencias de educación y de salud, me comprometo a que en este mismo año se construyan en esta comunidad una clínica y una secundaria que beneficie a este pueblo huave que ha sido tan maltratado por las circunstancias.

El aplauso fue atronador. Por fin la comunidad de Santa María del Mar podría vivir en paz.

Y efectivamente. Durante los meses siguientes San Mateo no pudo enfrentarse a la policía del Estado ni mucho menos a las fuerzas armadas. La telesecundaria fue construida, lo mismo que una clínica que sustituyera al modesto dispensario que había en Santa María del Mar.

Por mucho, la telesecundaria, que quedó lista unos cuantos meses después, era el inmueble más grande de todo el pueblo. La clínica también quedó terminada y equipada al mismo tiempo, aunque más modesta, con apenas ocho camas de hospital. La misión había sido cumplida y la policía y el Ejército retirados.

Pero San Mateo tenía preparado un contraataque. A las pocas semanas de terminados los trabajos, volvió a romper el asfalto que lo unía con Santa María, esta vez por cientos de metros, y apostó un centro de vigilancia para que nadie pasara por ahí. No conformes con ello, tiraron todos los postes y transformadores de electricidad, dejando a Santa María completamente a obscuras. Esta vez Santa María estaba no sólo incomunicado, sino también sin energía eléctrica.

El secretario general de gobierno llamó al presidente municipal de San Mateo.

–Raúl, ¡estás desafiando al gobernador!

–No, señor, estamos defendiendo nuestras tierras sagradas.

–¡Sabes que puedo volver a enviar a la fuerza pública!

–¡Hágalo! Esta vez sí nos vamos a defender.

El secretario sabía que no podía someter a un municipio completo.

–Te las vas a ver con el Congreso, entonces.

–Ya veremos. Pero mientras no nos devuelvan nuestras tierras seguiremos en pie de lucha.

–No tienes idea del daño que están causando. ¡Son unos inconscientes!

–Eso debieron pensarlo antes de comprar al Tribunal.

–Lo que dices es una locura.

El presidente cortó la llamada. Por primera vez en su gestión, el secretario sintió lo que era la impotencia.

Mientras tanto, en Santa María del Mar no había manera de congelar el pescado. Lo que no se vendía o se consumía en el día se echaba a perder. Las lanchas tuvieron que convertirse de nuevo en medio de transporte. A las seis de la tarde, cuando se ocultaba el sol, la obscuridad era total. Se convertía en un pueblo fantasma con unas cuantas velas encendidas. La telesecundaria recién construida era un monumento a la inutilidad y la única tienda del pueblo vendía todo tres veces más caro por la dificultad de traer los insumos por mar.

Les tomó un año conseguir que el gobierno del Estado les donara una planta de energía eléctrica que funcionaba con diésel tan sólo dos horas diarias: de siete a nueve de la noche, con suficiente poder para alimentar un par de bombillas por casa y si acaso una televisión. No más. Imposible pensar en una plancha o una lavadora, que estaban prohibidas.

Al cabo de ese tiempo, la clínica quedó totalmente desabastecida. Todas las mañanas llegaban en lancha dos enormes pedazos de hielo desde San Dioniso que se vendía como oro molido entre los pescadores para mantener fresco su producto, y un poco para don Cuco, el único vendedor de helado en todo el pueblo, que se paseaba en su carrito por las calles haciendo sonar sus campanitas, y que turnaba sus visitas a las salidas de las tres escuelas primarias.

Así, sin luz, sin agua y sin acceso por tierra, Santa María del Mar vivió por ocho años más.

Las súplicas de ayuda eran ignoradas. En reiteradas ocasiones vecinos de Santa María acudieron al puesto de vigilancia que San Mateo había colocado a las afueras del pueblo para tratar de negociar, pero siempre fueron repelidos con violencia. “Nuestra tierra por paso, luz y agua”, era siempre la respuesta. Administración tras administración en San Mateo, la postura del municipio entero era implacable.

Santa María no enfrentaba un problema de seguridad pública. Estaba viviendo un auténtico abuso impune del poder público.

El gobernador que los había ayudado dejó el cargo. Luego llegó otro que los ignoró por completo. Luego un tercero, que en campaña les había prometido resolver su problema.

Con toda pompa y circunstancia, este nuevo gobernador se volvió a presentar en Santa María del Mar, no sin antes haber mandado instalar juegos para niños en la plaza pública. Esta vez llegó por la mañana desde Juchitán, atravesando la enorme laguna para evitar el mar embravecido.

–He empeñado mi palabra y la voy a cumplir. Vamos a arreglar de una vez por todas este conflicto con San Mateo, porque es inaceptable la situación por la que están pasando. A eso me comprometí en mi campaña y yo soy un hombre de honor. Les vamos a construir su propio camino desde San Dionisio con un puente para que se acaben los problemas. Estamos hablando de una inversión de 165 millones de pesos ¡Y como muestra de nuestra buena disposición les hemos traído estos juegos para que los niños se entretengan mientras iniciamos las labores!

El gobernador destilaba un cinismo que nadie podía creer.

–¡Y aquí mi esposa –prosiguió con tono grandilocuente– tiene un anuncio que hacerles!

–¡Como presidenta del DIF –anunció como si se estuviera arreglando al mundo–, estoy dándole instrucciones en este momento a mi director para que de inmediato se construya aquí una cancha de fútbol rápido!

La gente se veía entre sí, desconcertada. ¿Fútbol rápido? ¿Columpios? ¡Lo que ellos querían era luz, agua y una vía terrestre de acceso a su comunidad! Y se veía que eso tardaría años. Los números no cuadraban. ¿165 millones de pesos para una comunidad de mil 500 habitantes? Simplemente no era creíble.  Y estaba visto que el gobernador no pondría límites a San Mateo y que en verdad esta situación lo rebasaba.

Santa María del Mar es ahora más que nunca una comunidad sumida en la miseria, el abandono y el aislamiento. Luego de dos años, las promesas del gobernador siguen sin cumplirse, mientras que San Mateo mantiene su “caseta de vigilancia”, 24 horas al día, siete días a la semana.

Silvano y María José, como pudieron, se casaron y tuvieron dos hijos. Él tiraba sus redes a las cinco de la mañana y apenas conseguía pescar para el autoconsumo, así que volvió a poner su lancha al servicio de la comunidad por las tardes, transportando insumos y personas a las cinco de la tarde hacia y desde San Dionisio.

Luego de años de estas jornadas de transporte, las lanchas a motor fuera de borda se habían terminado. Todas habían sucumbido ante el mar inclemente. La única que quedaba era la de Silvano, hasta que un día los vientos lo volcaron y se lo tragó el mar.

María José estaba destrozada, viuda, sin sustento y con dos hijos pequeños.

Para colmo de males, se habían enterado que el presidente de la República ya no quería parques eólicos. No obstante que el planeta estaba agonizante, se iban a suspender las inversiones en energías limpias. Los inversionistas españoles les mandaron dar las gracias, se burlaron hasta la náusea de México, y se fueron a otro país.

A las seis semanas de que Santa María quedó incomunicada incluso también por mar, el único acceso era un larguísimo viaje a través de la laguna hacia Juchitán. Muy poca gente entraba o salía del pueblo, pero fue la suficiente. Empezaron a enfermar y a morir por causa de una nueva enfermedad. María José se contagió junto con sus hijos. Mientras pudo, salió a caminar a la playa para admirar las estrellas del cielo.

La pandemia había azotado a todo el pueblo, y nadie podía ni entrar ni salir. No había siquiera un poco de hielo para bajar la fiebre en ese calor sofocante. Cada día había docenas de muertos.

Cuando se dio cuenta, había llegado a los límites de Santa María y se introdujo en las tierras en conflicto. Salió hacia el camino y se encontró con el puesto de vigilancia que controlaba día y noche el pueblo de San Mateo.

–¡Ayúdenos, por favor, mis hijos y yo nos estamos muriendo!

Un indígena huave salió de la caseta con un fusil y le dijo:

–¡Acceso, luz y agua, a cambio de nuestras tierras!

María José escupió en la cara del indígena. Si ella moriría, habrían de morir también todos los infames que tanto dolor le habían causado a ella y a su pueblo. Se dio la media vuelta y tomó el camino de regreso.

El indígena quedó furioso y le apuntó con su fusil.

–¡Déjala compadre! –lo calmó otro de los centinelas– ¡No te manches las manos con una muchacha inofensiva!

–¡Pero me ha escupido en la cara!

–¡Ni que fuera para tanto! Eso sí, estás todo chorreado. Toma –le dijo ofreciéndole su propio paliacate, con el que enjugaba su sudor cada 15 minutos–, ¡límpiate la cara y asunto concluido!