Justicia sin traicionar su fe

José Ramón Cossío Díaz

Ministro en Retiro de la SCJN

 

De Don Sergio Aguirre se han dicho muchas y buenas cosas con motivo de su fallecimiento. Todas ellas han estado vinculadas con su labor como juzgador. Particularmente, con la congruencia que mantuvo a lo largo de sus años en la Suprema Corte. De ello fui testigo en múltiples ocasiones y poco tengo que agregar a lo dicho por quienes lo conocimos.

Sin embargo, hay un dato vinculado con su posición que ha sido poco revelado. Para Don Sergio –como le decía yo aun cuando le hablara de tú— algunas votaciones no sólo eran una manifestación de su quehacer jurídico, sino la manera de expresar sus ideales o sus ideas más profundos sobre algunos temas. No digo que en todos los casos, pero sí en algunos destacados, votar en tal o cual sentido o ver cómo es que otros de sus colegas lo hacíamos en sentido contrario al suyo, era algo que le llegaba muy profundamente.

Recuerdo de manera muy particular los casos en los que se analizó la constitucionalidad de las normas en las que se autorizaba la interrupción del embarazo. Nos presentó en el Pleno un proyecto bien confeccionado que, finalmente, no invalidaba la posición tomada por el legislador del Distrito Federal. Después de varios días de intensas y difíciles discusiones, su proyecto fue desechado y a mi se me asignó la elaboración del engrose. Siendo mi vecino en el salón de sesiones, durante días pude advertir la creciente angustia al ver que sus propuestas no eran compartidas por muchos de los compañeros. Ese malestar creciente no resultaba de la derrota jurídica, pues de esas había tenido otras que no le afectaban o no, al menos, de la misma manera.

Lo que en los asuntos de aborto acontecía, era muy distinto. Don Sergio, pienso, sufría un dolor por ver que aquello que a él resultaba, además de jurídicamente correcto, moralmente necesario; estaba siendo negado en la discusión y seguramente en las votaciones. Al final de la sesión correspondiente, sin violencia, pero sí con gran tristeza, se quedó sentado esperando que los demás abandonáramos el recinto. Le pregunté si quería algo, siendo su respuesta que estaba bien y lo dejara estar.

Nunca vi en otros compañeros una actitud semejante. Vi, eso sí, vanidades, enojos, molestias y otros sentimientos parecidos, explicables todos ellos por pura condición humana. Lo que en Don Sergio había era otra cosa. La identificación de las relaciones intrínsecas entre el derecho y sus concepciones morales y religiosas. Ello explica, me parece, la combatividad que expresaba en muchos casos. La necesidad de no traicionar en lo que creía al momento de hacer derecho.