«Hoy no cariño… pregúntame mañana»

Miriam Monserrat Landeros Rodríguez

Abogada en materia fiscal y mercantil. Asesora en materia familiar y laboral. Actualmente cursando el último semestre de la Maestría en Derecho Procesal Constitucional en la Universidad Autónoma de Nuevo León.

 

 

¿Qué pasa cuando no se garantiza un salario mínimo suficiente para llevar una vida digna, y no se puede evitar el hambre en todas las zonas y comunidades del país durante una pandemia?

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en el comunicado número uno lanzado en la Ciudad de México el 9 de febrero de 2021, dio a conocer que el país está ante uno de los escenarios más complejos al que se ha enfrentado, derivado de la contingencia sanitaria por la enfermedad del Covid-19: el aumento de la pobreza.

De acuerdo con la Comisión Económica para America Latina y el Caribe (CEPAL), México se encuentra ubicado como el cuarto país que más ha visto acrecentar el porcentaje de personas en situación de pobreza, por arriba del promedio de la región. Además, el quinto en el que que más aumentaría la pobreza extrema.

En su informe previo de 2018, el Coneval explicó que 61 millones de mexicanos vivían con un ingreso inferior a la línea de pobreza, por lo que, bajo el escenario planteado por el Covid-19, ese número aumentaría a 70 millones de pobres. Se trata del impacto más dramático que han tenido las medidas de contingencia tomadas para hacer frente a la crisis sanitaria, como el cierre de comercios y actividades que no son consideradas esenciales, que empeoraron aún más la situación de las personas en el país. Tan es así, que el Coneval piensa que esta decisión llevará a nuestro país a una crisis más grande que la que enfrentó en 2008.

No está lejos de lo correcto, durante esta contingencia no sólo vimos cerrar las puertas de nuestras casas para evitar la interacción, sino las de miles de pequeñas y medianas empresas que vivían al día, muchas de las cuales albergaban en su nómina sólo a uno, dos o tres empleados. Vimos caer la economía de quienes no podían costear una despensa digna y leímos cómo llamaron inconscientes a las personas que salían a trabajar, en este México donde la mayor parte de la población no cuenta con ahorros, ni seguro médico.

Es por eso que vemos los estragos de este terremoto económico en los grupos más vulnerables, como los indígenas, las personas mayores, los niños y los adolescentes. En México, el 42.4% de las mujeres se encuentran en situación de pobreza, de ellas el 7.4% en pobreza extrema. El Coneval también advierte que casi una de cada seis mujeres en México no puede acceder a una canasta básica aun destinando todo su ingreso a este propósito. Además que el 14% de ellas carece de servicios de salud… y es aquí donde deben decir: “Hoy no cariño, pregúntame mañana”, pues esa es la realidad de muchas madres y padres, jefas y jefes de familia a quienes ninguna garantía tangible les otorga que en los Derechos Humanos esté contemplado un trabajo y un salario digno. Si siguen comiendo con el mínimo, si es que llegan a hacerlo, cómo los reconfortas cuando pierden a un ser querido por falta de atención médica. Ni siquiera piensan en exigir sus derechos o son acallados por el sistema, el mismo que escribe las leyes para “protegerlos” y justo el que los silencia. Por desgracia vivimos en un mundo de leyes perfectas, pero de aplicaciones deficientes; donde el rico vive y vive bien y el resto se preocupa por sobrevivir. ¿Por qué?, porque nos gusta, dicen. Estar hundidos en esta suave arena movediza nos hace enamorarnos de la pobreza, la romantizamos. Comenzamos a vendernos la idea unos a otros de que “el dinero no compra la felicidad”, “pobre pero honrado” y, mi favorito, “es más probable que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al Reino de los Cielos”. No despertamos, no gritamos y no exigimos lo que por ley nos pertenece. Contrario a eso, agradecemos a los políticos cuando realizan una obra con el dinero del pueblo. Agradecemos como si de su dinero se tratese, como si fuese caridad. Cuando únicamente hacen su trabajo. Como el tuyo, como el mío.

Hace algún tiempo, alguien me dijo la frase que inmortalizó al poeta Jose Martí: “Solamente un pueblo culto puede ser verdaderamente un pueblo libre” y claramente eso no les conviene a nuestros gobernantes. Ellos nos quieren adormecidos, viviendo al día. Matándonos en jornadas laborales que no dejan horas del día para vivir en calidad. Salarios que nos orillen a buscar préstamos que nos aten más en un círculo vicioso, que no nos libere hasta que la muerte misma sea tan amable de arrancarnos de este plano.

¿Quieres saber qué pasa cuando un salario mínimo no puede garantizar que un pueblo no pase hambre? Simple… Existe el hambre, la desnutrición y la falta de seguridad alimentaria.

Un 12.3% de la población mexicana se ubica por debajo del nivel mínimo de consumo de energía alimentaria o privados de alimentos, cifra mayor al 7.1% que se reportó en el período de 2017 a 2019. Según los estimados de la FAO, van a la alza.

¿Dónde está el objetivo de la agenda 2030 de cero hambre? ¿Cómo deberíamos llenar nuestros platos? ¿Será que se puede con las despensas que costaron nuestros votos, aquellas para las cuales nuestro INE se volvió una moneda de cambio, aquellas por las que debemos hacer largas filas y nos entregan de mala manera? ¿Políticas públicas, les llaman?

Tal parece que olvidan que tienen como finalidad garantizar el bien común y las necesidades de la sociedad, a la cual continuamente se le vulneran sus derechos, explotan sus necesidades y dejan de lado sus voces hasta que se cansan de gritar.

Pero no más. Nos hemos cansado, todos somos uno y apoyamos desde nuestras trincheras, mucho o poco, todo suma. Es momento de dejar caer la venda que nos cubre los ojos, las ataduras, y difiero: no sólo un pueblo culto puede ser un pueblo libre. También lo puede ser un pueblo unido, ese que sé que no deja de luchar sólo porque en su predio la luz del sol llega clara por las mañanas y el agua no es turbia. Esos son los que más deben de preocuparse, los que no deben elegir entre luchar o comer. Porque todos somos uno, pues las leyes no son personalísimas. Llegamos juntos y juntos nos vamos. Cuando entendamos eso, las barreras de las clases caerán, cuando compartas lo que sabes, cuando compartas tus talentos. Cuando marches por los derechos de los que no pueden. Cuando hables por los que no tienen voz. Cuando protejas a quien ni siquiera sabe que vive entre abusos. Un pueblo culto es un pueblo libre, ahora imagina un pueblo culto y unido… ni siquiera la fuerte sacudida de la coz nos podrá derrumbar.