El planeta de Lesbos

Por: Daniel González-Dávila
presidencia@bufetenacional.org

Abogado por la UNAM. Exdelegado presidencial ante la SCJN y Jefe de la Unidad de Relaciones Internacionales de la misma. Desde 2007, socio presidente de Bufete Jurídico Nacional. Escritor y Barítono.    

 

Hacia finales de 2018, la Academia de Ciencias de China encomendó a su subsidiario, el Instituto de Virología de Wuhan, el ultrasecreto “Proyecto Géminis”. Esta misión consistía en encontrar la vacuna contra el cáncer de pulmón, los órganos gemelos, mediante la intervención en el ADN humano de las células de dichos órganos para generar anticuerpos, utilizando un virus camuflajeado.

El Instituto creó un comité de expertos que dedicó meses a discutir cuál sería la mejor estrategia para conseguir esa vacuna y a la postre designó a la doctora Gao Li como directora del proyecto. Era una bióloga molecular con alta especialidad en edición genética.

Su labor era compleja. Para hacer la vacuna tenía que encontrar un virus que entrara y saliera del organismo rápidamente y que afectara sólo las vías respiratorias. Luego, manipularlo para que sólo impactara las partes bajas, suprimir su efecto natural y en su lugar programar su genoma para que por muy breve tiempo las células pulmonares “parecieren” cancerosas, sólo lo suficiente para que el sistema inmunitario creare anticuerpos contra el cáncer de pulmón. Todo este proceso tomaría años de investigación y ensayos en mamíferos.

Toda vez que las células diana de la vacuna de Li eran exclusivamente las de pulmón, la vacuna era extremadamente difícil de manufacturar, pues generalmente los virus con los que es posible trabajar con la transgénesis son los adenovirus, los retrovirus y los lentivirus. Se necesitaba un virus diferente.

Las opciones de la doctora Li eran escasas. Requería trabajar con un virus de ácido ribonucleico o “ARN”, que son los que entran y salen del organismo, y descartar los de ácido desoxirribonucleico o “ADN”, que una vez en el cuerpo se quedan ahí para siempre.

Así pues, en abril de 2019, con todas las medidas posibles de precaución, Li comenzó a trabajar con el betacoronavirus, un virus que se encuentra frecuentemente en los murciélagos y que se conoce bien por la facilidad con que infecta a humanos. Su primera tarea era la de modificar el virus para alojarse en las vías respiratorias bajas y mutarlo para que pudiera afectar al ser humano, lo que naturalmente había sucedido ya en el pasado con varias formas de síndrome respiratorio agudo. Pero Li creía tener todo bajo control. Su secuencia de modificación genética no sólo incluía la alteración celular controlada para la generación de anticuerpos, sino también la inhibición de la actividad de replicación del virus para hacerla totalmente inocua.

Li trabajaba sin cesar con un par de ayudantes. Prácticamente vivía en el laboratorio. Sólo iba a su casa a dormir unas horas y hacía un espacio para ir a comer con su equipo de trabajo a un famoso y atestado mercado de mariscos que se encontraba a unas cinco calles del laboratorio.

La modificación genética del virus era paulatina y presentaba retos sin precedentes. Se había logrado ya que se concentrara en las vías respiratorias bajas, pero había que disminuir su índice de replicación, que era altísimo. Simultáneamente, se habían dado los primeros pasos para lograr que el ARN viral se convirtiera apenas en un minúsculo mensajero genético a las células pulmonares, pero aún esa capacidad transgénica no tenía al parecer utilidad alguna. Por lo pronto, Li había logrado que el genoma del virus al menos reconociera el ADN de las células pulmonares.

Fue en este punto cuando surgió la catástrofe. Un contagio accidental de uno de los colaboradores de la Dra. Li tuvo lugar en el laboratorio tras manipular una muestra de sangre de murciélago con un guante defectuoso. Nadie lo notó. Los tres científicos convivieron durante días y siguieron acudiendo al mercado de mariscos.

Ocho días después, la Dra. Li fue la primera en tener un resfriado, al que no dio importancia los dos primeros días. Sus dos colaboradores le siguieron casi de inmediato. Lo que se conocería unas semanas después como el “Covid-19” había iniciado. Antes de 15 días, la Dra. Li había muerto de neumonía y 27 casos de un extraño síndrome respiratorio agudo se habían reportado entre la concurrencia al mercado de mariscos. Los dos asistentes de la Dra. Li se recuperaron de la enfermedad y los otros 27 empezaron con el contagio exponencial en toda la ciudad.

El Instituto de Virología de Wuhan alertó a la Academia de Ciencias sobre lo sucedido y se ordenó la cancelación total del Proyecto Géminis. Los animales fueron sacrificados y toda la documentación y pruebas de la investigación fueron incineradas. El Instituto fue sometido a una desinfección total y los involucrados en el proyecto severamente conminados a guardar secreto de lo sucedido, o atenerse a las consecuencias.

El gobierno de China tardó un mes en anunciar a la Organización Mundial de la Salud sobre el brote de la epidemia, y el resto del planeta sería igual de timorato para tomar medidas efectivas para contenerla. A los pocos meses, la pandemia global había sido declarada. Nadie había reparado en que cualquier medida que se tomara antes de la tragedia sería insuficiente.

Para finales de 2020, el comportamiento de la pandemia del Covid-19 había sido muy similar a la de la gripe española de principios del siglo XX, aunque con un índice de letalidad menor. En aquél entonces, la gripe española mató al 6% de la población mundial. El Covid-19 acabó con la vida del 4%, unos 300 millones de personas, de las cuales 69% eran hombres y 31% mujeres. Por alguna desconocida razón relacionada con el genoma del virus, éste era más agresivo con los hombres que con las mujeres.

Científicos de todo el mundo trataron de curar la enfermedad con antirretrovirales utilizados para el VIH sin conseguir mayor éxito y muchos pacientes murieron envenenados por el uso indiscriminado de hidroxicloroquina, un potente medicamento contra el lupus que inhibía la replicación viral, pero que resultó de una toxicidad altísima.

La vacuna contra el Covid-19 fue lograda por un laboratorio de Massachussets en tiempo récord al utilizar inteligencia artificial para clonar el inestable genoma del virus, pero ponerla a disposición del planeta entero, pese a los esfuerzos de financiación de organizaciones internacionales y gobiernos del mundo, fue una tarea titánica imposible de lograr, antes de que la población mundial generare su propia inmunidad contra un veneno que se expandía como la pólvora.

Millones de personas quedaron con secuelas permanentes. La cicatrización de las lesiones pulmonares había derivado en grave fibrosis pulmonar. Muchos de los que se habían curado de la neumonía quedaron con una expectativa de vida menor a cinco años.

Pero llegó un momento en el que la curva de mortalidad del virus se vio empequeñecida por la mortalidad debida a otra desgracia más letal que la propia pandemia: la recesión económica global. Los países en desarrollo se habían quedado sin alimentos e incluso la extrema pobreza de zonas como Centroamérica y África central estaba provocando muertes por hambruna y por brotes de pandemias locales de malaria y ébola, debido a la falta de higiene.

Pero lo peor estaba aún por venir. La pandemia del Covid-19 nos había dado una lección de nuestra impotencia contra las fuerzas de la naturaleza. Apenas comenzábamos a levantarnos, cuando una noticia estremecedora conmovió nuevamente al mundo. Tres hombres en Rusia habían muerto en un hospital de Moscú de una nueva neumonía extremadamente grave que empezaba por expectorar sangre durante tres o cuatro días, hasta que terminaban por arrojarla en enormes cantidades en fatales accesos de tos. Las autopsias habían revelado algo espeluznante. El tejido pulmonar de los pacientes había sido destruido.

Toda clase de investigadores y científicos se volcaron sobre estos casos, pero quedaron estupefactos cuando las familias de los tres hombres muertos presentaron el mismo patrón a los pocos días: todas las mujeres con las que habían tenido contacto se contagiaron de un resfriado leve, pero todos los hombres en la misma situación habían contraído una neumonía que desintegraba los alveolos y otros tejidos, con 100% de índice de letalidad.

El ministerio de sanidad ruso tomó muestras del tejido expulsado por los pacientes fallecidos. En un par de semanas dio la noticia: el betacoronavirus Covid-19 había mutado hacia algo monstruoso y le puso nombre: el virus del Síndrome de Licuefacción Pulmonar Masculina, que destrozaba las células pulmonares que contuvieren un cromosoma “Y” en su interior. El nuevo virus causaba una gripe leve en las mujeres, pero cuando detectaba un cromosoma “Y” en las células pulmonares, las atacaba de tal forma que destruía la pared celular, lo que llevaba a la desintegración de la célula y a una literal licuefacción del tejido pulmonar.

Este fue el primer subproducto de la manipulación genética que intentara hacer un año atrás la doctora Li. Había nacido la “peste masculina”.

El gobierno ruso cerró sus fronteras y declaró a Moscú en estado de cuarentena, pero para ese momento el nuevo virus ya estaba, de nuevo, dando la vuelta al mundo. Habían pasado escasas tres semanas, y ya había, tan sólo en Rusia, 125 mil hombres muertos, que cuentan con cromosomas sexuales “XY”, y ni una sola mujer, que son de cromosomas sexuales “XX”. Este nuevo agente infeccioso parecía tener una virulencia superior a la del ébola, que era un juego de niños frente a este monstruo. Para contraer el ébola se necesitaba estar en contacto con otro enfermo. Este nuevo virus era algo mucho más perverso. Simplemente parecía estar por todas partes.

La Organización Mundial de la Salud declaró a esta nueva pandemia como una emergencia mundial sin precedentes que atentaba contra la supervivencia misma de nuestra especie, e instó a todos los gobiernos del mundo a salvaguardar a su población masculina mientras se trabajaba en una nueva vacuna.

Dos meses después del brote, la curva letal de la peste crecía pavorosamente alrededor del mundo, pese a las medidas adoptadas de aislamiento total por todos los gobiernos del globo. A diferencia de la pandemia del Covid-19, la peste masculina no saturó los servicios médicos de las naciones. Trágicamente, lo que había eran hornos crematorios operados por mujeres que se veían rebasadas en esta tétrica labor.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas estaba en sesión permanente. Las embajadoras de los cinco miembros permanentes acordaron tomar todas las medidas necesarias para la supervivencia de la especie. Así, Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Rusia y China acordaron tomar medidas efectivas para la preservación de hombres sanos en todos aquellos refugios nucleares construidos durante la guerra fría. Al disponer también de ellos, fueron invitados Canadá, Suecia, Suiza, Hungría y Finlandia.

Pronto estos países se dieron a la tarea de fijar las políticas de selección de los hombres que serían sometidos a confinamiento indefinido. El tiempo era vital. Hombres de todo el planeta morían por millones cada semana y era imperativo tomar medidas inmediatas.

El presidente de los Estados Unidos se había atrincherado en una ubicación desconocida, aislado del mundo, junto con un reducido equipo de trabajo. El resto de su gabinete masculino era historia, al igual que la mayoría del Congreso. Había decretado toque de queda nacional y estado de excepción, que le daba facultades legislativas extraordinarias. Entre otras, emitió el “Acta para la Supervivencia del Pueblo de Norteamérica”, que establecía las bases de la selección de los candidatos a ser resguardados en los refugios nucleares.

Conforme a esta ley, todos los hombres menores de 30 años con estudios universitarios, que no padecieren ninguna enfermedad crónica y que no tuvieren antecedentes penales, debían reportarse ante el ministerio de salud para aplicar su candidatura y someterse a una cuarentena, con el fin de acceder posteriormente a los refugios. En cosa de un par de días, cientos de miles de llamadas fueron recibidas.

Un algoritmo que recibía el número de seguridad social del candidato evaluaba diversas variables de los solicitantes (su ubicación, estado de salud, desempeño académico o deportivo, etc.) y decidía quiénes eran los más aptos para entrar a la cuarentena preliminar. Por cuestiones de logística, se previó que de manera constante fueren ingresando a los refugios la mayor cantidad de hombres posible tras pasar 30 días en aislamiento.

Joseph Gagnier, un hombre que vivía en la ciudad de Syracuse, Nueva York, había llamado al Ministerio de Salud para presentar su candidatura por cubrir todos los requisitos. Como todos los demás hombres, estaba totalmente aislado del mundo y sus provisiones se habían agotado. El ministerio de salud simplemente le dijo que estuviere pendiente de su llamada, pero que comprendiera que las solicitudes ciudadanas rebasaban por mucho la capacidad de las instalaciones herméticas.

Los meses pasaban y Joe no recibía ninguna llamada. Mientras tanto, sólo se limitaba a ver con terror por las redes sociales cómo la cantidad de hombres que morían al día se contaba por millones. A duras penas lograba sobrevivir acudiendo una vez por semana, envuelto hasta los ojos, a recibir un kilo de arroz y un pedazo de pan de maíz al centro de acopio de la ciudad, que estaba fuertemente custodiado por el ejército. De hecho, la ciudad entera estaba bajo vigilancia militar para evitar la rapiña y la violencia, y lo más extraño era que todos los soldados armados hasta los dientes eran mujeres.

Incontables mujeres trabajaban noche y día para incinerar los cuerpos, mientras otras trataban de levantar una incipiente economía que pudiere alimentarlas. Feministas radicales hacían pintas en las calles celebrando la catástrofe, pero las moderadas habían caído en cuenta de que millones de justos estaban pagando por pecadores.

Finalmente, después de siete meses de haber presentado su candidatura, el teléfono de Joe sonó.

–¿Diga?

–¿El señor Joseph Gagnier? –preguntó una voz femenina.

–El mismo.

–¿Tiene usted síntomas respiratorios?

–No, ninguno.

–Haga usted una maleta con tres mudas de ropa y artículos de primera necesidad. En dos horas una brigada sanitaria pasará a recogerlo a su casa para trasladarlo a un espacio de aislamiento preliminar.

–¿Eso significa que fue aceptada mi candidatura?

–Sí señor, pero usted permanecerá aislado 30 días antes de ingresar a una instalación segura.

La mujer cortó la llamada antes de que Joe pudiera decir nada más.

Joe estaba exultante de emoción. Parecía que salvaría su vida, al menos por ahora.

Al cabo de dos horas, tres mujeres equipadas con trajes herméticos llegaron a su casa. Lo desinfectaron, a él y a su equipaje, y le colocaron un traje similar. Lo condujeron a un autobús en donde encontró a dos docenas de hombres en sus mismas circunstancias. Tras tomar asiento, una de las mujeres tomó un micrófono y les dijo:

–Bien, muchachos, hemos recogido a nuestro último pasajero. Nos dirigimos al canal Erie para abordar un transporte naval del ejército, que nos llevará al río Hudson y nos adentrará en el Océano Atlántico. Ahí abordaremos un acorazado que fungió como hospital en la pandemia del Covid-19 y que ahora será usado como enfermería de cuarentena. Si desean usar el sanitario en cualquier parte del trayecto tendrán que avisarnos para manipular su traje hermético y luego desinfectar el habitáculo. Bajo ninguna circunstancia traten de abrir su traje o desprender su escafandra durante este viaje, pues les va la vida en ello. ¿Queda claro?

Los pasajeros se miraban unos a otros. No tenían idea de lo que les esperaba, pero estaban agradecidos de haber salido de un aislamiento infame y de una muerte segura.

A los pocos minutos abordaron una nave mediana que los aguardaba en el canal. Para su sorpresa, había unos 200 hombres en trajes herméticos en su interior, aguardando su arribo. Todo estaba perfectamente cronometrado.

Luego de navegar por unas horas, llegaron a un inmenso barco de guerra, en pleno mar abierto. La capitana de la nave se dirigió a todos a través del micrófono:

–Caballeros, hemos llegado al acorazado Abraham Lincoln. En su interior hay más de cinco mil hombres como ustedes confinados en un aislamiento de un mes. Unos llevan más días, otros menos. Esto lo hemos estado haciendo durante meses en varios barcos y otros sitios aislados, de manera que en este momento ya hay cientos de miles de hombres dentro de refugios nucleares. Si ustedes no presentan síntomas de la enfermedad durante los próximos treinta días, se unirán a ellos. Este barco cuenta con una plataforma levadiza. Con mucho cuidado subirán por ella y luego por las escaleras que les llevarán al barco anfitrión. Una vez dentro, sigan al pie de la letra las instrucciones. Cuando todos hayan salido, este barco será desinfectado y 200 hombres que pasaron la prueba serán llevados de regreso a tierra firme para ser ubicados en un búnker. ¡Que tengan buena suerte!

Joe y sus compañeros de viaje comenzaron a salir. Subieron por una rampa y luego por unas escaleras hacia el acorazado. Una vez arriba, fue tomado del brazo por una mujer de la Marina y llevado a una pequeña habitación. Luego de tomarle todos sus datos personales, le quitó la escafandra y le dijo:

–Desnúdate.

–¿Cómo dice?

–Ya lo oíste.

Joe se quitó sus zapatos y toda su ropa.

La mujer oprimió un botón rojo en la pared y un aerosol blanco llenó el pequeño cuarto, que resultó ser una exclusa. Luego abrió una segunda puerta donde había una cama, un sanitario, un televisor y un escritorio con lápiz, papel, una Biblia, y una bandeja repleta de comida.

–Es una desinfección de rutina. Tienes algo de ropa nueva en la cama y una buena cena allá adentro. Supongo que debes estar hambriento. Vas a meterte en esa celda durante un mes completo y yo vendré a visitarte tres veces al día para traerte tus alimentos y vigilar tu salud. Me llevaré tus pertenencias para desinfectarlas y las traeré mañana. Soporta treinta días y te irás de aquí, ¿de acuerdo?

–Sí, señora.

–¿Crees en Dios?

–No, señora.

–Pues deberías. Que estés aquí es un milagro. Lee el Evangelio de Mateo.

–Sí, señora.

La mujer empujó a Joe adentro de su celda y la cerró herméticamente. Le pasó por una abertura movible en medio de la puerta el control remoto del televisor y se quitó la escafandra. “¡Que te diviertas!”, le dijo, y cerró la puerta con fuerza detrás de sí.

Durante 30 días Joe estuvo encerrado en una celda de escasos seis metros cuadrados. Su único contacto con el exterior eran las visitas diarias de Elizabeth, la marine que le llevaba de comer tres veces al día enfundada en una escafandra y a quien sólo veía a través de una pequeña ventana de la puerta de su celda. Joe no sabía si era de día o de noche. Sólo sabía que era hora de comer cuando la exclusa que veía por su ventana se llenaba de un gas desinfectante.

La cuarentena al fin pasó. Joe estaba limpio y había recuperado las fuerzas perdidas. El día número treinta de su aislamiento, Elizabeth entró a su celda con una escafandra.

–Estás listo, Joe. Recoge tus cosas y ponte este traje. En veinte minutos sale tu transporte.

–¿A dónde me llevan?

–A un búnker bajo tierra. No me preguntes cuál.

Minutos después, Joe había partido hacia tierra firme. Llegaron luego de varias horas a un puerto desconocido y le indicaron que subiera a uno de los 100 autobuses que estaban ya dispuestos hacia diversos destinos, junto con una multitud de hombres encapuchados que también habían salido de aislamiento ese mismo día.

El autobús 87, junto con otros nueve, se dirigió a uno de los refugios atómicos construidos por el presidente Truman en Pensilvania, conocido como el “Sótano Nuclear”. Fueron recibidos por una comitiva encabezada por el coronel Whitman en la imponente entrada de concreto armado de tres metros de espesor. Una vez que todos bajaron por los elevadores fueron desinfectados cuidadosamente y se quitaron sus escafandras.

–Sean bienvenidos al Sótano Nuclear de Truman –les dijo Whitman a los recién llegados–. Soy el coronel James Whitman y estoy a cargo de este lugar, que pertenece al ejército de los Estados Unidos de América. Ustedes han sido elegidos para preservar a la especie humana. Este lugar es totalmente seguro para todos. Está aislado del mundo y libre de la peste masculina. Viviremos bajo tierra hasta que se encuentre una vacuna contra el virus. Este refugio tiene capacidad para tres mil personas y con ustedes hemos alcanzado su capacidad total, incluyendo el personal de seguridad, el cual deberá ser obedecido sin excepción alguna. Las infracciones menores serán castigadas con encierro en las habitaciones que les sean asignadas, pero cualquier delito que sea cometido en este búnker será motivo de expulsión al exterior. Con objeto de garantizar la supervivencia de nuestra especie, en todos los refugios nucleares se están realizando y congelando muestras semanales de semen, a fin de conformar un Banco Nacional del Gameto Masculino. La recolección de muestras es los sábados por la mañana. Finalmente, les informo que no estamos de vacaciones. En este lugar todos tenemos un trabajo, que les será asignado por el personal según las aptitudes de cada uno de ustedes. ¿Alguna duda?

Varios levantaron la mano.

–Usted –señaló a uno al azar.

–Hemos estado mucho tiempo sin noticias. ¿Cómo ha ido avanzando la peste?

–Más del 80% de los hombres ha muerto en el planeta. Se sabe ya que los fetos humanos contraen la enfermedad y que los del sexo masculino son abortados espontáneamente antes de los 3 meses del embarazo. Se espera que antes de dos meses no quede un solo hombre sobre la faz de la Tierra, ya muera por la peste o por el hambre.

Todos los que habían pedido la palabra bajaron sus manos. Cualquier cosa que preguntaran después de haber escuchado las últimas noticias sonaría ridícula.

Los recién llegados fueron acomodados en sus respectivas habitaciones, que no eran más que pequeñas celdas similares a las de una prisión. Estas miniaturas eran compartidas por cuatro internos. El régimen disciplinario era militar. Los horarios y los trabajos estaban sujetos a una estricta rutina. El trabajo de los internos se había distribuido entre la cocina, un taller de carpintería, uno de ingeniería, un invernadero, una granja, una cocina, una barbería, una biblioteca y los departamentos de investigación biomédica, de laboratorio, de intendencia y de comunicaciones.

Joe fue asignado a la cocina.

El entusiasmo de vivir en un búnker pasó rápidamente. Pronto Joe se sintió prisionero del Estado, pero había salvado la vida y estaba agradecido por ello. Sin embargo, los custodios del búnker exageraban en las medidas disciplinarias y ya había llegado a sus oídos el rumor de que se gestaba un movimiento contra el coronel Whitman y toda su cadena de mando, que aplicaban castigos crueles a los internos.

Cualquier tipo de infracción, por mínima que fuera, era castigada con trabajos forzados o con la ridiculización de los internos. El régimen de Whitman y sus oficiales era dictatorial y los internos que ya habían pasado meses bajo esta tortura estaban al borde de la revolución.

Y así fue. A los 10 días de haber llegado el último grupo, un levantamiento generalizado en el búnker tomó por sorpresa a Whitman y a sus oficiales. Todos fueron tomados como rehenes y uno de los internos más radicales lo mató a golpes. Los internos se organizaron para tomar el mando del lugar y eligieron a un líder, quien informó al exterior que la comunidad había tomado el mando por los abusos de Whitman, que éste lamentablemente había fallecido durante la insurgencia y que su homicida sería expulsado al exterior. El resto de los oficiales serían mantenidos en reclusión hasta nuevo aviso.

La respuesta del exterior fue tajante. No se toleraría ningún tipo de revuelta ni se negociaría con los rebeldes. Se exigía de inmediato la liberación de los oficiales y la rendición de los alborotadores. El líder de la insurgencia pidió unos días para negociar la liberación de los rehenes, pero el ejército reiteró que no habría excepciones a la política de no negociación con quien alterara el orden en los refugios.

La comunicación se cortó con el exterior durante cinco días, en donde los inconformes trataban de seguir llevando con normalidad la vida interna del refugio. Pero algo inesperado sucedió. Varios hombres empezaron a toser sangre. La peste masculina había entrado al refugio.

El pánico cundió. Los internos pensaron que la entrada de la peste se debía a una represalia del gobierno por el levantamiento, así que expulsaron a los insurgentes con lujo de violencia y liberaron a los custodios. Pero era demasiado tarde.

El siguiente oficial a cargo en la línea de mando informó al ejército sobre el brote de la peste en el interior del búnker. Recibió inmediatamente la orden de decretar toque de queda en todo el refugio hasta recibir nuevas instrucciones. Los tres mil internos y custodios fueron aislados en sus habitaciones.

Tras pocos días de no recibir noticias, mujeres soldado del exterior bajaron al búnker y se encontraron con una escena dantesca: un cementerio de tres mil cadáveres y un hombre aterrado: Joe Gagnier, quien estaba perfectamente sano y al que hallaron en el centro de comunicaciones tratando en vano de pedir auxilio.

Las mujeres, atónitas, se quitaron sus escafandras.

–¿Cómo es posible que estés aquí? –le preguntó una de ellas.

–No tengo la menor idea –dijo Joe, aliviado–. Parece que soy inmune.

–No sólo inmune. Tú eres un portador sano. Creo que tú contagiaste a todos aquí adentro.

La mujer tenía razón. Joe fue trasladado al Instituto de Biología Molecular de Washington, donde se descubrió que había contraído la peste meses atrás, pero que en su ADN había una mutación genética que neutralizaba sus efectos. Sus células pulmonares producían cantidades industriales de interferones cuando eran atacadas por el virus de la peste y esto mantenía a la membrana celular de sus pulmones intacta, haciendo además memoria inmune contra el virus de la peste e, increíblemente, contra todos los demás coronavirus.

Con esta información genética, pronto se hizo una vacuna universal, no sólo contra la peste masculina, sino contra toda clase de coronavirus, y aunque el mundo quedó al poco tiempo sin hombres sobre su faz, los sobrevivientes subterráneos y las mujeres de la superficie fueron inmunizados con un suero obtenido de la sangre de Joe. La Humanidad al fin se había salvado y el riesgo de una nueva mutación genética del Proyecto Géminis había desaparecido, junto con toda clase de síndrome respiratorio agudo.

La peste bubónica del siglo XIV mató a la tercera parte de la población mundial. La peste masculina del siglo XXI mató a la mitad. El mundo quedó superpoblado de mujeres con un puñado de hombres, que a la postre salieron de sus refugios. Tomaría toda una generación volver a equilibrar los sexos en el mundo y la población mundial se habría reducido, para entonces, a apenas quinientos millones de personas dentro de los siguientes 50 años. Al fin, el respiro que necesitaba nuestro sangrante planeta le habría sido concedido y habíamos aprendido que Dios perdona siempre; el hombre, a veces, pero la naturaleza nunca.

El Síndrome de Licuefacción Pulmonar Masculina es una fantasía, pero el Covid-19 no lo es. Con ello quiero decir que éste último es un patógeno de alto riesgo, pero que el prudente temor no debe ser substituido nunca por el patológico terror, y que nunca debemos perder de vista que, por obscuras que sean las cosas, siempre pueden ser peores de lo que ya son.

Mientras tanto, el cáncer, la diabetes, el sida, las drogas, los accidentes de tránsito, el alcohol, el tabaquismo, el suicidio y la delincuencia organizada matan muchas más personas, al menos por ahora, que la neumonía provocada por este betacoronavirus.

Así que, lectora, lector, queridos, tomemos las cosas con calma y siempre en perspectiva. La economía del planeta está devastada y muchas vidas se han perdido. Pero siempre tras la tormenta viene la calma. Tarde o temprano nos levantaremos, porque la Historia nos demuestra que no hay dolor, ni prueba, ni desafío que la naturaleza humana no esté preparada para soportar.