El origen revolucionario de la Novena Época

Una historia basada en hechos reales

Por: Daniel González- Dávila

presidencia@bufetenacional.org

Abogado por la UNAM. Exdelegado presidencial ante la SCJN y Jefe de la Unidad de Relaciones Internacionales de la misma. Profesor de Derecho Procesal Constitucional y Control Constitucional Mexicano. Escritor y Barítono.

Corrían los mediados de 1993. La “Presidencia Imperial” de México había llegado a los más extraordinarios límites de la locura y sus tentáculos alcanzaban municipios, gobernadores, congresos, jueces, diputados y senadores, mientras la riqueza acumulada por las privatizaciones de las paraestatales era demencial. Todo aquel que osaba cuestionar un deseo presidencial era inmediatamente borrado del panorama político, si corría con suerte; y verdaderamente operaba en México la sentencia apocalíptica: “O estás conmigo o estás contra mí”.

Todo estaba dispuesto para que el presidente-emperador se mantuviera en el poder por muchos años más, aunque no estuviera sentado en la silla presidencial. No había marcha atrás. La riqueza acumulada y la influencia otorgada por el respaldo de organizaciones clandestinas de influencia internacional habían convertido al Ejecutivo y a todo su aparato cercano en un gigante invencible que era prácticamente el dueño del país.

Muchos subalternos lo adulaban tratando de obtener su venia para contender por la silla presidencial en las siguientes elecciones a fin de continuar con su legado, servirle desde lo alto y mantenerlo intocado, con el aparato funcionando como siempre y manteniendo sus propias prebendas.

El Presidente no se decidía aún por alguien en especial. Pero sabía bien que necesitaba de una persona con presencia y respaldo popular para hacer creíble la sucesión.

Simultáneamente, un pequeño grupo de choque se gestaba al interior del partido y de su propio gabinete.

Dos de sus secretarios estaban horrorizados: el de Desarrollo Social y el de Educación. Luis Humberto Coloso y Ernesto Zenteno eran hombres de cuna modesta, de la cultura del trabajo, y por sus orígenes ardían celosamente en cólera por el estatus quo. Estaban profundamente indignados por lo que sucedía a su alrededor y decididos a hacer algo para cambiar el rumbo de la Historia de su país. No obstante, guardaban el silencio de los prudentes.

Llegado el momento, a iniciativa de Luis Humberto Coloso, ambos empezaron a tener reuniones secretas.

Fue así como nació un binomio que cambiaría la Historia del país. Un muy reducido equipo se fue formando y comenzó a deliberar sobre cómo hacerse de la silla presidencial, aprovechando el gran carisma y apoyo popular del que gozaba Coloso, dada su cercanía con la gente y la simpatía que lograba por donde iba.

El objetivo primordial: desmembrar la red de influencia nacional del emperador o, dicho en otras palabras, “despresidencializar” al país.

En una de sus reuniones, Ernesto Zenteno, quien se convertiría en el cerebro de campaña, dijo:

─Escúchame bien Luis ─el tono era grave. Si vamos a hacer esto tenemos que ser muy astutos. No podemos enfrentarnos a un gigante de peso completo porque no duraremos ni el primer asalto. Recuerda lo que hizo Mijaíl Gorbachov: en ningún momento anunció cambios estructurales en su campaña. De haberlo hecho, hubiera amanecido sutilmente envenenado. Se mantuvo como el más leal camarada del Partido, y fue hasta que llegó al poder que ejecutó la Perestroika. El emperador por ningún motivo puede siquiera imaginarse que vamos a quitárselo todo, o las consecuencias serán funestas.

─Estoy totalmente de acuerdo contigo.

─Bajo esa premisa, creo que debemos tener claro un plan de acción. Un nuevo proyecto de Nación para México.

─Soy todo oídos.

─He trazado un camino de cuatro ejes. En primerísimo lugar, tenemos que despojar al sistema del dominio del Poder Judicial de la Federación. Prácticamente, no hay juez, magistrado o ministro que no obedezca al emperador. Hay que cambiarlo todo.

─Lo suscribo. Esa es la prioridad. ¿Cuál es el segundo?

─La hegemonía del Partido ya cumplió con su objetivo de apaciguar a la Nación bajo un solo mando tras la Revolución. Ahora sólo hacemos el ridículo frente a la comunidad internacional sexenio tras sexenio. Hay que hacer todas las reformas necesarias para garantizar la alternancia en el poder.

─Magnífico ¿qué más?

─No hay constitución civilizada que no prevea el juicio político para el Presidente de la República. Vivimos un presidencialismo institucional. Es inaplazable pasar a un sistema presidencial y terminar con el presidencialismo revolucionario. Y el fuero de los funcionarios de la Federación es excesivo.

─¡Uff! Ahí sí que va a haber reticencia. No me imagino al Congreso quitándose sus escudos. Pero habrá que hacerlo de algún modo.

─Y lo que es más importante: la Federación acapara prácticamente toda la riqueza nacional. Se necesita un verdadero federalismo fiscal que lleve recursos a los Estados, e impedir que con su firma los gobernadores hipotequen a los Estados con deuda bancaria por años. Esto tiene que ir de la mano con mecanismos anticorrupción.

─Muy bien. Vamos a echar a andar este proyecto. El emperador necesita el respaldo popular, y eso es algo que yo puedo darle. Le caigo bien a la gente. Le voy a pedir la sucesión presidencial a cambio de conservar todos sus privilegios, pero cuando menos se lo espere, el desdichado se quedará con una mano por delante y otra por detrás. ¿Estás de acuerdo?

─Tienes todo mi apoyo. Pero te insisto Luis: esto es muy delicado. Tenemos que ser extremadamente cautelosos.

Luis fue un maestro en el arte de persuadir al emperador de que él era el mejor candidato para sucederlo en la silla presidencial. Gozaba del cariño de la gente, no tenía la menor mancha y, sobre todo, podría confiar en él para que la estructura que había formado permaneciera intacta.

Así, el 28 de noviembre de 1993, Luis Humberto Coloso fue designado candidato a la Presidencia de la República y Ernesto Zenteno renunció a la Secretaría de Educación para ser su Jefe de Campaña. El emperador en ningún momento imaginó que se estaba urdiendo un plan maestro para que David venciera a Goliat.

Pero muy pronto lo sabría.

Durante la campaña presidencial, Luis Coloso empezó a dictar discursos nada fuera de lo ordinario. Hacía mítines con sus simpatizantes y todo esto parecía normal. Pero la emoción de poder hacer algo por su pueblo y rescatarlo de la dictadura pudo más que su prudencia. De pronto los discursos empezaron a subir de tono. Surgieron ataques directos al gobierno, como si se tratare de un candidato de la más férrea oposición.

Zenteno le advirtió: “Detente. Estás jugando con fuego”.

Pero Coloso siguió, inspirado más por su indignación que por el plan de acción fraguado por Zenteno. Era un hombre congruente. La hipocresía no era lo suyo, pero tampoco la mesura:

«Veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales.

«Como partido de la estabilidad y la justicia social, nos avergüenza advertir que no fuimos sensibles a los grandes reclamos de nuestras comunidades; que no estuvimos al lado de ellas en sus aspiraciones; que no estuvimos a la altura del compromiso que ellas esperaban de nosotros. Tenemos que asumir esta autocrítica y tenemos que romper con las prácticas que nos hicieron una organización rígida. Tenemos que superar las actitudes que debilitan nuestra capacidad de innovación y de cambio. […] Empecemos por afirmar nuestra identidad, nuestro orgullo militante y afirmemos nuestra independencia del gobierno.»

 

El miedo profético de Zenteno se hizo realidad.

El 23 de marzo de 1994, Luis Humberto Coloso fue asesinado por “una mano solitaria”. Una mano cobarde que nadie nunca supo de dónde salió.

El caos cundió por todo el país. La nota roja culpaba al emperador, pero sólo eso. Jamás se construyó una investigación que dejara a México satisfecho. Ningún miembro del gabinete podía ocupar la candidatura presidencial porque quedaban menos de cuatro meses para las elecciones. No hubo remedio más que Ernesto Zenteno ocupara la candidatura: el cerebro político del candidato asesinado.

En parte por la figura del mártir asesinado, no por las propuestas de campaña de Zenteno (que obró con perfil extremadamente bajo), y más por un aparentemente inexplicable retiro de facto de su rival más fuerte en las encuestas, aquél fue electo Presidente de la República y tomó posesión el 1° de diciembre de 1994. En realidad, Zenteno ofreció a su poderoso rival limpiarle la casa como es debido antes de entregársela a un nuevo inquilino de su partido, en un pacto solemne de caballeros.

Ya desde Presidente Electo, convocó a los mejores especialistas para crear un Tribunal Constitucional que menguara el poder presidencial e independizara a éste del resto del Poder Judicial de la Federación, que prácticamente estaba a su servicio, tal como se había trazado la reforma de Estado de cuatro ejes con su amigo Luis Humberto.

Pero fue muy cauteloso. No dijo ni una sola palabra que lo comprometiera. Sabía que era necesario un Consejo de la Judicatura que supervisara la independencia judicial y un totalmente nuevo Tribunal Constitucional, tal como sucedió con los tribunales de la posguerra en Europa: al ser todos los tribunales pronazis, era necesario cortar de raíz y desvincular la justicia constitucional del régimen imperante.

Así, se limitó a dar dos órdenes a su equipo de constitucionalistas:

─Quiero una reforma constitucional en donde se cree un Consejo de la Judicatura Federal que supervise la total independencia del Poder Judicial de la Federación y quiero una totalmente nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación, más reducida, pero con ministros intachables, con mecanismos que garanticen la estabilidad de la República, la constitucionalidad de las leyes y donde el propio Ejecutivo de la Unión deba comparecer para ser juzgado frente al Congreso, los Estados y los municipios. ¿He sido claro?

─Sí señor ─contestó quien a la postre sería su Consejero Jurídico. ─¿Cuándo quiere esta reforma constitucional?

─Durante el primer mes de mi gestión.

El Consejero quedó atónito. Rehacer al Poder Judicial de la Federación y a su Suprema Corte en unos cuantos meses era una labor verdaderamente titánica; e idear los mecanismos de control constitucional que el Presidente Electo quería necesitaba más que talento y creatividad de muchos.

Así pues, comenzaron los trabajos. Se buscó algo de Derecho Comparado, se revisó el juicio de amparo tal y como funcionaba para perfeccionar su acceso a la revisión constitucional de la Suprema Corte y se empezó a trabajar en el artículo 105 de la Constitución General de la República, que ya preveía la controversia constitucional.

Se hicieron docenas de borradores del artículo 105. Había que reglamentar la controversia para que fuera efectiva y la Corte pudiera conocer de este juicio en las relaciones de supraordinación, es decir, aquellas que se dan entre autoridades; pero había que definir con toda exactitud el alcance de las sentencias. Establecido ya quiénes podrían tener legitimación activa y pasiva para comparecer en juicio (prácticamente todos los órganos, entidades y poderes del Estado mexicano), era menester cuidar escrupulosamente los alcances de las sentencias.

Era inconcebible pensar que si un municipio le ganaba a la Federación la inconstitucionalidad de una ley ésta se invalidara para toda la República, sencillamente por el ámbito espacial de aplicación. ¿Qué interés tendría el resto del país en que se invalidara la ley impugnada por un municipio aislado? De esta manera, se estableció la regla “Cláusula Otero de abajo para arriba y efectos Erga Omnes de arriba para abajo (figurativamente hablando de niveles de gobierno)”.

Pero también se agregó una fracción II al artículo 105 donde esta regla no opera. Un mecanismo de control jurídico-político, la acción de inconstitucionalidad, donde las minorías parlamentarias podían demandar la invalidez constitucional de las leyes aprobadas por la mayoría de su propio órgano parlamentario. Incluso de tratados internacionales. Aquí, con mayoría calificada, la Corte simplemente se convertiría en un legislador negativo. Con el tiempo, surgiría el concepto de la “interpretación conforme”, muchos años después.

Finalmente, se agregó una fracción III: la apelación atrayente. Este extraño mecanismo, que no es más que una apelación en un juicio civil donde la Federación es parte, fue considerado un mecanismo de control constitucional sencillamente porque si la apelación ordinaria es conocida por la Suprema Corte, no existe la posibilidad de ser impugnada en amparo, por lo que dicho Tribunal debe, en la misma sentencia, examinar la constitucionalidad del proceso y la constitucionalidad de las leyes aplicadas en el mismo. Una apelación ordinaria, un amparo casación y un amparo directo en revisión al mismo tiempo. Algo que sólo puede darse en un cultivo de Petri en algún laboratorio de Yakarta.

Por lo anterior, la Ley Reglamentaria del Artículo 105 terminó excluyendo a la fracción III y es aún la que nos rige.

Pero la parte técnica fue la parte fácil. Lo difícil fue elegir a los 11 ministros que integrarían al máximo Tribunal de la Nación.

Era preciso desvincular la designación de los ministros de la Corte del capricho presidencial. Así, se estableció que el titular del Ejecutivo enviaría ternas al Senado para que éste eligiera como quisiera y luego hasta una segunda para que cada ministro durare 15 años en sus funciones. Pero los primeros en ocupar los 11 sillones tendrían que estar señalados en la propia reforma, no impuestos por el Presidente, sino por el Poder Constituyente.

Así, se hizo una tabla escalonada para que los nuevos ministros salieran de manera sucesiva, a fin de que los trabajos de la Corte no perdieran continuidad, y fueran los nombrados por el Senado quienes duraren en el cargo los 15 años. A algunos ministros originarios les correspondió durar en el cargo hasta 20 años. Toda una vida, ironizaban a veces.

El problema mayúsculo de llenar esa tabla puso en jaque a toda la Consejería Jurídica. La lista secreta de candidatos iba y venía de la Consejería a Los Pinos. El Ejecutivo había ordenado que dos ministros de la Octava Época debían permanecer en esta nueva Corte: los más disciplinados, con mejor carrera judicial y prestigio, y que sus sentencias y votos fueren absolutamente independientes, juiciosos y respetables.

Una vez elegidos, quedaron nueve por escoger. Todos y cada uno fueron minuciosamente estudiados. La lista de “los 100” iba y regresaba a la Consejería con observaciones. En alguna ocasión, que se propuso a un afamado abogado e investigador, la lista regresó con un tachón en rojo con un “ESTE ES PARTE DEL SISTEMA”. La lista se iba reduciendo y empezaron a palomearse a algún magistrado notable del Tribunal Electoral, a magistrados de carrera judicial intachable, a un viejo lobo de mar de gran prestigio en el litigio, un par de notarios, y al cabo de unos días de ir y venir la lista había quedado reducida a 11. Los más probos juristas del país.

Inmediatamente concluidos los trabajos, el Presidente Zenteno presentó la iniciativa de reforma constitucional que creaba al Consejo de la Judicatura Federal y a la nueva Suprema Corte de Justicia de la Nación, junto con el decreto de creación de la Ley Reglamentaria de las fracciones I y II del artículo 105 constitucional, que entró en vigor el 1 de enero de 1995.

Por la vacatio legis, y dado que los nuevos ministros y consejeros tenían que protestar su cargo ante el Senado de la República, México se quedó sin Suprema Corte durante prácticamente un mes. Muchos dijeron escandalizados que Zenteno había dado un golpe de Estado al Poder Judicial, pero el tiempo demostró que la Suprema Corte y todo el Poder Judicial se habían hecho mucho más fuertes e independientes que nunca gracias a la reforma.

Ahora no puedo evitar lamentarme: han pasado más de 23 años y ningún ministro ha dicho una sola palabra en honor o agradecimiento a Ernesto Zenteno. ¿Hasta cuándo se le hará justicia?

Por su parte, el expresidente emperador estaba perfectamente blindado hasta los dientes. Se autoexilió pacíficamente a alguna hermosa villa europea. Quien no logró blindarse tan astutamente fue su hermano. Pasó años en un penal de máxima seguridad, con las luces prendidas de día y de noche.

Zenteno prosiguió cautelosamente con ese proyecto de Nación que fraguó con Coloso. En 1999, lanzó la reforma constitucional que creó un Tribunal Constitucional específico en materia electoral, con facultades de colegio electoral y garante de elecciones transparentes. Así, cumplió su segundo gran pacto con Coloso y aseguró la alternancia en el poder.

Pero Zenteno no pudo hacer más. Por cuanto hace a la descentralización de la riqueza nacional, las circunstancias se lo impidieron. La crisis derivada del desfalco y la devaluación monstruosas hicieron quebrar a los bancos, y no hubo alternativa que rescatarlos con los recursos de la Federación. Era eso o que la gente perdiera su dinero. Lamentablemente, sólo por este tremendo rescate financiero es recordado su sexenio y nadie logra ver todo lo que hizo por la Patria.

De hecho, la Cámara Baja exigió a Zenteno que le abriera todos y cada uno de los archivos de este rescate, pero Zenteno se opuso porque ello violaría el secreto bancario de millones de personas. No obstante, tras una controversia constitucional, la Suprema Corte que él mismo creó le ordenó que pusiera a disposición de la Cámara de Diputados todos y cada uno de los archivos por estar involucrados recursos federales. La Corte mostró qué tan independiente llegó a ser del Ejecutivo, y el Ejecutivo mostró que tan limpias tenía las manos en el rescate financiero.

Estos dos últimos compromisos que quedaron pendientes, la descentralización de la riqueza nacional en un sistema digno y generoso de coordinación fiscal y el juicio político al Presidente de la República junto con la moderación del fuero no procesabilidad, tal vez muy pronto serán una realidad en México.

Pero ahora ya sabemos quiénes fueron los verdaderos autores intelectuales de ese proyecto de Nación. Que no venga nadie a estas alturas a vendernos el agua tibia.

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