El indígena incorrecto

Por: Daniel González-Dávila
presidencia@bufetenacional.org

Abogado por la UNAM. Exdelegado presidencial ante la SCJN y Jefe de la Unidad de Relaciones Internacionales de la misma. Desde 2007, socio presidente de Bufete Jurídico Nacional. Escritor y Barítono.

 

–¡Temactecahuani! –clamó uno de los asistentes al mitin político del candidato presidencial, Juan Zepahua, un indígena de la Huasteca poblana.

–¡Sí, miserable traidor! –secundó otro de los presentes.

–¡Los escucho a ustedes! –les replicó Zepahua– ¡Ahora escúchenme a mí! ¡Yo no quiero que la Constitución de mi país me trate como una pieza de museo que debe ser preservada! ¡Mi dignidad indígena es sagrada, pero más sagrada es mi condición de mexicano!

Muchos le aplaudieron con vehemencia.

–La diversidad cultural de México es su fuerza. ¡Y la unión hace la fuerza! El Estado no quiere que los indígenas progresemos. Quiere que permanezcamos en la indigencia y en el atraso y por eso nos tiene protegidos en un capelo de cristal. Con su artículo segundo constitucional lo único que logra es afianzar nuestro abandono, hacer una separación entre los mexicanos de primera y de segunda y garantizar la mano de obra campesina en un estado miserable, bajo el pretexto de nuestros usos y costumbres, separándonos del progreso nacional y de los adelantos de la Ciencia. ¡No seamos estúpidos! El mundo ya no necesita indígenas protegidos destinados a nacer, crecer, reproducirse y morir en la ignorancia y la pobreza. ¡Lo que el mundo necesita son personas preparadas que lleven su origen étnico con dignidad, pero que sean factores efectivos del cambio, de la generación de riqueza y de la construcción de una sociedad más justa para nuestros hijos!

–¡Sí! –gritaron muchos.

–¿Qué acaso los afrodescendientes en Estados Unidos están protegidos? ¿Los chinos? ¡No necesitamos la protección del Estado! ¡Nosotros podemos cuidar de nosotros mismos y de nuestras tradiciones! ¡Qué no venga el Estado a querer enseñarnos nuestras propias lenguas! ¿Qué tontería es esa? La lengua que aprendimos de nuestros padres, ¿enseñada por el Estado? Lo que nosotros queremos es progresar. Queremos aprender de verdad. Acceder a las universidades. Que el Estado nos enseñe a hablar inglés y mandarín, la lengua de los chinos, porque ahí está el futuro de nuestros hijos. El futuro de nuestros hijos no está en la milpa, compañeros, está en donde se tomarán las decisiones importantes del planeta. Y si su futuro ha de ser la milpa, que sea como productores eficaces, porque la tierra no es de quien la trabaja: ¡la tierra es de quien la hace producir!

Y el abucheo comenzó.

Un grupo infiltrado de campesinos violentos aprovechó la ocasión para sabotear el evento. Empezaron a lanzar toda clase de objetos al candidato, quien tuvo que resguardarse como pudo y salir huyendo del lugar.

El incidente rápidamente se difundió por los medios de comunicación y generó una gran expectativa. ¿Un indígena hablando como un terrateniente? ¿Un indígena hablando de renunciar a la protección del Estado?

Zepahua era un indígena nacido en Xicotepec, en el Estado de Puebla. Sus padres eran artesanos locales, pero lograron con muchos esfuerzos que su hijo estudiara la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Puebla, gracias a una beca que se ganó por la excelencia en sus estudios de bachillerato. Con una capacidad intelectual brutal y una retórica sin igual, Juan rápidamente se destacó en la política y fue diputado al Congreso de Puebla por el Partido Social Demócrata.

Las ideas del ahora candidato presidencial eran revolucionarias y su personalidad ferozmente carismática. Siempre estaba vestido de manera humilde, sus facciones y complexión eran las de un indígena común, pero tomaba un micrófono y su audiencia quedaba embelesada. Simplemente no había rival para él, más que las turbas pagadas por el sistema. Ni tecnócratas sofisticados ni usureros oportunistas de la pobreza de la gente. Zepahua ponía siempre el dedo en la llaga y daba una solución coherente a cada problema, siempre con un llamado a la unidad de todos los mexicanos en un sexenio marcado por la división entre chairos y fifís.

Pero su posición acerca del indigenismo nacional generaba controversia. Cada vez que podía, y este era uno de los ejes principales de su campaña presidencial, planteaba la necesidad de subir a los indígenas mexicanos al tren del desarrollo económico y sacarlos de la pobreza y de los estigmas de la artesanía, de la agricultura y los usos y costumbres. Para él, la sobreprotección del Estado a los indígenas era una verdadera forma de discriminación racial. Ponerlos en la Constitución como objetos de tutela de grupos vulnerables era un insulto a su dignidad milenaria.

El proyecto político del candidato era transexenal. No pensaba en las próximas elecciones sino en las próximas generaciones. La figura de la no reelección presidencial había sido anulada por una consulta popular amañada y México estaba inmerso en una administración hipócrita, totalitaria, corrupta y asistencialista, empeñada en generalizar la pobreza para ampliar su base electoral, fielmente comprometida con el Pacto de Saȏ Paulo. Sabía que vencer a este Leviatán sería una tarea casi imposible, pero su inspiración era la historia del héroe David que con inteligencia venció al gigante Goliat.

Luego del zafarrancho que ocurrió en aquel acto político donde aseguró que la tierra no es de quien la trabaja, sino de quien la hace producir, los medios de comunicación lo persiguieron para que diera su punto de vista y aclarara lo sucedido. Juan decidió dar una entrevista a un solo medio de comunicación.

En el set de grabación, Juan estaba ansioso. Sabía que lo que ahí dijera sería decisivo para el rumbo que tomaría su candidatura. Se tomó un momento para tranquilizarse y se sentó junto a Joaquín López Dorantes, su entrevistador. Cuando les dieron la señal, la entrevista comenzó:

–Buenas tardes tengan todos ustedes –dijo el entrevistador–. Gracias al candidato Juan Zepahua por aceptar esta entrevista en exclusiva. Bienvenido, Juan.

–Muchas gracias, Joaquín. El agradecido soy yo de que me abras este espacio.

–Empecemos por el principio Juan. La gente tiene muchas dudas sobre ti. Eres un indígena. Estás ahora mismo vestido como indígena. Tú mismo te declaras indígena con orgullo. Pero dices que no quieres que el Estado proteja a los indígenas. ¿Nos puedes explicar?

–Con mucho gusto, Joaquín. Mira: en la misma formulación de tu pregunta está la respuesta. En México existen 68 culturas indígenas puras que suman más o menos el 10% de la población nacional. Pero desde el momento en el que tú me dices “eres un indígena” me estás separando y dando un trato diferente al otro 90% de los mexicanos, la mayoría de los cuales son mestizos, es decir, parte indígenas también. Entonces, cuando la Constitución mexicana protege a los indígenas y declara a México como una sociedad pluricultural lo que está haciendo es fomentar el aislamiento de los pueblos y dar a ese 10% puro el tratamiento de reserva nacional, como si estuviéremos en peligro de extinción. Este fenómeno sólo tiene paralelo en los zoológicos donde guardan a las especies que están a punto de desaparecer.

–¿Y no lo están?

–Muchos de ellos sí, con todo y la supuesta protección del Estado, lo cual comprueba que la sobreprotección de los pueblos indígenas no es la solución para su preservación. La verdadera causa de la desintegración de los pueblos indígenas y de la agonía económica que vive México es un campo que no produce y una industria semiparalizada. Esto tiene a nuestras tierras sin cultivar y a nuestras ciudades atestadas de gente pobre, y en la base de la pirámide de la pobreza de México están justamente los indígenas.

–Esto me lleva a lo que sucedió el viernes pasado. Tuviste que suspender un acto político tras la reacción de tus prosélitos cuando dijiste, y cito, “la tierra no es del que la trabaja: la tierra es de quien la hace producir”. ¿Propones eliminar el ejido y que regresen los latifundios?

–Para nada Joaquín. Al contrario. Mi propuesta es eliminar el yermo y convertirlo en un vergel. Yo apuesto por un ejido modernizado. Un kibutz mexicanizado.

–¿Y cómo funcionaría?

–Primero que nada hay que eliminar el estigma de que para ser agricultor hay que ser indígena y pobre. Ser ejidatario debe ser rentable como forma de vida. En este momento ser agricultor y ser indígena es un doble estigma que cae sobre muchísima gente, y más lo es cuando se van del otro lado de la frontera. Los mexicanos, que no sólo los indígenas, deben quedarse en su país para generar riqueza. El Estado debe tener como prioridad dar al ejido una fuerte inversión inicial en maquinaria y sistemas de riego que garanticen las primeras cosechas para que sea sustentable, mientras se organiza de tal manera que todos sean beneficiarios de sus utilidades y generen arraigo hacia sus tierras, a la manera de los kibutz de Israel, que convirtieron el desierto hebreo en un huerto inagotable. A eso me refiero con que la tierra es de quien la hace producir. El Estado se encargará de que los ejidos sean productivos como nunca, y entonces los ejidatarios no sólo trabajarán la tierra, ¡la harán producir de verdad! Y esto es inaplazable. La autosuficiencia alimentaria es una cuestión de seguridad nacional y no podemos seguir más tiempo atenidos ni a los usos y costumbres ni a las antiguas técnicas de producción agrícola.

–O sea que tu propuesta es dar un subsidio mayor al campo…

–Mucho más que eso, Joaquín. Detrás de la propiedad comunitaria hay toda una mística que debemos fortalecer. Ser ejidatario debe ser sinónimo de ser un patriota generador de riqueza y no de un campesino que apenas cultiva lo que consume, cuando bien le va. Este es un cambio de paradigma en la agricultura mexicana. Se trata de levantar de la misera a los campesinos y a las comunidades indígenas y montarlos en el tren del desarrollo.

–Eso suena muy bonito, pero ¿cómo piensas llevarlo a la práctica?

–Esa es precisamente la llamada que hago a todos mis hermanos indígenas. Si queremos progresar debemos dejar de pensar en nuestras comunidades como en centros aislados del resto del país que están condenados a sobrevivir en la zozobra. Debemos entender que el sistema nos quiere pobres para tenernos cooptados con sus limosnas mensuales para garantizar nuestro voto. No señor. No queremos seguir viviendo de limosnas. Tenemos un país que sacar de la pobreza. Queremos un país que en 15 años sea una auténtica potencia mundial. Vamos a renunciar a las limosnas del gobierno y en su lugar vamos a instalar un programa de emergencia por el campo de tres años en el que el Estado invierta en total un billón de pesos, un millón de millones, en infraestructura agrícola; es decir, maquinaria moderna, sistemas de riego y comedores y clínicas para cada uno de los casi 32 mil ejidos del país. Estamos hablando de 30 millones de pesos para cada uno. Nos olvidaremos de los usos y costumbres indígenas para entrar a la era de la autonomía ejidal. El ejido administrará democráticamente su patrimonio, pagará a los campesinos un salario digno y se convertirá en el motor del desarrollo nacional. Pero para eso tenemos que cambiar de mentalidad. Todos tenemos que asumirnos dignamente como mexicanos que deseamos un futuro lleno de abundancia y dejar de resignarnos a ser un pueblo de muertos de hambre asistidos por el Estado.

–Ahora me surgen dos dudas. ¿Cómo harás para que semejante cantidad de recursos lleguen a su destino? Y, por otro lado, ¿lo que estás proponiendo significa que de llegar a la presidencia retirarías los apoyos sociales que proporciona la actual administración?

–Para que esos recursos lleguen a los ejidos primero que nada tenemos que hacer una profunda revisión del federalismo fiscal. La Federación es un monstruo acaparador de la riqueza nacional. Tenemos que encontrar la manera de que los recursos federales sean más modestos y los locales más abundantes para este proyecto de resucitar al campo mexicano y en general para el desarrollo regional. Terminar con la figura del Tlatoani es fundamental para ello, que no sólo acapara la riqueza, sino que incluso viola la Constitución y somete a los Estados con sus absurdos superdelegados. Y en cuanto hace a los apoyos sociales, de ninguna manera desaparecerán. Por el contrario. Voy a incrementar esos derechos. Cuando los ejidos sean manejados como industrias, los impuestos comenzarán a crecer. Las ganancias serán para todos, sociedad y gobierno. Llegará el momento en que será posible ofrecer al pueblo de México un seguro de desempleo.

–¿Tan seguro estás de que el plan resultará?

–¡Desde luego! México ha confiado siempre en el petróleo como fuente de su presupuesto. Y ya hemos visto el resultado: nuestra economía depende de los caprichos de los dueños de la OPEP. Tenemos que ver hacia adentro, hacia nuestra riqueza interior, que es la tierra que nos han heredado nuestros ancestros. Con nuestra seguridad alimentaria garantizada y eliminada la pobreza, podremos empezar a crecer y a competir con las naciones más avanzadas, pues México dejaría de ser un país de riesgo. Pero aquí es donde los mexicanos tenemos que hacer otro cambio de paradigma.

–¿Y cuál es ese?

–La auténtica unidad nacional. Así como muchos indígenas tienen arraigado un complejo de inferioridad que los impulsa a exigir el respeto a sus usos y costumbres, así hay millones de trabajadores que han sido engañados por esta administración y que, la mayoría de las veces sin motivo, odian a los empresarios y los culpan de todos sus males. Esta es la canción de todos los días de “chairos” contra “fifís” que me tiene hasta la náusea. El fifí piensa que un chairo es un inútil mantenido por el gobierno, mientras que el chairo piensa que el fifí es un archimillonario corrupto aliado con las fuerzas obscuras de partidos políticos que ya ni siquiera existen. Estas dos fantasías son incentivadas por el gobierno para polarizar a la sociedad y mantenerse en el poder. Necesitamos madurar como personas y como pueblo. Según los roles preestablecidos, como indígena pobre que soy debería ser un chairo, pero soy todo lo opuesto, aunque no soy fifí. Ahí está la ridiculez del caso. Mis padres son artesanos en mi pueblo, y como tales los considero empresarios. Luego de años de esfuerzo, y de que les diera todo lo que gané como diputado, les ha ido tan bien que tienen un local en el centro y le dan trabajo a tres aprendices. Según la conciencia colectiva son patrones, y por tanto fifís. Y yo, que me muero de la risa.

–Bueno, Juan, ¡entonces podemos decir que eres hijo de dos exitosos empresarios! –bromeó Joaquín.

–¡Con mucho orgullo Joaquín! A donde quiero llegar es que la inmensa mayoría de los empresarios mexicanos no tiene arriba de 10 trabajadores y viven al día junto con ellos, mientras que la Ley Federal del Trabajo los trata a todos por igual como si fueran magnates al estilo Donald Trump. Y no quiero decir con ello que no existan empresarios abusivos. Desde luego que los hay. Pero mientras no dejemos de ver a nuestro patrón como nuestro peor enemigo y empecemos a trabajar en equipo en nuestros centros de trabajo, no vamos a dejar de ser un país de gente mediocre con productividad mediocre y con aspiraciones mediocres. Tenemos que entender la mística que también hay detrás de toda empresa, que es como una orquesta. Necesariamente requiere de un director para que funcione. Pero todos y cada uno de los músicos que la conforman tienen un valor y una función esencial en la obra que toca. Basta que uno solo de los músicos falle para que la obra deje de ser perfecta. Si no entendemos que las empresas socialmente responsables son fuente de abundancia, estamos perdidos. Mi gobierno dará estímulos fiscales para reactivar las empresas que han sido dañadas por esta administración y devolverá las que han sido indebidamente expropiadas. Necesitamos más y mejores fuentes de empleo, no más desempleados subsidiados. Los empresarios no son los cerdos que pintan con billetes en los bolsillos. Empresario es todo aquel que forma parte de una casa productiva, todo aquel miembro de una orquesta. Esa es la mentalidad que debemos cambiar. Dejar de confrontarnos entre nosotros y hacer un solo frente patriota para salir del atraso.

–Lo entiendo más como una cuestión de valores que hemos perdido, ¿no es así?

–Más bien de valores que nunca hemos tenido. Siempre hemos tenido como pueblo la mentalidad acomplejada de conquistados por una caterva de ladrones, e identificamos a los conquistadores con los ricos que nos oprimen. Tenemos que salir de ese agujero de autoconmiseración y ser libres. Sí, fuimos conquistados, pero la conquista dio como resultado el mestizaje, que debe ser nuestra fuente más viva de identidad nacional. Exigir reparaciones al Rey de España por la conquista es la peor insensatez que ha hecho este gobierno. México es sinónimo de mestizaje. Los españoles se llevaron mucho oro, pero nos dejaron su sangre, y la sangre del mexicano es sagrada. Desde ahí es que sufrimos de un problema de identidad nacional. Decimos que el padre de la Patria es el cura Hidalgo, cuando Miguel Hidalgo defendía a Fernando VII y lo único que quería era matar gachupines que estaban a la orden de Pepe Botella. Querámoslo o no, quien nos dio identidad como Nación, quien nos dio el mestizaje que nos da nuestro color de piel, fue nada menos que Hernán Cortés. Sólo compara a Cortés con Búfalo Bill. Cortés se mezcló con nosotros. Bill exterminó a los indios americanos. ¿Quién es en realidad el genocida?

–Es extraño que eso lo diga un indígena puro.

–Simplemente no soy hipócrita, Joaquín. Gracias a la conquista no estoy sacando corazones ni comiendo carne humana. Tengo una educación sustentada en el método científico y vivo en un mundo en donde no se me empala por disentir. No sólo conozco el bronce y el hierro, sino también a un Dios Todopoderoso que se ha revelado a los hombres desde hace más de 5000 años.

–¿Eres un hombre creyente entonces?

–Sí lo soy, así como la inmensa mayoría de los mexicanos. Hablemos claro sobre este asunto.

–¿Estás a favor del Estado laico?

–Desde luego. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Pero una cosa es que los ministros de culto no interfieran en las decisiones del Estado y otra muy distinta es que el Estado no inculque valores morales y espirituales en las escuelas. Al lado de la pobreza, la relatividad moral de nuestra sociedad es la fuente de todos sus males.

–Pero aquí hay una contradicción. Estado laico sí, pero educación laica no.

–No, Joaquín. Educación laica también. Laicidad educativa significa que los ministros de culto no impartan clases en el sistema de educación pública, pero laicidad no significa negación de Dios. Eso es ateísmo, cosa muy diferente. El origen del Universo y las leyes de la Física no están reñidos con la existencia de un Legislador Supremo. Eso está superado desde Aristóteles. Y si algo une más a los mexicanos que el fútbol, es la fe cristiana. Desde luego no es papel del Estado evangelizar a nadie, pero es perfectamente posible impartir una clase de Historia de la Revelación Judeocristiana como una forma más de contribuir a la identidad nacional. La educación va de la mano con todo el proyecto de cambio político y se centra, como ya dije, en la unidad nacional. Dejaremos en paz a las comunidades indígenas. Que ellas se cuiden solas, que no necesitamos de institutrices ni de tutores. Desde luego que seguiremos teniendo los mismos derechos que tenemos hoy, como el de disponer de un traductor en los procesos legales, pero la idea, como dijo el fraile, no es la de sentarse en el suelo a comer con ellos, sino la de levantarlos a comer en la mesa. La educación en México se centrará en los adelantos de la Ciencia, en el civismo, en el sentido de pertenencia nacional, en la Historia Universal y Nacional, sin los prejuicios y mitos que ahora se enseñan, y en el aprendizaje del español, el inglés y el mandarín, que es el idioma más hablado del planeta y el que regirá muy pronto las relaciones comerciales del mundo. Esto será paulatino, pues los propios maestros tendrán primero que aprenderlo.

–Pues vaya que propones cambios profundos a nivel educativo. ¿A qué mitos te refieres en la Historia de México?

–¡Uff! Nos tomaría toda la noche hablar de ellos, Joaquín. El pueblo de México ha sido víctima infame de la propaganda gubernamental con la fabricación de ídolos de barro para equipararse con ellos, cuando es su deber hablar con la verdad histórica en la mano. Nuestra Historia está plagada de héroes y villanos, y eso no existe. Esta distorsión de la realidad se llama maniqueísmo. Existieron personas con sus luces y sus sombras. Don Benito Juárez, por ejemplo, fue un gran jurista, pero es considerado el padre del Estado de Derecho porque antes de cometer una atrocidad emitía una ley que lo facultaba para ello. En el Tratado McLane-Ocampo ofreció a México como una verdadera meretriz; tanto, que el Senado de los Estados Unidos lo consideró indigno de ser aprobado. Se reeligió cinco veces, y no lo hizo más porque un infarto se lo impidió. Por otro lado, Don Porfirio Díaz, el gran villano, introdujo a México a la modernidad y lo hizo florecer, aunque a un altísimo costo social. Desde luego que también se reeligió varias veces y provocó un levantamiento, pero de inmediato renunció y sostuvo que por su culpa ni una gota de sangre mexicana sería derramada. Tenemos derecho a conocer los hechos de la Historia, y no sus malversaciones.

–Dices que el presidente Juárez ofreció a México como una meretriz. Esto ya no es políticamente correcto. ¿Cuál es tu posición frente a los derechos de las mujeres?

–Las mujeres tienen los derechos que deben tener. No les tengo que reconocer lo que ya tienen por sí mismas. Ni menos ni más derechos que los hombres. Ni menos ni más oportunidades que los hombres. Esto no es objeto de negociación y ni siquiera debería ser tema en un debate político.

–¿Entonces no crees que las mujeres sean un grupo vulnerable?

–¿Vulnerable más de la mitad de la población nacional? ¡Por supuesto que no! Que exista el fenómeno de la violencia doméstica y haya horribles casos de feminicidios no las hace grupo vulnerable. Obliga al Estado a otorgarles garantías de protección cuando se les agrede por motivos de discriminación o de odio, es decir, por ser mujeres, pero en las mismas circunstancias se encuentran quienes son agredidos por ser homosexuales, por ser negros, por ser gitanos o por ser judíos. De llegar a la presidencia extendería el tipo penal del feminicidio para todo aquel homicidio que se cometa por razón de odio o discriminación, y las penas que se cometan por este delito serán ejemplares.

–¿Desaparecería entonces el delito de feminicidio?

–Claro, ya no tendría razón de ser. Sería un homicidio agravado por razón de odio o discriminación, y tendría la pena máxima.

–¿Y qué hay del aborto?

–El asunto del aborto no es negociable. Destruir un huevo de tortuga te puede costar hasta 12 años de prisión. Por simple analogía destruir un embrión humano se debe pagar como lo que es: parricidio, que es matar a tu ascendiente o a tu descendiente, a menos que se trate de un aborto espontáneo, se requiera por razones terapéuticas o sea producto de una violación. La vida de un mexicano vale más que la de 10 mil tortugas. Esta ha sido siempre mi convicción y no la voy a cambiar sólo para parecer correcto. Esta es la diferencia entre mi oponente y yo. Él dice lo que sus votantes quieren oír. Yo digo lo que México necesita, que es recomponerse. Entiendo que una mujer se pueda ver en dificultades para cuidar de un bebé que no desea. En ese caso, el Estado se hará cargo de él. Antes que solapar la matanza, el Estado es obligado sustituto de la manutención de los hijos no deseados. Y eso aplica también a un programa de cero niños en la calle.

–Regreso al punto de los crímenes de odio. ¿A qué te refieres con la pena máxima?

–Las mujeres están cansadas de ser objeto de cosificación, pero no son las únicas víctimas de discriminación. En este país no se tolerarán más los crímenes de odio. Todo crimen de odio será castigado con la pena de muerte, lo mismo que el secuestro, el peculado mayor y el narcotráfico. Hay compromisos internacionales que nos obligan a no reimplantar la pena de muerte, pero primero está nuestra curación del cáncer que cualquier compromiso internacional. Se acabó la tolerancia gubernamental hacia la corrupción y hacia los cárteles de la droga. Quien robe o envenene a la nación será fusilado.

–¿Y eso no va contra los Derechos Humanos?

–Los Derechos Humanos encuentran su propia limitación en la Constitución. El presidente propone y el Constituyente dispone. Vamos a descriminalizar a los adictos. El Estado les proporcionará sus propias dosis para evitar la delincuencia secundaria que provoca el consumo de drogas, y al mismo tiempo vamos a ofrecerles tratamientos de rehabilitación. Que el que quiera morir drogado, que así sea. Pero el que el que quiera salir de su infierno, que tenga la oportunidad de rehabilitarse con la ayuda de personal calificado. Ya no será negocio para los narcotraficantes vender su veneno. Pero si insisten en enganchar a más jóvenes, les espera el paredón. El narcotráfico local ya no será problema, sino el que se va a los Estados Unidos. Si Estados Unidos quiere que los narcos sean abatidos en México, tiene que proveernos de armas y equipo de alto poder, pues ahora los estamos combatiendo con resorteras.

–¿Es esto una nueva guerra contra el narco?

–No, Joaquín. Ninguna guerra. Sencillamente se trata de que el Estado cumpla con su función de garantizar el cumplimiento de la ley. Este gobierno no ha hecho más que evadirla. “Abrazos y no balazos” es una falacia anarquista de adolescente setentero. El Estado tiene el monopolio de la fuerza para proteger al pueblo. Y el pueblo lleva décadas desprotegido contra estas bestias que lo envenenan, que lo extorsionan, que lo secuestran, que le cobran derecho de piso y que le roban sus cultivos. Eso se terminará para siempre.

–Veo que tienes cierto recelo contra el candidato oficial a la presidencia, que se quiere reelegir. Tú mismo has dicho que en la Historia no hay ni héroes ni villanos, sino personas con luces y sombras. ¿Qué ves de bueno y qué ves de malo en tu principal rival en las próximas elecciones?

–Creo que es una persona que llegó con buenas intenciones al poder, pero se embriagó demasiado pronto. Cual tirano de república perdida en el mapa, se adueñó del presupuesto nacional, coptó los poderes federales y buena parte de los locales. Me parece que en la Grecia antigua, cuna de la democracia, ya hubiera sido desterrado. Hoy vivimos un auténtico desastre nacional que no tiene paralelo en la Historia. Cualquier cosa que te diga es poco. Es un hombre que no acepta la crítica, que no escucha a nadie, y por tanto estamos en la antesala de una dictadura en un país económica y socialmente devastado. A eso súmale que, al puro estilo de Adolfo Hitler y de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, cada mañana repite las mismas mentiras hasta que la gente acaba convencida de que son verdades.

–Pero los indígenas en su momento lo respaldaron, ¿no es así?

–¿Te refieres al circo que armó el día que tomó posesión en el Zócalo?

–¡Claro! ¡Fue algo nunca antes visto!

–Muchos creyeron en él. Pero muchos también nos arrepentimos en ese instante. Lo que hizo el día de la toma de posesión hizo patente que él concibe a dos Méxicos: el representado por el Congreso de la Unión, civilizado y republicano, y otro que él se imagina, atrasado e ignorante, representado por un chamán en taparrabo que con cascabeles adora al demonio. ¡Qué manera de ridiculizar a los indígenas de México ante el mundo entero! No, Joaquín, esos acarreados no representan a las comunidades indígenas. Los indígenas son mayoritariamente cristianos o católicos. Y aunque algunos no lo son, no tienen un chamán como líder que los represente como para que le transfiera un ridículo bastón de mando. Somos 68 culturas. ¿Cuándo se hicieron elecciones para nombrar un representante común? Eso fue un verdadero insulto a las comunidades indígenas que nos hizo parecer una caterva de salvajes. Y eso se lo tenemos guardado.

–¿Le tienes resentimiento?

–No señor. Simplemente conozco a mi gente. Después de ese circo faraónico pocas veces volvió a acordarse de nosotros, particularmente de los norteños. Y con esto me refiero a los Estados enteros. Pero en mi caso yo no estoy aquí sólo para reivindicar los derechos de los indígenas. Yo estoy aquí para restaurar la integridad de México, que está despedazado. Todas sus partes se tienen que volver a poner en su lugar para poder progresar como país: los agricultores, los ganaderos, los empresarios, los estudiantes, los profesionales, los artistas, los mineros, los maestros; y qué decir del turismo, el sistema de salud, el seguro social universal, la seguridad pública, el sistema de justicia, la inversión pública, los programas sociales, la infraestructura urbana, la independencia de los poderes, el federalismo fiscal… prácticamente todo tiene que ser rescatado de las manos de una administración torpe, maliciosa e inoperante que amenaza con perpetuarse en el poder.

–Se nos acaba el tiempo. Una última pregunta: ¿qué hay de la minería?

–Se terminará le era en la que nuestro oro y nuestra plata se van de México. Nuestros minerales se quedarán aquí. Habrá una expropiación minera. Cinco siglos de saqueo mineral han sido suficientes. Ahora le toca a la nación explotar sus propias minas.

–¿Algún último mensaje que quieras dar a tu público?

–Gracias, Joaquín. Nuestro país está colapsado, dividido y sumido en la miseria. Pero ya en el pasado hemos demostrado que en las peores catástrofes es cuando nos olvidamos de nuestras diferencias y sacamos de nuestras entrañas el orgullo nacional. Ahora mismo vivimos una catástrofe en el país, pero no lo alcanzamos a ver porque estamos acostumbrados a vivir en nuestra jaula y con nuestro alpiste. ¡Es hora de despertar de esta pesadilla! Si no nos unimos ahora, nuestro México se perderá para siempre. Hagamos un último esfuerzo por incorporarnos al tren del desarrollo y yo les prometo que en 15 años seremos una potencia mundial si sabemos seguir los mismos caminos que han seguido países como China, Malasia y Singapur, que hace poco tiempo no figuraban siquiera en el mapa económico del mundo. Mi primera tarea como presidente será la de convocar a un Congreso Constituyente para dejar atrás el lastre de un marco constitucional hipertrofiado, proteccionista, intervencionista y populista, para dar entrada a una nueva era de libertades y de productividad con responsabilidad social en un México incluyente y diverso. En nuestra diversidad está nuestra fuerza. En nuestros indígenas, en nuestros pescadores, en nuestros empresarios, en nuestras mujeres, en todos los que hoy discriminamos sin razón, azuzados por una administración siniestra. ¡Que Dios los bendiga a ustedes y a nuestro amado México!

La entrevista terminó y se extendió por las redes sociales como la pólvora.

En los debates entre los candidatos presidenciales, Zepahua no dejaba de insistir en sus proyectos de campaña, mientras que el candidato oficial, seguro de su victoria, lo minimizaba por su corta edad, su aspecto insignificante y su procedencia indígena. Simplemente no lo consideraba rival para él, aun cuando las encuestas lo colocaban demasiado cerca. Pero eso no le preocupaba. Nunca lo vio venir.

El día de las elecciones el candidato oficial obtuvo un 41% de la votación total, mientras que Zepahua un 37%. Era necesaria una segunda vuelta. Fue entonces cuando todos los partidos y candidatos de oposición se unieron alrededor del indígena en sandalias y destronaron al rey. Ganó las elecciones con un 60% de los votos.

La noche que tomó posesión, Zepahua hizo un gesto muy simbólico ante el Congreso de la Unión. Ya no llevaba puestas sus ropas raídas, sino un traje obscuro a la medida. Había anunciado que daría un mensaje, la mitad en español y la mitad en náhuatl. Audífonos para la traducción simultánea fueron repartidos entre diputados, senadores e invitados especiales.

Luego de tomar una impecable protesta constitucional, levantó su puño derecho y exclamó:

–¡Tepanahualiztli!

Todos permanecieron callados unos instantes, hasta que la traductora dijo: “¡Victoria!”

El Congreso se puso de pie y aplaudió por largo tiempo.