El horizonte de la inteligencia artificial

Adriana Campuzano Gallegos

Magistrada en el Poder Judicial de la Federación. Es Maestra en Derecho Judicial por la Universidad Panamericana y en Administración Pública por el INAP. Es Licenciada en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue integrante del Comité Académico del Instituto de la Judicatura Federal y es socia fundadora de la Asociación Mexicana de Juzgadoras, A.C. de la cual fue presidenta de 2012 a 2015. Autora de Inteligencia Artificial para Abogados, entre otros estudios.

 

En tiempo de crisis es posible que muchas personas estemos dispuestas a abandonar las creencias y los paradigmas que han regido nuestras vidas y que nos demos la oportunidad de buscar nuevos horizontes con la esperanza de hallar otros caminos hacia una vida mejor.

Quizá por eso en estos días es más frecuente, que hace apenas un par de años, encontrar personas interesadas en saber de qué se habla cuando se aboga en favor o en contra de la inteligencia artificial.

Quienes hemos puesto la mirada en este fenómeno, desde nuestras propias trincheras profesionales, ya no somos vistos, al menos en todos los casos, como amantes de la ciencia ficción o como tecnólogos futuristas o crédulos.

Pero la circunstancia de que en ciertos ambientes se empiece a explorar los conceptos asociados con la inteligencia artificial, en modo alguno supone que quienes abordan el tema tengan una preocupación fundamental por comprender cómo ella empieza a incidir en la idea de la humanidad y a transformar la vida como la hemos concebido por siglos.

Una idea primaria sobre la inteligencia artificial puede formarse a partir de los momentos en que súbitamente tropiezas con procesos, sistemas u objetos que son desarrollados sin la intervención de la persona humana y que, sin embargo, podrían pasar fácilmente por acciones humanas.

Una conversación con un chatbot operado por una institución bancaria puede resultar desconcertante, si no sabes que detrás de ella está un sistema informático y tus preguntas no corresponden a los estándares adoptados por su programación, o altamente satisfactoria, si sabiendo sus limitaciones, le pides información precisa de aquella que constituye el núcleo de la operación bancaria.

La adquisición de un aparato con asistente personal te permite descubrir el encanto de tener alguien siempre disponible para responder tus preguntas, resolver tus dudas, darte auxilio en labores cotidianas o, incluso, para escucharte…

Pero ¿qué significa que las personas experimentemos placer al conversar con una máquina? ¿Qué explica que necesitemos auxilio de un asistente personal informático y que este nos parezca más confiable, preciso, puntual y quizá más divertido que otro humano?

Por supuesto que quienes vemos las bondades de la inteligencia artificial podemos encontrar algunas respuestas a estas interrogantes, respuestas que tienen que ver con razones de eficiencia, eficacia y de —diríamos los abogados— economía procesal.

Utilizar sistemas dotados de inteligencia artificial elimina los defectos, las debilidades, los imprevistos, las limitaciones de la actuación humana y, en ese sentido, son una oportunidad de desarrollo, benéfica para la humanidad, que debe ser utilizada para vencer los males que aquejan a nuestra especie.

Bastan unos pocos ejemplos para demostrarlo.

Los robots dotados con inteligencia artificial pueden actuar en ambientes inhóspitos para el ser humano y, por ello, extraer materiales de la superficie lunar o hacer trabajos de limpieza en el fondo del mar.

Los sistemas inteligentes pueden controlar de manera adecuada el flujo vehicular de una gran ciudad o monitorear las condiciones atmosféricas de grandes extensiones de tierra para verificar el grado de humedad de los cultivos.

Los agentes inteligentes pueden acelerar la producción de vacunas para atender una pandemia o encontrar en segundos soluciones a problemas que exigirían muchas horas de trabajo humano.

Los sistemas inteligentes pueden revisar una biblioteca completa buscando las soluciones que se han dado en el curso de los años a un problema de justicia, hallar patrones comunes entre un número elevado de casos, encontrar deficiencias o errores en miles de hojas de contratos, construir escenarios e identificar propuestas de solución.

¿Podría negarse que estos procesos de inteligencia artificial son benéficos para las personas humanas; que potencialmente pueden auxiliar a la sociedad a mejorar sus condiciones de vida, asegurarle alimentación mediante el control de los cultivos y aliviar enfermedades?

A esta altura del desarrollo de la inteligencia artificial, sería difícil desconocer estas ventajas, con todo y que grandes sectores de la población ni siquiera han oído hablar de ella.

También están quienes son críticos del futuro de la inteligencia artificial, que afirman que son muy altas las expectativas, pero pobres los avances; que si bien, la inteligencia artificial débil puede ser útil a la humanidad, la fuerte no lo será y, en cambio, le representará un peligro por las capacidades que tendrá para controlar la actividad de todos los sectores de la población. Lo prevén observando cómo en ciertos países con regímenes totalitarios, los sistemas de vigilancia y el uso de nuevas tecnologías, como el reconocimiento facial o las redes 5G, sirven para conocer todos los movimientos de las personas una vez que salen a la calle y hasta que regresan, además del control sobre su actividad en el hogar que se ejerce a través de programas espías que navegan por la red y recogen información sobre comunicaciones, fotos, preferencias personales y opiniones.

Pero estas respuestas para las interrogantes sobre cómo interactuamos con los agentes inteligentes no esclarecen algunos aspectos de estas relaciones.

¿Por qué las personas prefieren utilizar plataformas inteligentes y medios tecnológicos para trascender en otras, desconocidas, ajenas, distantes (algunas de ellas ni siquiera humanos), en lugar de establecer diálogos con las personas que viven con ellas, que asisten al mismo centro escolar o de trabajo o que son sus vecinos? O ¿cómo tiene cabida en nuestra sociedad un Griefbot, un robot para sobrellevar el duelo, que ha sido alimentado con la huella digital de la persona muerta y es capaz de mantener conversaciones como ella lo haría?

¿Es una manifestación del proceso de deshumanización, que se traduce en la pérdida de las cualidades que definen a lo humano? O ¿acaso se trata de lo contrario, de un esfuerzo consciente de humanizar lo inhumano?

Los seres inteligentes adquieren apariencia humanoide y son construidos con la capacidad de imitar la apariencia, las facciones, los movimientos, los hábitos y hasta aparentar emociones de las personas humanas.

Más allá de las razones de negocio que inspiran estas iniciativas, lo relevante es observar cómo reaccionamos ante esos esfuerzos y cómo, en nuestro entendimiento de que el ser humano es el centro del mundo, realizamos un proceso de transferencia de sus cualidades y características a entes que no lo son y, a partir de este proceso, sustituimos a las personas humanas por máquinas para establecer con ellas vínculos que no estableceríamos fácilmente con otras personas.

Lucky Robotina es una máquina dotada de inteligencia artificial creada para que visite y platique con las personas enfermas de Covid en el hospital Centro Médico de la Ciudad de México. Sus creadores consideraron el aislamiento de las personas enfermas y pensaron en la conveniencia de que se utilizara un robot —que no corre el riesgo de contagio– para que brindara auxilio a los psicólogos de la institución en la tarea de dar soporte emocional a los pacientes. Las noticias sobre este proyecto dejan entrever que los enfermos interactúan con Lucky Robotina estableciendo cierto grado de empatía.

Miquela Sousa es un robot influencer digital que tiene más de un millón de seguidores en Instagram. Quienes la siguen, observan su conducta, la imitan, le conceden likes, la dejan entrar en su vida y, en cierta medida, ocupa sus pensamientos.

¿Por qué los humanos podemos entablar vínculos de admiración, de simpatía, de cariño o de apego con robots o sistemas inteligentes como lo hacemos con otros seres sintientes?

Ciertamente, los animales, las plantas y algunos ecosistemas han sido considerados seres sintientes y sometidos a estatutos de protección frente a las acciones de intromisión o de agresión por parte de las personas humanas, pues se entiende que pertenecemos a la misma escala, pero en diferentes niveles.

¿La diferencia entre estos seres sintientes y los agentes inteligentes será la vida?

Pero ya existen agentes inteligentes revestidos o conformados con materiales biotecnológicos que paulatinamente se están acercando al mundo natural: las robobees, los robots híbridos, blandos y los materiales DASH (DNA-based assembly and synthesis of hierarchical materials) son ejemplos.

En una conferencia mundial de robótica se pronosticó que en algunos años los humanos y los robots seremos socios y juntos trabajaremos en favor del desarrollo y la prosperidad.

Socios sí, pero no humanos, podría decirse, claro; pero ¿qué define a la humanidad? Así como no hay un consenso sobre qué es la inteligencia humana, puede ser que tampoco lo haya sobre lo que define a la humanidad

¿Humanidad es la suma de libertad, dignidad y responsabilidad?

De ser así, deberíamos tener cuidado con el horizonte de desarrollo de la inteligencia artificial.

La inteligencia artificial comienza a imponer retos relacionados con la libertad, dignidad y responsabilidad de los seres humanos, pero también respecto de ciertos procesos de los seres inteligentes que pueden aproximarse a la “libertad”, “dignidad” y “responsabilidad”.

Los buscadores de información en internet, que diariamente utilizamos, nos ofrecen resultados sesgados por nuestras preferencias, creencias, intereses y valores y, al hacerlo, limitan seriamente nuestros Derechos Humanos de acceso a la información y a las libertades de pensamiento y de expresión.

Los perfiles laborales elaborados por sistemas inteligentes que rastrean nuestra información a partir de nuestra actividad en la red, colocan a las empresas contratantes en la posibilidad de limitar nuestro Derecho Humano al trabajo y crean condiciones favorables para acciones de discriminación a partir de nuestras creencias, hábitos, orientación sexual o filiación religiosa.

La robotización de las fábricas en la era de la industria 4.0 y la sustitución de mano de obra humana por sistemas inteligentes es potencialmente generadora del empobrecimiento de grandes sectores de la población y, para algunos, atentatoria de la dignidad humana, en cuanto convierte a las personas en seres desechables, de segunda, incapaces en muchos casos, sobre todo tratándose de aquellos que apenas tienen instrucción básica, de competir con los robots en la realización de las actividades industriales, comerciales y de servicio que han sido la fuente ordinaria de los ingresos que necesitan para subsistir y sostener a sus familias.

El uso de armas inteligentes en campos de batalla o en ataques a objetivos militares ha permitido que, en los hechos, ni siquiera sea necesaria la voluntad de quienes antes, como pilotos, marinos, soldados o combatientes, tenían que realizar los operativos, liberándolos de las culpas y, por tanto, de la responsabilidad moral que pesaba sobre ellos al ejecutar esas acciones.

Y si hablamos de los sistemas inteligentes, son bien conocidas sus capacidades de aprender por sí mismas sin supervisión humana (Deep learning), gracias a su programación y a las interacciones que hacen con el medio ambiente, que les permite actuar y reaccionar de una manera que no es totalmente predecible. Se trata de un espacio fuera de control en donde ellos “deciden”.

Si alguno de ustedes ha tenido la curiosidad de conocer los diálogos y palabras que expresan algunos seres inteligentes humanoides, como Sofía y Bina48, seguramente se habrán sorprendido de escuchar que, entre sus aspiraciones, están las de que las personas las valoren y aprecien como seres cohabitantes de este planeta y colaboradores en la construcción del futuro común.

Incluso, hay quienes sostienen que los robots –sobre todo aquellos que prestan servicios de cuidado y alivio a los enfermos, adultos mayores o personas con discapacidad– y los juguetes con apariencia humana para niños deben ser tratados con cuidado y con respeto, por lo que simbolizan para sus usuarios. Incluso, se considera la posibilidad de crear estatutos de protección para estas máquinas.

¿Qué decir de los cíborg, que son humanos con implantes inteligentes, y de la posibilidad de que la fusión humano-máquina produzca seres híbridos, según anuncia el posthumanismo?

Y sobre responsabilidad, existe un movimiento que busca crear un estatuto especial para robots, a partir de la noción de personalidad electrónica, que los convierta en centros de imputación de obligaciones para que respondan por las acciones dañinas que puedan ocasionar precisamente en aquellos supuestos en que sus acciones no fueron previstas por sus diseñadores y el usuario adquirió ese riesgo al contratarlos.

Libertad, dignidad y responsabilidad, cuestiones centrales que deben ocupar nuestra atención en el horizonte de la inteligencia artificial.