El bien humano olvidado

Joaquín Mendoza Esquivel

Abogado. Exmagistrado del Tribunal Superior de Justicia del Estado de México. Expresidente de la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia del Estado de México. Exdirector general de la Escuela Judicial del Estado de México.

 

 

El ser humano tiene en sus manos el poder de edificarse o de destruirse. Sus decisiones, inexorablemente conducen a uno de esos dos resultados.

Introito

Día a día, estamos inmersos en una dinámica antropológico-social muy intensa. La dimensión en la variación de la vida de las personas es insospechada, producto de la evolución en las ciencias, las tecnologías, el lenguaje, las vinculaciones entre los seres humanos y un gran etcétera…

Ese dinamismo escasamente concede a las personas momentos de reposo para la reflexión e introspección. Pienso: en muchas ocasiones conduce a tomar decisiones ajenas al verdadero bien de las personas; bien que debería estar siempre presente. Todo ser humano tiene vocación al bien verdadero, a la edificación personal y social.

Las decisiones contrarias al bien humano: mala praxis, atentados contra la vida de las personas, entre otros, representan un olvido de esa vocación. No es este el lugar para teorizar sobre qué es el bien humano; solo expreso, en aras de clarificar el contenido de este artículo: el bien humano es edificador de las personas.

Uno de los sentidos de la expresión lingüística “olvido”, conforme al Diccionario de la Real Academia Española: Descuido de algo que se debía tener presente.

La gran oportunidad es que siempre resulta posible recuperar la memoria. Es siempre posible tornar al bien.

Para tratar de justificar el presente artículo, me apoyo en el pensamiento del gran teólogo alemán Joseph Ratzinger expresado en: Si quieres la paz, respeta la conciencia de cada hombre.1

En lugar de realizar un tratamiento puramente conceptual, acudiré al modelo narrativo a fin de desenvolver mis ideas.

Actitudes personales y la conciencia

De primer momento, ¿qué motiva a las personas a reaccionar con emotividad, con admiración y reconocimiento ante un acto heroico? Por ejemplo: rescatar a las víctimas de un catastrófico fenómeno natural. O bien, ¿cuál es el origen de las expresiones de rechazo, desaprobación e incomodidad ante actos contrarios al bien? Pongo por caso: los ataques a la vida de las personas.

Ese tipo de reacciones en los seres humanos surge de manera espontánea. ¿Qué ocurrió?, pues, maravillosamente, la conciencia se hace presente.

La conciencia, inmanente a la naturaleza de las personas, garantía en el ejercicio de la libertad personal, de su ejercicio por la verdad y el bien de los seres humanos; simultáneamente, defensa ante el desacierto y el error en la toma de decisiones; por tanto, elemento en favor de la construcción del bien común.

Es indisputable la necesidad de atender los llamados de la conciencia: se debe seguir aquello a lo cual nos llama; sin embargo, es lugar común reconocer que la conciencia no es infalible. ¿Entonces?

En el abordaje del tema de la conciencia errónea, Ratzinger advierte que la conciencia es: “Como la ventana que abre al hombre el panorama de la verdad común que nos sustenta y sostiene a todos, haciendo posible que seamos una comunidad de querer y de responsabilidad apoyada en la comunidad de conocimiento”.2 Entonces… la conciencia nos impele a buscar la verdad, elemento articulador de las diferentes necesidades, responsabilidades y libertades de los seres humanos; implica encontrar el conocimiento verdadero, el saber veraz, fundamento de las decisiones individuales y sociales.

No es de la naturaleza de las personas el nihilismo, el quedarse inmerso en una subjetividad errónea y a partir ella tener vivencias antropológicas. Una subjetividad así, no quiere verse apelada, recurrida, revocada. Asume una conducta pasiva de conformidad, de adaptación a los modelos de vida de moda o superficiales, con renuncia de la búsqueda de la verdad, de lo que es bueno, edificante para los seres humanos.

Una manera en la cual se hace presente la sensación de la conciencia errónea es el sentido de culpabilidad. Acallar ese sentido es olvidar el llamado a la verdad y al bien humanos.

Un estado de aceptación general de la subjetividad errónea no es permisible por catastrófico y desalentador.

Joseph Ratzinger nos recuerda un impactante mensaje realizado por el nuevo Patriarca de Moscú en 1990, a través del cual llamó la atención al decir, esencialmente, que la capacidad de percepción de las personas que vivan en un modelo de error se ve inevitablemente nublada: “La sociedad pierde la capacidad de misericordia y los sentimientos humanos desaparecen. Una generación entera estaría perdida para el bien y las obras humanitarias”.3 La búsqueda y la lucha por el bien y la verdad jamás será suficiente, nunca será tiempo perdido. Pensar lo contrario, es admitir la derrota humana, el extravío del mundo.

La conciencia es la ruta del conocimiento verdadero; es también, de la libertad cierta, pues nos permite tener un horizonte claro, como una línea de oro para componer la Obra maestra de la vida, alejados del error y del engaño, corregir las andaduras. Permite la escucha profunda del alma.

Un ejemplo de vida por el bien

Jenofonte, en sus Recuerdos de Sócrates, cita un diálogo entre Hermógenes y Sócrates:

En efecto: contaba que, oyéndole tratar toda suerte de asuntos menos de su proceso, le dijo: “¿No deberías, Sócrates, pensar en tu defensa?”; y que Sócrates le contestó: “¿Pero no te parece que me haya ocupado de ella toda la vida.”

Y preguntándole Hermógenes de qué manera, respondió: “Viviendo sin cometer injusticia alguna, medio éste a mis ojos el mejor para preparar mi defensa”.4

Sócrates tenía un estado de ánimo sereno, bajo la intelección de un obrar justo, de haber hecho el bien, lo cual, por sí mismo le prepararía para la mejor defensa. Tiene conciencia de no haber procedido con subjetividad.

La subjetividad propia como criterio de verdad y de bien es relativismo, alejamiento de la verdad. Esa subjetividad como único criterio para decidir, sujeta a las personas, pues hay tantas subjetividades como personas actúen bajo ese parámetro, esto es, bajo su propia subjetividad, lo cual les impedirá elevar el espíritu para alcanzar el correcto ejercicio de la libertad, la verdad y el bien común. Además, tal subjetividad vacía de contenido toda expresión, se torna formalismo exclusivamente.

En lugar de esa actitud, es necesario tener presente que el deber de las personas es obrar libremente, pero por la verdad y el bien. Atender a la anamnesis.

Algo de Hans Kelsen

Para los juristas, el nombre de Hans Kelsen es en extremo familiar. Este iusfilósofo austriaco, en su obra ¿Qué es la justicia?, remite a la pregunta que Poncio Pilato hizo a Jesús de Nazaret, “¿qué es la verdad? Kelsen la vincula con aquello que él ve como la eterna pregunta formulada por la humanidad: ¿Qué es la justicia? El pensador austriaco sostuvo la imposibilidad de decir qué es la justicia absoluta, conformándose con la justicia relativa.

El relativismo filosófico impulsado por Kelsen, propone así, una casuística de convicciones opacas por relativas para la toma de decisiones en la vida de las personas.

Esa propuesta relativa, desconoce la anamnesis que guía a los seres humanos a la verdad.

La verdad, no obstante, se encuentre en una ciénaga; está ahí, se la debe rescatar para verle de nuevo florecer.

Pienso que el ejercicio de la libertad de las personas debe ser por la verdad, el bien individual y el de la comunidad, por lo mejor de la humanidad.

El elenco de la conciencia

Joseph Ratzinger, en la obra que me sirve de guía para este documento, cita dos planos del concepto de la conciencia empleados por la principal corriente escolástica: a) la sindéresis y, b) la conscientia.

La anamnesis

Ratzinger, al ocuparse de la explicación del primer plano de la conciencia, señala que el término sindéresis ofrece ausencia de claridad en su sentido exacto, lo cual lo motiva a sustituirla por la expresión anamnesis, por parecerle un concepto más claro; y a la anamnesis la identifica con lo expresado por San Pablo en el capítulo 2 versículos 14 y 15 de la Epístola a los Romanos: “En verdad, cuando los gentiles, guiados por la razón natural, sin Ley, cumplen los preceptos de la Ley, ellos mismos, sin tenerla, son para sí mismos Ley. Y con esto muestran que los preceptos de la Ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia”.5 Este nivel de la conciencia es de índole ontológico.

El rasgo ontológico de la conciencia se muestra en cada persona en una especie de recuerdo primigenio de aquello que es bueno y verdadero. Es el llamado interior a la verdad y al bien, el cual, apela a comportarse conforme a ellos por ser propios de la naturaleza humana; y nos permite edificarnos de la mayor forma posible.

Esta anamnesis, afirma Ratzinger, inserta en el interior de las personas necesita de ayudas externas.

Externalidad para que, de una forma mayéutica, haga presente la verdad.

El entorno y los acontecimientos de la vida, aspectos exteriores a las personas, orillan a tomar decisiones, generan la reflexión y la anamnesis permite la respuesta verdadera.

La conscientia

Joseph Ratzinger refiere que para Santo Tomás de Aquino la conciencia es un rechazo interior del mal y una tendencia al bien; se patentiza en acontecimientos singulares, concretos. Conformada de tres instantes: a) el reconocimiento; b) dar testimonio; y, c) juzgar.

Por el acto de la voluntad, se aniquila el conocimiento o se deja llevar a él; lo cual depende de la inclinación moral en las personas; por ello, esa tendencia moral, se clarifica u obscurece, y finalmente, en el estadio del juicio personal, se localiza la conciencia errónea.

Ratzinger razona respecto de la inicial obligatoriedad de seguir la conciencia errónea, es decir, el juicio equivocado; empero, sólo en la acción actual; no puede ser motivo justificatorio per se y por siempre para conformarse con la conciencia errónea y de ese modo actuar en todo momento.

Pero el hecho de que la conciencia alcanzada obligue en el momento de la acción no significa canonizar la subjetividad. Seguir la convicción alcanzada no es culpa nunca. Es necesario, incluso, hacerlo así. Pero sí puede ser culpa adquirir convicciones falsas y acallar la protesta de la anamnesis del ser. La culpa está en otro sitio más profundo: no en el acto presente, ni en el juicio de la conciencia actual, sino en el abandono del yo, que me ha embotado para percibir en mi interior la voz de la verdad y sus consejos.6

La grandeza del bien, de la libertad verdadera y de la verdad imponen a las personas caminos difíciles, cimas por alcanzar, pero es hermoso trabajar por ellas.

Los desvíos en aquellas determinaciones contrarias a la vida de las personas ejecutadas intencionalmente, pueden ser corregidas con la atenta escucha al llamado íntimo que hace la anamnesis, para arribar a juicios por el bien propio y el bien común en grado superlativo, cambiar las decisiones, por el bien de la humanidad, por su edificación.

El salmista preguntó: “¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán, para que de él cuides?” Salmo 8, 5.

Los seres humanos estamos llamados a enmendar errores, a elevarnos al bien, a la verdad. Esto, no debe olvidarse.


1 Ratzinger, Joseph, en Verdad, valores, poder, Madrid, Rialp, S.A., 2012, pp. 43-77.

2 Ratzinger, Joseph, Op. Cit., p, 49.

3 Ratzinger, Joseph, Op., Cit. P. 54.

4 Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1965, p. 243.

5 Ratzinger, Joseph, Op., Cit., p. 66.

6 Ratzinger, Joseph, Op., Cit., pp. 73,74.

BIBLIOGRAFÍA

1. Jenofonte, Recuerdos de Sócrates, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1965.

2. Kelsen, Hans, ¿Qué es la Justicia? México, Fontamara, 2007.

3. Ratzinger, Joseph, Verdad, valores, poder, Madrid, Rialp, S.A, 2012.