Editorial

Intuimos que estamos a punto de arrostrar un gran salto en la estructura organizativa de la humanidad. No sabemos todavía si se tratará de un salto evolutivo o involutivo, pero nadie parece dudar de que las máquinas, dotadas de algo que ya no sólo analógicamente llamamos “inteligencia”, están listas para convivir con nosotros.

Antes de pensar en las consecuencias convendría detenernos en las definiciones. Sabemos que existen autómatas, replicantes, robots, incluso bots, capaces de jugar ajedrez o de escribir poemas. ¿Ello los hace “inteligentes” en todas las complejísimas dimensiones que encierra semejante concepto? ¿Es pertinente que nos olvidemos de la empatía como elemento –principalísimo, según lo ha mostrado la Biología– de la inteligencia, para dar paso al colmo del Racionalismo reductor, a la posibilidad de decantar todas las operaciones de la mente hacia un código minimizador, proceso del cual algo sabemos los juristas desde hace poco más de 200 años?

La inteligencia de artificio no parece, hasta este instante, capaz de hacerse cargo de las atribuciones compasivas que siguen siendo indispensables para el discernimiento jurídico, en especial para aquel que se halla relacionado con el debido procesamiento de las causas judiciales. La posibilidad big data de procesar millones de millones de conceptos, precedentes, argumentos, coincidencias, coyunturas, rationes decidendi y obiter dicta provoca la sensación de que la tecnología ha de proporcionarnos una justicia más cabal, expedita e “inteligente” en un plazo que se hace cada vez más corto. Pero, para hacer un guiño al clásico, ¿sueñan los jueces androides con expedientes eléctricos? ¿Poseerán esos replicantes perfectos algo parecido a las “neuronas espejo”? ¿Será que cada profesión jurídica terminará reducida a una muy específica función dentro de la distopía supuestamente lúdica del Ready Player One?

Como puede observarse, este número de Tiempo de Derechos se hace cargo de muchos cuestionamientos; de múltiples, variados y urgentes cuestionamientos: ¿Es posible una “inteligencia” que no se base en la cooperación para la supervivencia, en la capacidad de experimentar el pathos ajeno como si fuera propio, en la solidaridad para responder, a una voz, por el dolor comunitario? ¿Es deseable una inteligencia “no emocional”? ¿Podemos generar Derecho (o, más claro aún, Justicia) sin un elemental sentido de la simpatía? Para aterrizar en la práctica cotidiana y laboral, ¿qué haremos con tantos, tantísimos seres humanos desplazados por las máquinas a la hora de realizar trabajos entre los que seguramente contaremos, en breve, a los forenses y notariales?

El post-Humanismo, ¿es, pues, un Humanismo? ¿Tendremos “Derecho” y práctica de “Derechos Humanos” cuando la inteligencia de nuestra especie comience a considerarse residual o incluso prescindible? En todo caso, habrá que pensar que lo que nos tiene aquí, en esta actualidad y no en otra, a las mujeres y a los hombres de hoy, ha sido nuestra capacidad milenaria para cooperar, para responder solidaria y compasivamente, para resolver nuestros complejos problemas a través de un pensamiento crítico que trascienda la mera codificación abstracta de las supuestas soluciones salvaguardando siempre la indisputable dignidad de la condición humana. Si una inteligencia artificial logra desarrollar semejantes facultades, podremos comenzar a considerarla una inteligencia sin adjetivos.