Editorial

Si alguien hubiera dicho en la Nueva España, el 27 de septiembre de 1821, que la misma fecha pasaría prácticamente desapercibida e inédita para los mexicanos de 200 años después, habría sido tildado de mentecato, envidioso o mezquino. Y, sin embargo, así sucedió.

Aquel día fue, según afirmó Lucas Alamán, el único en el que el país encontraría una felicidad pura, sincera y sin sombras a lo largo de la aciaga primera mitad del siglo XIX. Al paso de las tropas trigarantes por la garita de Chapultepec y la calle de Plateros rumbo a un palacio que no sería más virreinal sino propio de la refulgente nación mexicana, los augurios parecían inmejorables: el inmenso país hallaría la Constitución “peculiar y adaptable al reino” que fue anunciada en Iguala, la antigua España reconocería la Independencia de su hija mayor y predilecta, y la Unión entre repúblicas de españoles, parcialidades de naturales, castas africanas, antiguos insurgentes y realistas, nobles de alta o baja cuna y clérigos de toda ralea, haría por fin “la felicidad del Septentrión” y generaría un inmenso Imperio tricolor que se extendía por entonces a todo lo ancho, y casi a todo lo largo, del macizo norteamericano y del istmo de la América Central.

Mucho ha ocurrido desde entonces y cabe cantar con el poeta, a 100 años de la conmemorativa Suave Patria, que nuestro mutilado territorio “se viste de percal y de abalorio”. A aquel Imperio le faltaron príncipe y Constitución, como sugerían O’Gorman y Robertson, y le sobraron traiciones, ambiciones y juramentos incumplidos. Pero nuestra Independencia sigue aquí, imprescindible, orgullosa, espiritual y terca, como lo fueron los grandes ministros de la Suprema Corte de la República Restaurada que, 50 años después de los hechos de Iguala y Córdoba, pudieron por fin consolidar el Estado constitucional en nuestro país.

Ante la desmemoria, Tiempo de Derechos ha querido plantear un ejercicio historiográfico crítico, al alimón de consideraciones jurídicas de alto nivel técnico y marcada vocación humanística. Lo hacemos con la convicción de Tomás y Valiente en el sentido de que la Historia no es –no puede serlo– un mero ejercicio de evasión. Nuestras plumas expertas se han dado a la tarea, tanto en lo jurídico como en lo histórico, de plantear sus argumentos siempre desde el constructivo prisma de la dignidad humana. Para un futuro mejor, con un Estado constitucional y democrático de Derecho pleno y consistente, nada como saber vivir en el presente enarbolando, con comprensión crítica y aguda, un pasado siempre complejo, determinante y colmado de pasión.

Si algo ocurrió hace 200 años en curiosa concomitancia con los 300 de la caída de México-Tenochtitlán en manos europeas, es que nuestra Suave Patria se pudo dar un Estado que, con el tiempo, haría evolucionar las tres garantías de la bandera tricolor hacia estadios de pureza y libertad religiosa, de autonomía y generación independiente de un carácter nacional y, sobre todo, de unidad entre quienes, a fuerza de ser distintos (y precisamente por ello, como decía San Juan Pablo II), hemos reivindicado desde hace 20 décadas nuestro derecho a ser iguales en dignidad.

Feliz cumpleaños Suave Patria, alacena y pajarera, vendedora de chía.