Dos titanes en el Purgatorio

Daniel González-Dávila 
presidencia@bufetenacional.org  

 

Abogado por la UNAM. Exdelegado presidencial ante la SCJN y Jefe de la Unidad de Relaciones Internacionales de la misma. Desde 2007, es socio presidente de Bufete Jurídico Nacional. Escritor y Barítono.   

 

IN MEMORIAM

Ignacio Burgoa Orihuela
1918–2005
Juan Díaz Romero
1930–2014

 

La penumbra era densa en un inmenso desierto. Los ojos del alma apenas podían distinguir un pequeño punto de luz en el horizonte. Lo llamaban “el punto sin retorno”. Ese pequeño punto era la única esperanza. Millones esperaban que un día ese punto se abriera para ellos y pudieran traspasarlo para llegar al Creador, mientras las preguntas fundamentales eran generalizadas: “¿cómo puede haber un espacio temporal inserto dentro de lo eterno? ¿No es acaso Dios todo amor y misericordia? ¿Cuánto iba a durar este vacío infame, esta indiferencia del Altísimo?

–Tranquilo, Ignacio –le dijo un día Anahel, un ángel alado, andrógino, luminiscente y de extrema belleza–. Hay millones de personas orando por las almas del Purgatorio. No te atormentes más. Sabes que pronto estarás con el Señor, pero antes tienes que limpiar tu alma de toda impureza. Y para eso es menester hacer meditación sobre la vida que llevaste en la Tierra.

–Sé que he sido un pecador, ¿pero cuánto tiempo más durará este martirio?

–Lo necesario. No has sido un mal hombre, todo lo contrario. Pero lamentablemente has atentado contra el Evangelio, y eso no es muy bien visto en este vecindario. Al que más se le da, más se le exigirá.

–Pero Anahel, ¿qué he hecho yo contra el Evangelio? ¡Si toda mi vida la he consagrado a Cristo como mi Señor y Salvador!

–Te equivocas. Ya lo hemos hablado. Has negado públicamente la confesión auricular e, incluso, te has ufanado de ello en tus Memorias, sabiendo perfectamente que el Señor dio autoridad a Su Iglesia para perdonar los pecados. “Lo que atareis en la Tierra será atado en el Cielo y lo que desatareis será desatado”.

–¡Pero en el Padre Nuestro le pedimos a Dios que perdone nuestros pecados!

–Ni siquiera en el Purgatorio dejas de litigar. Aquí las cosas son como son. ¿Cómo sabes tú que Dios te ha perdonado? Para eso el Señor dejó a sus apóstoles. ¡Nunca te acercaste a un confesionario, donde es Cristo mismo quien escucha y perdona!

–Ni hablar. No me queda más que esperar, supongo.

–Supones bien. Pero no sólo es esperar, es meditar sobre tus acciones.

–Lo he hecho de sobra. ¡Pero ahora este lugar me resulta tremendamente aburrido!

–Veo que ya superaste la etapa del vacío. Bien por ti. Eres un alma fuerte. No tardarás mucho en salir de aquí. Por lo pronto puedo llevarte con alguien que está en condiciones similares a las tuyas y con quien creo que tendrás buena afinidad. Es un alma férrea que también está de paso, purgando algunas nimiedades. Te gustará conocerlo o, más bien, reconocerlo.

–¿Harías eso por mí? Aquí la soledad es abrumadora.

–Lo hago por ambos. Los dos son espíritus de bondad arrolladora que han tenido que pasar por aquí por breve tiempo y casi por mero trámite. Juan fue siempre un ejemplo de generosidad, humildad y bonhomía que reconoció al Señor cuando cruzó el umbral. Pero al igual que tú, se abstuvo de obedecer ciertas reglas evangélicas. Te agradará saber que es un gran jurista, al igual que tú.

–¿Reglas evangélicas? ¿Qué acaso los Evangelios son leyes duras como las de Moisés?

–No, no lo son. Son un conjunto de principios basados en el amor que no exigen perfección y que dan sentido a las leyes antiguas. La perfección neurotiza. Sólo te piden que te entregues lo mejor que puedas a una vida lo más posible alejada de apegos, impulsada por el amor a los demás y que tengas un poco de fe. La misericordia de Dios se encarga del resto.

–¿Y quién es este jurista de quien me hablas?

–¿Por qué no lo averiguas por ti mismo?

–Te estoy inmensamente agradecido. ¡Pronto! ¡Llévame con él!

El ángel envolvió al espíritu de Ignacio y se fusionaron en un torbellino que los trasladó a otro sitio desértico muy similar al que Ignacio habitaba. Inmediatamente, los dos juristas estaban uno frente al otro.

–¿El señor Ministro Juan Díaz Romero? –preguntó con asombro.

–¿El maestro Ignacio Burgoa Orihuela? –prosiguió don Juan.

–¡Un momento! –exclamó Anahel–. No sé si lo han notado, pero ustedes son almas del Purgatorio. Aquí de nada valen los títulos ni los honores. No hay más maestro, ni doctor, ni Ministro que el Divino Maestro.

–Lo siento mucho –dijo el maestro Burgoa–, pero nuestras almas aún están apegadas a nuestra antigua forma física. Me es imposible ver la figura de don Juan sin llamarlo como es debido. En el Reino de los Cielos será otra cosa.

–Concuerdo con el maestro Burgoa –dijo don Juan–. El respeto que me merece don Ignacio como maestro emérito y difusor del juicio de amparo me obliga a llamarlo como siempre fue conocido en el medio jurídico de mi país.

El ángel suspiró y dijo:

–Abogados… ¡nunca hay manera de darles gusto! Los dejo pues para que charlen en paz.

Anahel desapareció en un arremolinado salto cuántico, dejando un par de plumas blancas en el suelo.

–Es un privilegio poder tener su compañía, señor Ministro –dijo Burgoa–. No sé por cuánto tiempo pueda gozar de ella. Sentémonos en estas rocas.

–El privilegio es todo mío –contestó el Ministro–. Supongo que ésta ha sido una concesión breve del ángel que lo trajo a mi desierto, así que aprovechemos la oportunidad para conocernos mejor.

–Hemos coincidido en varias ocasiones en foros académicos y judiciales. Lamento mucho no haber hecho más por cultivar una amistad con usted, uniéndonos como hasta ahora la pasión por la justicia y el amor por el servicio a los demás a través del ejercicio profesional.

–La responsabilidad es mutua. Yo tampoco hice mucho por lograr un acercamiento. Pero eso ha quedado en el pasado. Aquí todavía podemos enmendar las cosas.

–Debo decirle que sin excepción alguna fue un placer para mí deleitarme con su prolífica producción de tesis aisladas, de jurisprudencia y sus proyectos de sentencia. Siempre me llamó mucho la atención la manera prudente y serena con la que presentaba sus proyectos ante el pleno. Tenía usted una manera muy peculiar de defender sus argumentos. Luchaba fervientemente por lo que creía que era lo correcto y, cuando el pleno no le era favorable, comenzaba por ceder ante las cuestiones secundarias. Lo que más me impresionaba era que cuando el pleno estaba mayoritariamente en contra de su proyecto, usted mismo se ofrecía a redactar uno nuevo con toda humildad, lo que yo jamás vi en otro de sus colegas. Quizá me equivoque.

–Sí se llegó a dar el caso de que otros Ministros asumieran la labor de redactar un nuevo proyecto contrario al original, pero no era la regla. No obstante, debo serle absolutamente franco. Poco antes de mi retiro me homenajearon con un epistolario donde muchos amigos y colegas se derretían en cumplidos y cortesías hacia mi persona. Nunca me había sentido tan agradecido como tan incómodo. Cuando uno trata de llevar una vida sencilla, modesta y prudente, lo menos que quiere es que lo premien y reconozcan públicamente por ello. Eso atenta precisamente contra la sencillez y la modestia por la que lo premian. Me pusieron en una situación muy difícil porque siempre he creído que el ego de las personas es nuestro peor enemigo.

–Verdaderamente el ego es el mejor fabricante de ilusiones del hombre, fuente de grandes calamidades y de absoluta perdición. Pero fuera de la incomodidad que le produjo el ser reconocido como un Juez de honda calidez humana, su carrera judicial fue fuente de inspiración para crear un Código de Ética para el Poder Judicial de la Federación, que tanta falta hacía y que aún sigue sin cumplirse a cabalidad.

–Ese Código de Ética… –suspiró el Ministro– ¡Cómo me gustaría que fuere mejorado, pero sobre todo cumplido!

–Para mí es efectivamente un documento perfectible, pero lo encuentro muy bien sustentado en la ética aristotélica, cuyo ejercicio conduce a la felicidad. Más que un documento que rige la vida de los jueces en sus asuntos, me parece un instructivo judicial para ser feliz.

–Nunca había reparado en ese punto de vista, mi estimado maestro. ¿En qué se basa usted para hacer esta afirmación?

–Me viene a la mente la Ética a Nicómaco de El Estagirita, donde éste señala que la virtud es aquella cosa que es destruida por la deficiencia o el exceso. Estas son las virtudes del carácter. Por ejemplo, quien huye de todo es un cobarde, y quien no teme a nada es un temerario. El punto medio aristotélico es la valentía, que surge del buen hábito. Virtudes del carácter como estas encontramos en el Código de Ética, tanto como las virtudes aplicadas a las artes productivas, en donde básicamente no se busca un término medio, más que en el sentido de que no se debe quitar o añadir nada a lo perfecto, sino que en términos de lo que es mejor, buscamos un extremo, no un punto medio, como lo es la excelencia en el arte de juzgar.

–Efectivamente –dijo don Juan–. El punto medio aristotélico es la clave. Entre la amargura del avaro y la locura del despilfarrador se encuentra la cordura y la felicidad que disfruta quien obra con largueza.

–Magnífico ejemplo que me hace recordar algo muy íntimo de usted.

–¿Cómo dice?

–Como usted recordará, mi nieto político tuvo en 2004, por encargo del pleno de la Corte, la responsabilidad de organizar un donativo del Poder Judicial de la Federación a la UNICEF por el terrible tsunami acaecido en Indonesia. Al poco tiempo me confió que usted fue el funcionario judicial que, por mucho, mayor donación hizo en la colecta.

–Pues su nieto político jamás debió decirle eso. Lo que hace la mano izquierda no debe saberlo la derecha.

–Y reprimenda severa hubiere merecido si lo hubiere hecho público, pero me lo confió como un secreto familiar.

–De cualquier manera, me parece que obró con imprudencia.

–Puede ser que sí. Sólo Dios lo sabe. Al parecer, hasta los más ínfimos actos de nuestra vida son tomados en cuenta para estar en donde estamos.

–¡Dígamelo a mí!

–Pero señor Ministro, ¡su vida ha sido intachable!

–Me esforcé al máximo porque así fuera, pero meditando sobre mi vida en este desierto me he dado cuenta de que pude hacer más y no lo hice.

–¿Por qué lo dice?

–Usted debe conocer de sobra dos o tres escándalos que tuvieron lugar en la Corte mientras yo fui Ministro, que incluso trascendieron a la prensa nacional y a la opinión pública. Yo siempre me mantuve al margen bajo el pensamiento errado de que cada quien debe lidiar con su conciencia y que lo único que debía importarme era la mía. De hecho, solía pensar que, aunque la Corte era rigurosa para confirmar las destituciones de Magistrados que se desviaban del camino, los Ministros sólo podían renunciar por causa grave, y eso sólo estaba bajo su propio libre albedrío. En eso me equivoqué. Para no obrar con doble moral, debí alzar la voz en esas ocasiones y promover su destitución a través de un juicio político al actualizarse violaciones a la Constitución, tras haber perdido su buena reputación, que es requisito para ocupar el cargo. El buen Juez por su casa empieza. En verdad me arrepiento de haber guardado silencio.

–Es cierto que hubo un par de casos que sin duda lastimaron la imagen y la integridad del máximo tribunal. Pero me parece que promover juicios políticos hubiere sido ahondar en el escándalo. ¿No cree usted que hubiere sido mejor que el pleno hubiere invitado a los Ministros involucrados a salir por la puerta de atrás, como recientemente sucedió?

–¿Está usted diciendo que la reciente salida de un Ministro fue orquestada por el pleno de la Corte?

–No sólo orquestada por el pleno de la Corte, ¡sino en sometimiento a la voluntad presidencial!

–Ni lejanamente creo que eso haya sucedido.

–Bien sabemos que la causa grave debe estar justificada en la propia renuncia. El Presidente de la República no tiene facultades constitucionales para justificar la renuncia de un Ministro, y mucho menos ante la prensa. Al Presidente simplemente le urgía que el Ministro abandonare la Corte, y la renuncia estuvo muy astutamente redactada para dejar constancia del hecho.

–Si lo vemos desde esa perspectiva, puede que usted tenga razón. De hecho, me parece un acto de corrupción que el Presidente de la República pretenda influir en las decisiones de la Corte, tanto como guardar silencio sobre esa intromisión por parte de los Ministros que la conforman. Toda esa relación disfuncional es corrupción pura de dos vías.

–Y esto no es nuevo, don Juan. Permítame narrarle por qué salí del Poder Judicial de la Federación en mi juventud.

–¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué dejó usted el cargo?

–Precisamente porque se pretendía atentar contra mi independencia como Juez por parte del Ejecutivo federal, con la anuencia del máximo tribunal. Recuerdo perfectamente el asunto. Se trató de una suspensión que concedí a una empresa denominada “Autotransportes del Pacífico, S.A. de C.V.”, con la que toqué intereses muy sensibles del Secretario de Comunicaciones y Transportes y del propio presidente Adolfo Ruiz Cortines. Ambos funcionarios intentaron hacerme retroceder en mi decisión y desde luego me negué. Fue entonces cuando el Presidente de la República acudió ante el pleno de la Suprema Corte y éste sesionó inútilmente para cambiarme de adscripción a la Ciudad de Mérida. Cuando me di cuenta de que no contaría con el apoyo ni siquiera del máximo tribunal del país, presenté mi renuncia al entonces presidente de la Corte, José María Ortiz Tirado, quien me la recibió con gran alivio. Eran otros tiempos, en donde el Presidente de la República mandaba en todo el país y sobre los poderes de la Unión. Recuerdo con agrado cómo mis alumnos de la Facultad de Derecho fabricaron un ataúd por “la muerte del amparo” y lo llevaron a la Suprema Corte.

–Efectivamente, eran otros tiempos que posiblemente estén a punto de revivirse con un golpe de Estado judicial –dijo el Ministro Díaz Romero.

–¿Se refiere usted a la inminente creación de una “Sala Anticorrupción”?

–¡Desde luego! La intromisión presidencial está ganando terreno de un modo cada vez más evidente. Dígame usted, ¿qué asunto relacionado con actos de corrupción no son ya de la competencia de la Primera o de la Segunda Salas? ¿Delitos, sanciones administrativas, confiscaciones, inhabilitaciones, etcétera? Si ya existen dos cuerpos colegiados de igual jerarquía encargados de juzgar ese tipo de asuntos, crear otro que conozca de los mismos, pero sólo de determinadas personas, es crear un tribunal especial, una verdadera locura, amén de que ello inflaría innecesariamente al pleno de la Corte y con el claro propósito de convertirla en un escaparate sometido a la voluntad presidencial.

–Bueno, pero los Ministros designados no representan a quien los designó. Debe haber un punto en que la sana vergüenza los debe hacer votar de manera libre y con criterio propio frente a sus pares.

–Yo no meto las manos al fuego por nadie –prosiguió don Juan–. Quisiera creer en la bonhomía natural de las personas, pero la vida me ha enseñado que se debe andar por el mundo con precaución.

–¿Cree usted en la bondad natural de las personas?

–Creo que el ser humano es capaz de hacer los más grandes sacrificios y los más grandes actos de amor que la imaginación es capaz de concebir. Pero también creo que la ocasión hace al ladrón.

–Se llama concupiscencia, Ministro. Y es lo que nos tiene aquí alejados de Dios.

–Por eso precisamente creo que se debe normar de modo exhaustivo la conducta de las personas, y especialmente la de los jueces. Me gusta el Código de Ética vigente, pero creo que hay muchas cosas que se abstuvo de prever.

–¿Cómo cuáles?

–Pues hay cosas muy obvias. No es la constante, pero existe en el Poder Judicial una corrupción innegable, vínculos con el crimen organizado, venta de plazas, pero muy por encima de todo, el cáncer del nepotismo. Hay Jueces y Magistrados que tienen a toda su familia trabajando en su oficina o en las de otros jueces a cambio de recibir a las suyas. Incluso Ministros y Ministras que tienen o tuvieron a sus hijos como Jueces o Magistrados, cuando por principio de cuentas éstos deberían huir del Poder Judicial como de una caldera que arde con azufre, so pena de caer en el escarnio público. Estos funcionarios son ciegos ante el poder. Hacen las cosas sin pensar en las consecuencias, sin ver que son vistos y que están bajo el escrutinio de la opinión pública. No tienen conciencia y su moral ha sido distorsionada por los privilegios de su cargo. Es una realidad triste y amarga.

–Entonces, ¿le gustaría una reforma al Poder Judicial?

–En ese sentido sí. Más vigilancia a los Jueces y proscripción de familiares hasta en el quinto grado. El Poder Judicial se asemeja, guardadas sean las proporciones, a las peores épocas de los sindicatos de Pemex y de los maestros. ¡Familias enteras trabajan al amparo de un funcionario corrupto!

–Pero señor Ministro, al menos en mi larga carrera como litigante en el Poder Judicial federal, nunca en mi vida tuve que enfrentarme a un solo acto de corrupción. Para mí fue un deleite constatar que el Poder Judicial es impoluto. Me devuelvo a la Ética Nicomaquea y a lo que Aristóteles dice sobre los hábitos y las virtudes: “una golondrina no hace primavera”.

–Maestro querido, usted corrió con suerte porque su renombre resonaba en todos los tribunales del país. Pero la gente de a pie no siempre corría con la misma ventura. Créame. Yo conozco muy bien a mi propia familia. Si bien es cierto que en lo general la Novena y Décima Épocas han estado libres de corrupción en la Corte, se sospechaba que Magistrados y jueces tenían vínculos con el crimen organizado y utilizaban al juicio de amparo para liberar criminales. Efectivamente, una golondrina no hace primavera, pero en casa tenemos muchas golondrinas. Y aunque fuere una sola, esa simple golondrina pone en entredicho la dignidad, la honorabilidad y la integridad de todo el Poder Judicial. Por esa razón me place en gran medida la actitud de cero tolerancia que el actual presidente de la Corte está ejerciendo desde lo más alto de su investidura. Hasta donde sé, ya van 18 casos de destituciones del puesto por distintos motivos, 99 suspensiones y 30 inhabilitaciones temporales. Pero eso no es suficiente. Se necesitan reglas más claras y más duras para desterrar el flagelo de la corrupción, en consonancia con lo que, espero de buena fe, se está haciendo a nivel nacional.

–A mí me parece que a nivel nacional se están substituyendo unos corruptos por otros corruptos. Le aseguro que todo el adelgazamiento de la administración pública se traducirá en miles de millones de pesos que irán a parar a los bolsillos de nuevos ladrones para hacer nuevos ricos. La corrupción está encarnada en el corazón humano desde el inicio de la civilización. La única manera de combatirla es hacer que la honestidad provenga del fuero interno y no de una obligación impuesta por las leyes. Kelsen definió al derecho como una “técnica social específica de motivación indirecta”. ¿Por qué motivación indirecta? Porque son otros los que nos obligan a actuar de determinada manera, a través del premio o el castigo, y no nuestro fuero interno a través del imperativo categórico de conducta kantiano. Sólo haciendo que la motivación para ser honestos provenga de nuestro fuero interno puede eliminar la corrupción, y para ello se requiere que desde pequeños nos inculquen valores cívicos, morales y espirituales en las escuelas.

–Me quedo con los valores cívicos. Pero me parece que impartir valores espirituales violaría el principio del Estado laico.

–No lo creo, señor Ministro. La laicidad significa que los jerarcas eclesiásticos no intervengan en la educación ni en la vida pública. Pero la Iglesia de Cristo es laica. La Iglesia somos todos, no sus jerarcas. No es lo mismo laicidad que ateísmo. Si nos ajustamos con plena exactitud al artículo tercero constitucional, puede enseñarse historia de las religiones, filosofía de la religión e incluso Revelación Judeocristiana sin atentar contra el laicismo ni contra el pensamiento crítico, siempre que esa educación no esté impartida por miembros de la jerarquía de ninguna iglesia. Ciencia y espiritualidad son perfectamente compatibles si combinamos las capacidades de ambos hemisferios de nuestro cerebro: el izquierdo, racional y calculador, y el derecho, abstracto y místico. Bien sabe usted que la teoría que explica el nacimiento del Universo, el Big Bang, fue auténticamente revelada al astrofísico Georges Lemaître, un sacerdote católico. Las leyes de la Física no están reñidas con la existencia de un legislador supremo, simplemente porque no hay ley sin legislador, incluidas las leyes de la evolución. Enseñar a los jóvenes que hay leyes sin legislador es lo que ahora los hace pensar también que hay voluntad sin dirección, vida sin propósito y conciencia sin valores. Esa es precisamente la fuente de todos los males de nuestra sociedad decadente.

–Tiene usted ahí un buen punto a considerar.

–Creo que, de hecho, se puede fácilmente cambiar la protesta constitucional por un juramento e instituir el delito de perjurio, incluso derivado de la falsa declaración ante la autoridad jurisdiccional. Eso no atenta contra la laicidad del Estado que, insisto, es la mera abstención de los jerarcas eclesiales de participar en los asuntos públicos.

–Veo muy difícil que se pueda implementar el perjurio sin la oposición de amplios sectores políticos. Creo que la simple protesta constitucional no tiene marcha atrás. Y con base en ella usted mismo peleó contra el propio presidente José López Portillo, si no mal recuerdo.

–Efectivamente, lo denuncié por traición a la patria y por cometer el delito de peculado en contra de la Nación, a él y a toda su camarilla de ladrones.

–¡Si tan sólo hubiera tenido usted el tiempo suficiente de hacer lo mismo en la administración presidencial anterior!

–¡Lo hubiera hecho sin temor alguno! ¡El desfalco y el cinismo de López Portillo y sus secuaces son un juego de niños frente a lo que acaba de sufrir nuestro país a manos de estos deleznables y rapaces criminales de cuello blanco! Simplemente no encuentro razón para que pasado ya más de un año de terminada la gestión presidencial no hayan rodado tres o cuatro docenas de cabezas. El que consiente la corrupción es otro corrupto.

–Vaya usted a saber a qué clase de componendas hayan llegado el gobierno saliente y el entrante.

–Simplemente no lo entiendo –dijo el maestro Burgoa–. La abrumadora forma de ganar las elecciones del Presidente de la República le daba el privilegio de no tener que llegar a ninguna forma de componenda. Su pertinaz inacción ante el escandaloso desfalco federal y de los gobiernos locales simplemente no tiene lógica para mí. ¿Y con qué cara quiere reformar al Poder Judicial si no empieza barriendo su propia casa? Todo ha quedado siempre en el discurso.

–Volvemos a lo mismo. El Presidente hizo una protesta constitucional, pero no hay forma de obligarlo a que la cumpla.

El maestro Burgoa permaneció en silencio unos instantes.

–Señor Ministro –dijo en tono compungido–, yo también tengo algo que confesarle.

–¿Qué cosa, don Ignacio?

–De igual manera juré hacer cumplir la Constitución, pero la violé. Cuando fui Juez de Distrito.

–¡Pero cómo!

–Desde 1947 ininterrumpidamente hasta mi muerte, en el 2005, fui profesor en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que a la postre se convirtió en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Casi 60 años. Esa fue siempre mi más ardorosa pasión.

–Lo sé muy bien.

–Pues resulta que un día nos llegó a todos los Jueces y Magistrados una circular que nos recordaba que ninguno de nosotros, conforme a la Constitución, podía desempeñar trabajo remunerado alguno, salvo aquellos cargos honoríficos y académicos que no fueran contra este principio.

–Y esa regla permanece vigente.

–Así es, don Juan. Fue entonces cuando me entrevisté con el presidente de la Corte, el distinguido diputado constituyente don Hilario Medina, y le expuse mi situación. Le dije que yo daba mi clase muy temprano y que ello no se interponía con mis actividades jurisdiccionales, a lo que el Ministro respondió que no podía hacer ninguna excepción. “Con mucha tristeza tendré entonces que presentar mi renuncia”, le dije. El Ministro pensó que yo me refería a presentar mi renuncia a mi clase de “Garantías y Amparo”, y me dijo: “Sé que será duro para usted, pero verá que con el tiempo lo superará”, a lo que yo le repuse: “No, señor Ministro, mi renuncia será al cargo de Juez de Distrito, no al de profesor de la Universidad”.

Esto hizo reír al Ministro Díaz Romero con franqueza.

–¿Y qué le contestó el Ministro Medina?

–Pues quedó atónito. Luego de pensarlo un rato me dijo: “Dígame, compañero Burgoa, ¿cuánto percibe usted mensualmente como profesor universitario?”, a lo que yo repuse, “alrededor de 60 pesos, señor presidente”. El Ministro meditó por un momento y me respondió: “Esa cantidad supongo que la consume usted en cigarrillos, licenciado Burgoa, por lo que no creo que se actualice la prohibición consagrada en el artículo 101 de la Constitución General de la República. Quédese tranquilo. Puede usted seguir dando su clase y desempeñar al mismo tiempo su cargo judicial. Sólo le pido que esto quede entre usted y yo”.

–¡Fantástico! –exclamó don Juan–. A diferencia de las que hemos comentado, este tipo de violaciones a la Constitución a nadie dañan. Yo le digo lo mismo: quédese tranquilo. Y hablando de cigarrillos, ¿de dónde sacó usted ese puro que tiene en la mano? ¿Acaso en su desierto hay un dispensario de habanos?

–Supongo que del mismo sitio de donde sacó usted la toga que lleva puesta, Ministro.

–¿Tengo puesta una toga? ¡No lo había notado!

–En este lugar al parecer proyectamos nuestra conciencia tal y como nos veíamos y concebíamos a nosotros mismos cuando estábamos en el mundo.

En ese instante, un portal de luz se abrió entre ellos y el ángel Anahel apareció de nuevo.

–Efectivamente, señores –intervino el ángel–. En este lugar las almas se autoproyectan como mejor se consideraban en vida. Se sorprenderían de ver a recalcitrantes pecadores proyectarse a sí mismos deformes o incluso con forma de demonios. Me da mucho gusto escuchar todo lo que ustedes han hablado en esta especie de catarsis. He logrado mi cometido al juntarlos para hablar. He conseguido por la gracia del Altísimo que se haga justicia infinitesimal.

–¿Cómo dices, Anahel?– preguntó el maestro Burgoa– ¿Justicia infinitesimal?

–Así es, Ignacio. En vida, Dios es todo misericordia, pero tras pasar el umbral es además todo justicia. Es una paradoja que sólo Dios puede resolver.

–Pues sí que es una paradoja –repuso el maestro–, porque si Dios es todo justicia, ¿quién se salvará? La concupiscencia del hombre es universal. ¡Nadie escapa de ella!

–Te olvidas de que Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él quiere que todos se salven, pero la condición es el arrepentimiento. Ustedes han llevado una vida proba y no han incurrido en pecado mortal. Por eso sólo están purgando impurezas sutiles del alma para lograr esa justicia absoluta. Se han dolido de lo único que faltaba para perfeccionar el espíritu, que es haber admitido, en cada caso, violaciones sutiles a la Constitución de su país y haber abusado, aunque sea ínfimamente, por acción o por omisión, del poder que les fue confiado, pues toda autoridad proviene de Dios. Ahora sus almas están puras y listas para el juicio.

–¿El juicio? –preguntó el Ministro–. Pero si ya hemos sido limpiados de impurezas, ¿no equivale esto a ser liberados de este desierto? ¿Volveremos a ser juzgados? ¿Qué acaso Dios se equivoca en la primera instancia y debe haber una segunda?

–Este debate es ya muy viejo, querido Juan –respondió Anahel–. En los albores del siglo XIV, el papa Juan XXII sostuvo una tesis herética en el sentido de que no había juicio después de la muerte y que sólo había un juicio final, pues Dios era incapaz de equivocarse, lo que hizo enfurecer a las órdenes monásticas, particularmente a los franciscanos, pues dicha postura equivalía a que sus santos fundacionales no hubieren sido juzgados, ni por consecuencia canonizados en el Cielo. Te explico: así como el Purgatorio es un lugar temporal inserto en lo eterno, también el “Tercer Cielo”, a que se refiere San Pablo, es otro. Ahí van temporalmente los hombres y mujeres que han muerto en estado de gracia, e incluso aquéllos que han llevado una vida de virtudes heroicas que desde lo alto les permite hacer milagros. El Purgatorio y el Tercer Cielo son lugares temporales. Pero ustedes ya no irán a ningún lugar temporal. Irán a una dimensión fuera del Universo creado, donde se encuentra el paraíso, y donde la multitud resucitará para el juicio final y donde el Señor colocará a los corderos a su derecha y a los cabritos a su izquierda. En otras palabras, el siguiente paso es su resurrección, como la de todos los muertos, quienes llegarán al mismo lugar que ustedes y al mismo tiempo, donde no hay tiempo. ¿Me explico?

–Pero no comprendo –dijo el maestro Burgoa–. Si resucitan justos y pecadores por igual, ¿cuál es la diferencia?

–Que los que se resistieron a creer serán privados de la presencia de Dios y del fruto prohibido, por una eternidad insufrible, mientras que los justos gozarán de dicho fruto, que no es el conocimiento, como siempre se ha creído, sino de un éxtasis espiritual extremo que estuvo desde el inicio de los tiempos reservado a Dios y a sus creaturas celestiales. Sólo con este fruto es llevadera una vida eterna sin sufrir una amarga tortura. Algo muchísimo más poderoso que el simple placer de los sentidos.

–¡Pues me suena sumamente emocionante! –replicó el maestro Burgoa– ¿Podré ver de nuevo a mi adorada Pilar?

–¡Desde luego! –contestó Anahel–. Pero ni tú serás su marido ni ella tu mujer. Ambos dejarán de ser seres hechos a imagen y semejanza de Dios, para ser idénticos a Él, pues como muy pronto se revelará, Dios es tanto Padre como Madre. Ustedes serán superiores a los ángeles, seres andróginos con cuerpos gloriosos. La identidad sexual será desterrada de la vida eterna. El placer sexual será substituido por el éxtasis metasexual. Es así como el Altísimo diseñó el plan de restauración para el regreso del hombre y de la mujer al paraíso, pues precisamente su diferenciación sexual fue lo que causó su perdición desde un principio.

–Eso me suena algo extraño –dijo el maestro.

–Es muy sencillo, Ignacio. Cuando la pareja primigenia desobedeció a Dios y comió del fruto prohibido quedaron claras dos cosas: la primera, que eran débiles de carácter y, la segunda, que se les había tratado injustamente al privarlos del maná celestial. Tras su expulsión del paraíso, el plan divino fue regresarlos al mismo sin mancha y esta vez dignos de acceder al divino fruto. Miles de años de vacuidad; 2000 años de profecías; la pasión, muerte y resurrección del Señor; 2000 años de mesianismo, y aún otros 2000 que restan por ser cumplidos de Revelación Judeocristiana por el Apocalipsis de San Juan, llevan por objeto regresar las cosas al estado que guardaban antes de la violación al derecho humano de ser igual a Dios y a las criaturas del Cielo, no sólo semejante. No hay una sola coma en toda la Biblia que no lleve por objeto domar el carácter, regresar las cosas a su estado primordial y dar acceso al hombre al divino fruto en la vida eterna. Así de sencillo ha sido el plan de Dios desde el pecado original.

–¿Y por qué no haberlo dicho así de simple? Muchos debates estériles, tribulaciones, cismas y desviaciones se hubieren evitado.

–Basta de soliloquios. Los planes de Dios son inescrutables. ¿Están listos para dar el salto?

–¡Listo! –exclamó el Ministro.

–¡Cuanto antes! –secundó el maestro.

–Ha sido un placer conocerlos, abogados. Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo permanezca en ustedes para siempre.

Anahel desapareció en su acostumbrado rebote de escapista, mientras el punto sin retorno que había en el horizonte del desierto del Ministro Díaz Romero empezaba a hacerse más y más grande, hasta que su luz los envolvió por completo.

El cuento aquí termina, porque lo que sucedió después de lo ya narrado está más allá del tiempo y del espacio.