Aunque sea legal, no mates

Marco Polo Rosas Baqueiro

Magistrado de Circuito, Maestro y Licenciado en Derecho por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, donde ha sido profesor. Diplomado en Arbitraje Comercial Internacional por la International Chamber of Commerce México (ICC) y la Escuela Libre de Derecho. Académico en la Universidad de Morelia. Ha impartido cátedra en la Universidad de Morelia y el Instituto de la Judicatura Federal.

 

La opción formal para interrumpir el embarazo triunfó sin argumentos legales sólidos, sin la apropiada defensa de los Derechos Humanos y sin un ejercicio democrático. Nos corresponde esforzarnos en persuadir a las personas para que elijamos la vida.

Hoy ha vencido formalmente “el derecho a decidir” de la mujer sobre si “interrumpe” o no su embarazo.

No es un tema de argumentos, pues hay de sobra y eficaces para defender la vida. Es un tema político. No es siquiera un tema democrático: no le preguntaron al pueblo sobre la decisión final.

Resultó más fácil acudir a la vía judicial y mediante precedentes, no sólo despenalizaron el aborto, sino de paso pretendieron asegurarse de que la vida no se proteja desde la concepción. A su vez quisieron fortalecer todo el plan, con la limitación de la objeción de conciencia.

No importa que haya médicos objetores de conciencia –dijeron– si afianzamos que las instituciones de salud tengan médicos no objetores; a fin de cuentas, conseguiremos el propósito de que los abortos se realicen.

Como no es un tema de razones, no desgastaré tinta en explicar porqué es que no se respetan Derechos Humanos cuando alguien tiene que morir para que otro “garantice” su derecho a decidir sobre otra muerte; en cómo, el embarazo no deseado, no es un problema de salud pública, ni es cierto que el aborto beneficia a la mujer, en ningún caso; ni intentaré desnudar los eufemismos que encubren la verdad detrás de todo este discurso ideológico. Nada de eso. Cada uno, con mediana reflexión, sabe internamente lo que es cierto y lo que no.

Quiero mejor ir al terreno práctico. Para que haya aborto, necesita existir una mujer embarazada que por voluntad propia, o arrancada por convencimiento o presión psicológica, física, económica o moral, “decida abortar”.

Así que, si no hay esta “elección de abortar”, no hay aborto.

Muy bien.

¡Esforcémonos entonces, por conseguir, mediante la persuasión, que esa decisión fatal sea reflexionada antes de tomarla y que al encontrarse esa hermosa mujer con la verdad y ser la encargada de dar la última palabra, decida decir: ¡elijo la vida! ¡quiero que nazca!

Y lo haremos de persona en persona, dentro del limitado campo de influencia en el que cada uno nos movemos.

En principio, debemos saber que cuando una mujer aborta, el varón responsable del embarazo, la familia de la mujer y todos los que conformamos la gran red social, también abortamos con ella.

¿Por qué es así?

Porque hemos apoyado directa o indirectamente la idea de que la vida de alguien, a quien ni siquiera consideramos persona, vale poco o nada, pues depende de la decisión de otra persona.
Y si a la vida la tenemos en tan corta estima, ¿Qué más podrá valer?

Cuando ni la vida tiene valor, hemos apostado a que el utilitarismo, la comodidad inmediata, el egoísmo, los objetos o los supuestos planes de vida, que en muchas ocasiones ni siquiera se tienen, valgan más.

Hemos decidido cambiar lo insustituible, por lo apenas polémicamente útil a muy corto plazo.

Hemos optado por arrancar de raíz –sin derecho de audiencia– el cordón umbilical que alimenta a los otros derechos que nos afanamos en defender.

¡Quisiera que pensáramos diferente!

Quisiera que cada uno acudiéramos a la ley natural grabada en nuestros corazones y nos representemos ser ese primer juez o legislador que se pronuncia al respecto, siguiendo el dictado más profundo de la verdad que no es engañable por ninguna ideología. La que sabe distinguir intuitivamente el bien y el mal.

¿Qué diría ese juez interno sobre el aborto?

¿Qué diría ese legislador interior? ¿Es válido matar?

Por supuesto que no.

¿Lo que llamamos éxito o evitarse “problemas” inmediatos, vale cargar con la responsabilidad perpetua de saber que cegamos una vida, que ayudamos o cooperamos activamente o con nuestro silencio a que se pierda?

¡Definitivamente no!

Desde mi punto de vista, no lo vale. Y mi naturaleza de varón no hace menos clara, o menos válida esta opinión. Mi complicidad con el silencio o con el apoyo, en cambio, me hace igualmente partícipe del resultado.

¿Qué puedo hacer entonces, si no estoy de acuerdo con ese hoy llamado “derecho a decidir la muerte de otro”, que aunque no está en ningún tratado, ya es “ley”?

Decirte amorosamente, que aunque sea legal matar… no mates. ¡Eres más grande que eso! ¡Eres valiente! ¡Estás dotada de fuerza y luz para hacer la diferencia! ¡Has sido creada para dar vida, no para quitarla! ¡Celebra la vida! ¡Defiende la vida!

Aconseja al varón a portarse como un hombre si es el responsable de ese embarazo.

Tú mismo sé ese hombre, si eres el responsable.

Recuérdale a la mujer que siempre le dará más gozo salvar una vida que destruirla.

Si eres la mujer embarazada, ¡pórtate como lo hizo tu madre contigo, cuando estabas en esa etapa de tu existencia!

No te juzgo. No me juzgo. No juzgues a nadie, ni a ti mismo, ni a ti misma.

Todos fallamos y nos hemos equivocado muchas veces. No vengo a pedirte cuentas sobre el pasado.

No importa lo que hayas hecho antes, pero vuelve hoy.

Ahora estás consciente. Ahora estás despierta y yo también.

No se buscan culpables, sino responsables.

No juzgamos personas, sino hechos. ¡Cada día es un nuevo comienzo! ¡Urgen constructores del buen mundo! ¿Te animas a ser una de ellas, uno de ellos?

Hoy tenemos la grandiosa oportunidad de hacer las cosas bien que ayer no hicimos.

Tengo la convicción y el sueño, de que si en principio, cada quien valoramos la excelsa dignidad que tenemos y que tiene cada una de las personas, en cualquiera de las etapas de su existencia, defenderemos a partir de ahora la vida y la protegeremos con consejos y acciones. Y la acción repetida se hará costumbre y la costumbre se hará ley y la buena ley, nos traerá la paz.

Así, aunque haya leyes formales injustas, se llenen bibliotecas de doctrinas equivocadas, se culturalice y vuelva normal la agenda de la muerte, esa agenda se tornará estéril, inútil y un buen día, vacía, porque no habrá ya más voluntarias que lleguen a la cita; porque cada mujer y cada hombre, aún aturdidos por la voz del mundo, pero no sordos, tendrá como remanente sutil, la ley verdadera grabada con fuego en su corazón; la que le dirá en todo momento con voz queda, suave y dulce, pero a la vez clara y terminante: “te conozco desde el vientre de tu madre y supe desde entonces la grandeza que hay en ti”. Hoy te pido, en nombre de esa grandeza, que tú veas, respetes y defiendas, la vida que ya existe en ese ser… que pronto nacerá.

¡Confío en ti! ¡Bendiciones! Y sí, ¡Viva la vida!