El rescate de Moloc

 

Daniel González-Dávila

presidencia@bufetenacional.org

Abogado por la UNAM. Exdelegado presidencial ante la SCJN y jefe de la Unidad de Relaciones Internacionales de la misma. Desde 2007, es socio presidente de Bufete Jurídico Nacional. Escritor y Barítono.

 

Esta historia está inspirada en hechos reales. Los nombres de los personajes han sido modificados para preservar su intimidad.

 

La emergencia global por la pandemia del Covid-19 había cobrado ya dimensiones catastróficas. El número de contagiados rondaba los 33 millones y los fallecidos alcanzaban el millón en el planeta. Y estas eran sólo las cifras registradas. La ONU temía que estos números, para ser realistas, debían ser multiplicados por cuatro.

Las peticiones de auxilio, particularmente de países en desarrollo, iban en aumento. Más de 50 naciones tenían una economía colapsada, un sistema de salud rebasado y una curva descontrolada de incremento de contagios.

Las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud debían actuar y rápido, en coordinación con el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, desde luego, con las naciones más desarrolladas del planeta que pudieran ayudar a mitigar la catástrofe.

Fue así como el Secretario general de la ONU convocó en Nueva York a una reunión de emergencia con los directores de la Organización Mundial de la Salud, del Banco Mundial, del FMI, de la UNICEF, de la FAO, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, de ONU Mujeres, de la Coordinación de Asuntos Humanitarios, de las ONG’s Open World y de Bill y Jessica Doors, así como de algunos Embajadores de la OCDE y del G-20, a fin de analizar un proyecto de Plan de Respuesta Humanitaria para los países más necesitados.

Todos estaban sentados en una enorme sala de juntas, guardando la “sana distancia”. Nadie ocupó las cabeceras, en señal de igualdad solidaria entre los asistentes.

–Agradezco a todos ustedes que hayan aceptado mi invitación –dijo el Secretario general–. Aprecio mucho que estén todos aquí y acudan al llamado urgente que hacen las Naciones Unidas para dar respuesta inmediata a los estragos que está haciendo la pandemia en las naciones menos favorecidas. Este virus no reconoce fronteras. El impacto que está teniendo en el mundo es devastador, y sólo Dios sabe hasta dónde pueden llegar sus terribles efectos en las naciones, en sus economías y en la vida de las personas. Ahora mismo ya estamos viendo en algunos países una total insuficiencia hospitalaria y alimentaria y es por eso que hemos repartido entre ustedes un proyecto de asistencia humanitaria para los pueblos que deseen adherirse al mismo y que prevé una inversión inicial de 2 mil millones de dólares, con miras a elevar esa cifra a unos 7 mil millones en los próximos meses. La crisis humanitaria global está frente a nosotros y es un hecho que apenas estamos presenciando el principio de la tragedia mundial. Dr. Westmond –dijo refiriéndose al director de la OMS–, ¿podría darnos un breve panorama de lo que estamos enfrentando?

–Desde luego, señor Secretario. Ya todos ustedes conocen las cifras oficiales que estamos compartiendo con el público en general, pero lamentablemente no son nada confiables. Estamos tomando como fuente de información los datos que nos da cada país, pero ellos a su vez no tienen el menor control de la información que nos garantice cantidades correctas. Estimamos que nuestros números son meras aproximaciones totalmente deficientes y que la realidad debe rondar por el cuádruple de nuestros reportes. Estamos recibiendo solicitudes de auxilio por lo menos de 50 países que están agobiados y rebasados.

–Gracias, doctor. ¿Cuál es la expectativa del Banco Mundial?

–Me temo que no es nada alentadora, señor Secretario. Esperamos una contracción de la economía mundial del 5 por ciento al finalizar el año, pero en el caso de las naciones a que se refiere el doctor Westmond, podríamos estar hablando de contracciones hasta del 10 o incluso el 20 por ciento. Se trata de países emergentes con economías débiles o incluso en franca bancarrota que no pueden soportar el golpe de la pandemia y que es preciso apoyar con el programa de asistencia humanitaria que usted nos ha propuesto.

–¿Qué es lo que concretamente se nos está pidiendo? –preguntó el Embajador de Rusia.

–Como usted podrá apreciar en el proyecto –respondió el Secretario general–, el Plan de Respuesta Humanitaria es integral. Se prevé la dotación de suministros de salud; agua, saneamiento e higiene; seguridad alimentaria; alojamiento de emergencia y gestión de campamentos; protección en materia de Derechos Humanos; recuperación temprana de las actividades productivas; coordinación y ejecución de información y asistencia técnica in situ y desde luego atención especial a grupos vulnerables, poniendo especial énfasis en la salud sexual y reproductiva de la mujer ante la pandemia. Todo esto requiere de muchos recursos. En dinero y en especie. Las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud no tienen ni de lejos los medios para hacer frente a esta situación y estamos proponiendo que el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, los países y fundaciones aquí presentes hagan un esfuerzo más o menos homogéneo para cubrir los gastos que se requieren.

Estados Unidos estaba por tomar el micrófono, pero Rusia se adelantó.

–Todo eso suena muy bien, señor Secretario, pero no entendí su eufemismo. ¿Salud sexual y reproductiva de las mujeres? Está usted hablando de aborto, ¿verdad?

–Interrupción legal del embarazo, sí, entre otras muchas cosas.

–Llámelo como quiera. No sé qué tenga que ver el aborto con la pandemia ni qué facultades tengan las Naciones Unidas para imponerlo en los países a cambio de ayuda humanitaria. Esta organización tiene prohibido intervenir en los asuntos internos de sus miembros, según entiendo.

–Señor Embajador –replicó el Secretario general–, el Plan de Respuesta Humanitaria no es un tratado internacional que obligue a ninguna nación a nada. Simplemente ofrece ayuda a quien la quiera bajo las condiciones que el mismo documento establece. Y las instancias que han preparado este documento consideran de alta prioridad el acceso de las mujeres a la salud sexual y reproductiva ante la alta incidencia de embarazos de mujeres infectadas con el virus y cuyos estados gestacionales ponen en grave riesgo su salud. ¿No es así, doctor Westmond?

–Es correcto, señor Secretario. El estado de gravidez puede elevar enormemente la posibilidad de muerte por Covid-19. No estamos diciendo que las embarazadas deban abortar. Simplemente se trata de dar información oportuna y que la mujer pueda decidir.

–¡Yo tengo dos objeciones! –exclamó el Embajador de los Estados Unidos.

–Por favor, señor Embajador.

–Me sumo totalmente a la inquietud de mi homólogo ruso. Es inadmisible introducir una cláusula condicionante en el Plan de Respuesta Humanitaria, y menos tratándose de un tema tan sensible que pondrá entre la espada y la pared a muchas naciones. Mi Jefe de Estado no está de acuerdo en la promoción del aborto y ustedes lo saben muy bien. Me parece que en esta mesa se tiene la osadía de hacer este planteamiento por la presencia de ONU Mujeres, pero más por la presencia inexplicable de las dos fundaciones que nos acompañan y que no tienen cabida en esta sala. Bill y Jessica Doors y Open World son sin duda los artífices de este proyecto. ¿Adivino bien?

–En efecto, ya lo habíamos consensado –respondió altivo el Presidente de Open World.

–No me gusta su tono, señor Zorocks. De hecho, hago un extrañamiento al Secretario general por habernos sentado a usted y a mí en la misma mesa, sabiendo que su fundación no es bien vista por mi gobierno. Usted y su fundación promueven descaradamente el aborto, el globalismo, la migración y la distorsión de género, lo que resulta totalmente contrario a nuestras convicciones republicanas y a nuestras políticas públicas.

–Afortunadamente, mi fundación es más estable que las administraciones presidenciales de los Estados Unidos, señor
Embajador.

–A mí no me importa lo que opinen otras administraciones presidenciales, pero sí sabe que, al menos para la actual, es usted una persona non grata, ¿verdad? Se lo recuerdo por si lo hubiere olvidado.

–Lo tengo muy presente.

–Con eso tengo suficiente, señor Secretario. Pero si aún me quedare algún resquicio moral para participar en esta farsa, tengo pruebas irrefutables de que el gobierno chino ocultó información vital desde el inicio de esta pandemia y de que la OMS le ha seguido el juego desde entonces, disimulando información, maquillando cifras y entorpeciendo investigaciones. Así que los Estados Unidos no sólo se abstienen de participar en el Plan de Respuesta Humanitaria por resultar injerencista y contrario a su moral, sino que incluso retira también todo financiamiento regular a la Organización Mundial de la Salud. Hemos llegado ya al punto sin retorno.

Un incómodo silencio se hizo en la sala.

–Con todo el respeto que me merece el señor Embajador –dijo el representante de China–, lo que acaba de decir es una calumnia que demanda reparación. Mi país puso a disposición de la OMS toda la información necesaria sobre el SARS-Cov-2 en cuanto tuvo conocimiento de que se trataba de una enfermedad epidémica, y debo decir que falta congruencia a su discurso al retirarse de esta mesa por considerarla injerencista y contraria a su moral, cuando su país es el más injerencista del mundo y en su propia nación se cometen quizá cientos de miles de abortos al año, incluso “abortos postnacimiento” aquí mismo en Nueva York, que implican abandonar al recién nacido al hambre y al frío.

–Usted no conoce nada acerca del término “federalismo” porque en su país todo lo gobierna su partido comunista. Pero en mi país los Estados son libres. Es el gobierno de la Unión a quien represento y quien está en contra del aborto. Con todo lo que he presenciado en esta sala, los Estados Unidos de América dan por concluida su intervención, no sin antes recordar a sus excelencias que nuestro gobierno tiene su propia forma de ayudar a las naciones que se lo soliciten a través de USAID y que estamos invirtiendo enormes cantidades de dinero para encontrar una vacuna contra este virus. Si me disculpan, me parece que mi presencia en esta sala ya no es necesaria. Les deseo a todos un buen día.

El Embajador estadounidense se levantó y abandonó la reunión. Sorprendentemente, sin decir palabra, lo mismo hizo el Embajador ruso.

La mesa, atónita por lo sucedido, siguió discutiendo el proyecto, pero la mente del director de la OMS se perdió tratando de buscar alternativas a la pérdida del financiamiento regular de los Estados Unidos, que no era menor. El daño había sido catastrófico.

Finalmente, todos acordaron poner el proyecto a disposición de las Cancillerías de las naciones más desfavorecidas para su adhesión voluntaria. Los asistentes se comprometieron a depositar los fondos iniciales, de manera más o menos equitativa, en la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas, a fin de que los recursos fluyeran rápidamente en cada país a través de las oficinas de la ONU en cada uno de ellos.

Luego de dos semanas, 54 países se habían adherido al Plan de Respuesta Humanitaria. Un mes después, lo harían nueve más.

Los 54 países que inicialmente se sumaron al proyecto fueron: Afganistán, Angola, Argentina, Aruba, Bangladesh, Bolivia, Brasil, Burundi, Burkina Faso, Camerún, República Centroafricana, Chad, Chile, Colombia, Costa Rica, Curasao, República Dominicana, República Popular Democrática de Corea, República Democrática del Congo, Ecuador, Egipto, Etiopía, Guyana, Haití, Irán, Iraq, Jordania, Kenya, Líbano, Libia, Mali, México, Myanmar, Níger, Nigeria, los territorios Palestinos ocupados, Panamá, Paraguay, Perú, República del Congo, Rwanda, Somalia, Sudan del Sur, Sudán, Siria, Tanzania, Trinidad y Tobago, Turquía, Uganda, Ucrania, Uruguay, Venezuela, Yemen y Zambia. Los 9 países posteriormente añadidos fueron: Benin, Djibouti, Liberia, Mozambique, Pakistan, Filipinas, Sierra Leona, Togo y Zimbabwe.

Muchas de estas naciones se adhirieron al Plan de Respuesta Humanitaria como a una tabla salvavidas. El estado de su economía y de su sistema de salud eran tan precarios que aceptarían cualquier cosa con tal de recibir un poco de ayuda. En realidad, muy pocos pusieron atención a un pequeño párrafo perdido en la página 25 que hablaba sobre la necesidad de “instalar mecanismos eficaces de salud sexual y reproductiva para las mujeres”.

La ayuda humanitaria comenzó a fluir lentamente. La burocracia que se requería para hacer llegar la ayuda a 63 países era descomunal. Llegó el momento en el que la Coordinación de Asuntos Humanitarios se vio rebasada y comenzó a reclutar personal de las dos fundaciones que habían participado en la configuración del Plan de Respuesta Humanitaria: las gigantes Bill y Jessica Doors y desde luego Open World, que desde años atrás hacía ir y venir a su personal de la ONU a su cuartel general y sus filiales, y a la inversa.

Todas estas naciones estaban sedientas de apoyo. Sus economías y sus sistemas de salud estaban colapsados, pero incluso algunas de ellas presentaban ya problemas de miseria y de insuficiencia alimentaria. Muchas aceptaron sin chistar las condiciones íntegras del Plan de Respuesta
Humanitaria.

Al adherirse al referido Plan, cada país expuso a la ONU sus necesidades más apremiantes y solicitó la ayuda concreta necesaria. Entre todas las naciones latinoamericanas que se adhirieron al instrumento de rescate, Ecuador fue la que solicitó la intervención más urgente, por estar en las condiciones, según dijo, más desfavorecidas de toda la región.

De hecho, el Presidente de Ecuador fue muy cuidadoso en este sentido al consultarlo con su Canciller, su Ministro de Salud y el representante de la ONU en el país, en una reunión en el Palacio de Carondelet:

–Señores –dijo el Presidente–, necesitamos unirnos a este Plan de Respuesta Humanitaria que venturosamente nos ofrece las Naciones Unidas o la pandemia arrasará con todos. Estamos muy agradecidos con la ONU por este gesto de solidaridad, doctor Peterson.

–No tiene nada que agradecer –contestó el representante de la ONU–. Estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo por ayudar a los países que más ayuda necesitan.

–Verá usted –continuó el Presidente–, nuestros hospitales están rebasados. Tenemos enfermos en las sillas de los hospitales, no hay medicamentos, ni respiradores, ni insumos médicos. Nos faltan especialistas y enfermeras. Incluso hay gente que está pasando hambre. Estamos en una situación desesperada.

–Comprendo. ¿En cuánto estiman la cantidad que requieren para salir de la emergencia?

El Presidente se dirigió al Ministro de Salud.

¿Señor Ministro?

–Estimamos que para superar la emergencia de un modo apenas razonable requeriríamos de un apoyo de al menos 250 millones de dólares.

El representante de la ONU permaneció sobrio y meneó ligeramente la cabeza.

–Lamentablemente, en esta primera tanda de ayuda a los 63 países contamos con muy pocos recursos. En los siguientes meses se incrementarán notablemente, pero por ahora son escasos. Técnicamente sólo podemos dar 31.7 millones de dólares a cada nación, pues contamos con un presupuesto inicial de sólo 2 mil millones. Pero cuenten con que, por tratarse de una emergencia especial, haré mi mejor esfuerzo por elevar esa cantidad.

–Agradeceremos mucho cualquier apoyo que pueda darnos, de verdad –dijo el Presidente.

–Mañana mismo tendrá su Canciller noticias de mi oficina.

La reunión terminó y, tal como fue prometido, al día siguiente el Canciller tenía un proyecto de convenio donde las Naciones Unidas ofrecían a Ecuador la cantidad de 46.4 millones de dólares.

El Canciller leyó con detenimiento el proyecto de convenio y analizó todos los rubros en los que la ONU apoyaría al país, que eran exactamente los mismos que preveía el Plan de Respuesta Humanitaria, incluyendo la cuestión de la “salud sexual y reproductiva”. El documento señalaba que se dedicarían 3 millones de dólares para atender la “salud materna y complicaciones materno neonatales, acceso a anticoncepción de emergencia, aborto seguro legal y la atención posterior al aborto, prevención de ETS y VIH y manejo clínico de la violencia sexual”.

El Canciller dudó por un momento. En Ecuador el aborto es un delito en cualquier fase de la gestación y este convenio parecía autorizarlo. Decidió consultarlo telefónicamente con el Ministro de Salud.

–Jaime, ¿te robo un minuto?

–A tus órdenes, Embajador.

–Te acabo de enviar el proyecto de convenio con la ONU, para tu aprobación. Me da especial preocupación la parte del aborto legal porque eso va a generar un escándalo.

–Voy a ver el documento completo. Lo del aborto está en todos los convenios con todos los países, según entiendo. Es para proteger a las madres que tienen Covid, o sea que se trata de abortos terapéuticos y esos son no punibles según el Código Orgánico Integral Penal. No te preocupes.

–Perfecto. Me dejas tranquilo. Avísame cuando le des el visto bueno para que lo pase a firma del Presidente.

Unos cuantos días después, el convenio estaba firmado y la ayuda humanitaria comenzó a fluir. No obstante, era notoriamente insuficiente.

Organizaciones no gubernamentales de Ecuador que promovían la “interrupción legal del embarazo” vieron en esta pequeña permisión del aborto terapéutico una gran oportunidad para impulsar la despenalización en el país. Rápidamente entraron en comunicación con su principal aliada, Open World, quien les entregó recursos para financiar una ofensiva contra el gobierno ecuatoriano a fin de presionarlo para eliminar el delito del aborto.

Fue así como, en medio de la pandemia, comenzaron a darse manifestaciones violentas de feministas radicales que destrozaban todo a su paso. Pintaban monumentos, rompían cristales, tomaban edificios públicos y al unísono clamaban por un aborto legal en todo el país. El gobierno no reprimía las marchas, pero la preocupación por el tema crecía en el gabinete y en la Asamblea Nacional.

El clímax de la inestabilidad social llegó cuando feministas encapuchadas tomaron el edificio de la Defensoría del Pueblo y le prendieron fuego. Algunas incendiarias fueron arrestadas, pero la gran mayoría huyó del lugar.

Mientras tanto, el número de contagiados y fallecidos iba en aumento. La ayuda humanitaria se había desvanecido como agua entre los dedos.

Unas semanas después, el Canciller recibió una llamada sorpresiva del representante de la ONU que cambiaría el curso de las cosas.

–Señor Canciller –dijo el representante–, le tengo buenas noticias.

–¡Qué gusto saludarlo, doctor Peterson! ¡Estoy a sus órdenes!

–¿Recuerda que le dije que recibiríamos más aportaciones para el Plan de Respuesta Humanitaria?

–¡Desde luego!

–Pues hemos logrado juntar ya 7 mil millones de dólares.

–¡Qué estupenda noticia!

–No podemos juntar los 200 millones que ustedes necesitan. Recuerde que son 63 países los que están en aprietos. Ya les dimos casi 47 millones y estamos viendo la posibilidad de darles 100 millones más.

–Doctor, no tengo palabras para agradecerle…

–Bueno, señor Canciller, de hecho, las oficinas centrales estarían muy agradecidas si se pusiera fin al conflicto feminista que ha surgido en Ecuador y se despenalizara el aborto en el país.

–¿Cómo dice?

–Debo serle franco. Los países, organismos y fundaciones que financian este proyecto desearían un aborto libre, seguro y gratuito para todas las mujeres en los países que están apoyando, particularmente en el Ecuador, donde hay un alto índice de mortandad por abortos clandestinos.

–Doctor Peterson, usted bien sabe que las Naciones Unidas no pueden tener injerencia en los asuntos internos de sus miembros.

–Comprenda usted que este es un caso un tanto excepcional. Los recursos de los que estamos disponiendo no son propiamente de las Naciones Unidas, sino de países, organismos y fundaciones ajenas que se están solidarizando con los países emergentes. Digamos que nosotros sólo somos los coordinadores de la logística.

–Seamos claros, doctor. ¿Me está usted diciendo que si no despenalizamos el aborto no podremos acceder a los 100 millones de dólares que me ofrece?

–Lamentablemente, es correcto.

–Pues esto rebasa totalmente mi capacidad de decisión. Esto ni siquiera puede ser resuelto por el Presidente de la República. Es todo un procedimiento ante la Asamblea Nacional.

–Puedo mantener mi oferta por un mes.

–Pues le agradezco su gentileza y le daré nuestra respuesta a la brevedad posible.

–Gracias, Canciller, y buen día.

El Canciller, atónito, fue inmediatamente a darle cuenta de lo sucedido de manera personal al Presidente de la República.

–¡No puedo creerlo! –exclamó el Presidente al escuchar la noticia.

–¡Ni yo! –secundó el Canciller.

–En este país nunca se ha permitido abortar, ¡ni se permitirá!

–Son 100 millones de dólares.

–¡Ni por todo el oro del mundo! ¡La vida de un solo ecuatoriano vale más que eso! ¿Qué oficina se está encargando de organizar el Plan de Respuesta Humanitaria?

– La Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas.

El Presidente ordenó a su asistente que lo comunicara con el Coordinador en Jefe.

Luego de esperar 15 minutos, se logró la llamada y el Presidente lo increpó en el altavoz:

–Señor coordinador, le llamo con gran preocupación porque el representante de las Naciones Unidas aquí en Ecuador está condicionando una ayuda humanitaria de 100 millones de dólares a cambio de que despenalicemos el aborto. Usted sabe que la ONU no puede intervenir en los asuntos internos de las naciones, ¿verdad?

–Sí, señor Presidente. Pero usted debe saber también que el Plan de Respuesta Humanitaria no maneja recursos de las Naciones Unidas, sino de países, organismos y particularmente fundaciones que promueven el aborto legal y seguro. Usted es libre de aceptar o no su ayuda y sus condiciones.

–¿A qué se refiere con “particularmente fundaciones”? Supongo cuáles son, pero quisiera que me lo confirmara.

–Bill y Jessica Doors, y Open World.

–Open World… la misma que tiene a mi país de cabeza con las marchas feministas…

–No estoy al tanto de eso…

–¿No está al tanto de que Open World tiene de cabeza a todo el planeta?

–Creo que usted exagera un poco. También lo hace el Presidente de los Estados Unidos.

–¿No sabe que Open World tiene a la mitad de los jóvenes de Occidente confundidos con su sexualidad y con su género?

–Eso no es de mi incumbencia.

–¿No sabe que Ecuador es parte del Sistema Interamericano de Derechos Humanos?

–Sí, ¿y qué hay con ello?

–Que las Naciones Unidas me están pidiendo que viole directamente el Pacto de San José, que protege la vida desde el momento de la concepción. ¡Qué quiere usted! ¿Qué nos expulsen del Sistema?

–Como le dije, su país es libre de aceptar o no la ayuda.

-¿O sea que le da lo mismo que se genere un conflicto entre nuestro sistema regional y el universal?

–Yo no dije eso.

–¿Sabe usted quién es Moloc?

–No tengo idea.

–Moloc era una deidad demoníaca fenicia ante quien se inmolaban los bebés para obtener un beneficio. Usted me está pidiendo que asesine a los bebés ecuatorianos para conseguir dinero. Usted es Moloc, y George Zorocks es su gemelo.

–Esa es su opinión.

–No tendría cara para proponer a la Asamblea Nacional la despenalización del aborto. Ni siquiera me atrevería a insinuar que las Naciones Unidas lo ponen como condición para darnos ayuda humanitaria por resultar increíblemente indigno y ruin de un organismo tan respetable. Guarde sus 100 millones para otro país salvaje que venda su dignidad.

La llamada terminó bruscamente.

–¡Demonios! –exclamó el Presidente– ¿Escuchaste eso?

–¡No doy crédito! –dijo el Canciller.

–¿Qué deduces de la conversación?

–Pues creo que es bastante obvio. No cederemos al chantaje ni permitiremos que haya injerencia alguna por parte de la ONU en Ecuador.

–¿Y qué más?

–Pues que nos quedamos sin 100 millones de dólares.

–¿Y qué más?

El Canciller meditó unos momentos.

–Que Open World está detrás del desastre social que estamos viviendo, lo mismo que de la condición de la entrega de los fondos.

–¡Exacto! –exclamó el Presidente, mientras buscaba en un archivo digital la grabación de la llamada y repitió un fragmento de los diálogos:

“–Open World… la misma que tiene a mi país de cabeza con las marchas feministas…

“–No estoy al tanto de eso…

“–¿No está al tanto de que Open World tiene de cabeza a todo el planeta?

“–Creo que usted exagera un poco. También lo hace el Presidente de los Estados Unidos.”

–Hela aquí: la solución a nuestro problema. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. ¿Crees que el gobierno de Estados Unidos nos pueda ayudar con esta emergencia?

–¡Claro! Tiene toda una agencia dedicada al rescate de instituciones y países: la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo o USAID.

–¿Y dónde está?

–Tenemos una representación en Ecuador, que reabrió después del terremoto de 2016. Su predecesor la había cerrado.

–No. ¿Dónde está la sede?

–En Washington, DC.

–Quiero hablar con el director.

–Administrador –lo corrigió el Canciller.

–¡Como sea!

Nuevamente, la asistente del Presidente estaba en un lío. Encontrar al administrador de USAID en Washington le tomó más de media hora.

Cuando al fin lo encontró, explicó al funcionario la situación en la se encontraba Ecuador y fue enfático en cómo George Zorocks tenía a su país en medio de una revuelta y con el presupuesto humanitario de la ONU detenido hasta que se legalizara el aborto en el país. Luego le relató de manera pormenorizada la conversación que tuvo con el coordinador de Asuntos Humanitarios de la ONU.

–Sé muy bien lo que me dice. Conocemos perfectamente a ese individuo. No se preocupe. ¿Cuánto necesita para cubrir los gastos básicos de la emergencia?

–200 millones de dólares, señor. La ONU ya nos dio un poco más de 60 millones. Estamos dispuestos a negociar un pago del préstamo a plazos en los términos que nos indiquen.

–No, Presidente, USAID no da créditos. Ayuda desinteresadamente. Particularmente a países como el suyo que son rechazados o manipulados por las Naciones Unidas. Tengo aquí mismo el presupuesto del que disponemos para América Latina y el Caribe. Puedo ofrecerle los 200 millones y 100 más, pagaderos en seis mensualidades por nuestra representación en Ecuador comenzando mañana mismo.

–¿Habla usted en serio?

–¡Totalmente!

–¡No sabe cómo se lo agradezco! Y dele mi gratitud también al Presidente de los Estados Unidos.

–Él estará feliz de ayudar, sobre todo cuando le cuente la historia bíblica de Moloc. ¡Seguro lo tomará para su próxima campaña electoral!